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¡Acción! 10 cineastas españolas a las que disfrutar

Me encanta el cine. De todas las épocas, de cualquier procedencia, sobre todos los temas y de casi todos los géneros.

Las mujeres, en el cine, también sufren discriminación. Lo único positivo de esto es que cada vez es más pública esta situación y muchas estrellas reivindican igualdad de salarios, de oportunidades y de buenos papeles para las mujeres. El otro día leí en la columna de Carme Chaparro en Yo Dona un dato curioso (y triste), sobre un estudio en el que alguien se había molestado en comprobar cuánto hablaban las princesas Disney en la películas que teóricamente protagonizan y que, no lo olvidemos, ven, sobre todo, las niñas. Poco. Hablan muy poco.

En la dirección, las mujeres también tienen una importante desventaja y mucho que luchar, para conseguir el dinero y la confianza que tienen los hombres. Y en su caso, esto es importante para ellas y también para el resto de las que viven de la industria y por este maravilloso arte. Y ellas, para nosotras, las demás, también son relevantes, como la mirada femenina del cine sobre el mundo, la historia, las relaciones y las personas. A veces, me doy perfecta cuenta de que llevo toda mi vida mirando el mundo a través de los ojos de Wilder, Ford, Houston, Amenabar, Almodovar o Berlanga.

Así que he decidido traer aquí mi modesta selección. ¿El criterio? Caótico, como siempre. Gusto personal, admiración, recuerdos, afinidad personal, nostalgia, repeto… De todo. Pero me ha salido una lista de 10 la mar de apañada.

  1. Ana Mariscal lo hizo todo en el cine, aunque empezó en ese mundillo por casualidad, cuando estudiaba Matemáticas en la unversidad. Primero fue actriz, toda una estrella, y la protagonista de la odiosa Raza (cuyo guión se dice que fue escrito por el mismísimo Franco). Después,  pasó a producir y escribir guiones y, finalmente, se animó a ponerse detrás de la cámara. Su trabajo más reconocido fue El Camino, sobre la novela de Delibes. Nunca dejó la interpretación, ni en cine ni sobre las tablas. Fue una artista completa.
  2. Pilar Miró no tuvo una vida muy larga, pero sí prolífica. Y accidentada. Empezó en TVE, donde se bregó en la profesión, dirigiendo programas y retrasmisiones «de todos los colores», antes de pasar al cine. Dirigió 9 películas con desiguales resultados, pero siempre con rigor y profesionalidad. Los actores y los miembros de sus equipos técnicos la adoraban y siempre querían repetir. Fue Directora General del Ente Público RTVE, puesto en el que fue muy criticada e incluso se vio envuelta en un «escándalo» (comprar ropa para asistencia a actos utilizando dinero público) que ahora parece un juego de niños, pero que en su momento tuvo mucha repercusión y se explotó políticamente. Murió demasiado joven, a los pocos días de dirigir la retransmisión de la boda de la Infanta Cristina (¿Qué diría ahora de los líos en los que anda metida?). Su corazón era frágil y, un día, demasiado pronto, se paró. Entre sus pelis, mi favorita El Perro del Hortelano, con Enma Suárez y Carmelo Gómez en estado de gracia.
  3. Josefina Molina no ha parado desde que decidiera que esto de la dirección de escena, cine, televisión -o lo que le echen- era lo suyo. Es Hija Predilecta de Andalucía (nació en Córdoba) y Goya de Honor, entre otros muchos -y merecidos reconocimientos. También ha sido guionista y ha hecho cortos, series, documentales. En esta lista está, además de por todo eso, por su liderazgo y su feminismo. Es fundadora de CIMA (asociación de mujeres profesionales para fomentar la presencia equitativa de la mujer en el medio audiovisual) y autora, junto con Pilar Miró y Cecilia Bartolomé,  de Cine de mujeres en la Transición. La trilogía ´feminista´.  Es una luchadora incansable por la igualdad de las mujeres, también en su profesión.
  4. Gracia Querejeta es mucho más que la hija de su padre. Héctor, Siete mesas de billar francés o 15 años y un día demuestran que es una directora excelente, de historias llenas de sensibilidad, con actrices a las que saca el máximo partido. Me encanta.
  5. Chus Gutiérrez es una de las grandes, con una trayectoria y una filmografía dignas de admiración, y un poquito de envidia. Ha dirigido tanto largometrajes como cortos, e incluso ha hecho sus pinitos como actriz. El calentito me gustó mucho, pero mi favorita es la serie Ellas son así,  que escribió y dirigió, protagonizada por Maribel Verdú, María Barranco, Neus Asensi y María Adánez, y por la que recibió el Premio Meridiana del Instituto Andaluz de la Mujer. Pasé muy buenos ratos con todas aquellas mujeres de la misma familia, tan distintas y tan divertidas.
  6. Isabel Coixet. Sentimientos y opiniones contradictorias. Sobre sus pelis, claro. Algunas me gustan mucho (La vida secreta de las palabras, Mi vida sin mí, o los documentales Escuchando al Juez Garzón e Invisibles), otras me aburren soberanamente. A ella, la respeto y la admiro. Y espero que cada vez haga más de las que me molan y menos de las que no. O que yo aprenda a sacarles la gracia a todas.
  7. Iciar Bollain. La adoro. Desde Hola, estás sola, aquella historia con Silke y Candela Peña que me ponía contenta en una época en la que yo no lo estaba. Me parece divertida, natural, lista y -sospecho que- buena gente. También me apasionan Flores de otro mundo y, sobre todo, Te doy mis ojos. Me emocionan profundamente. Todavía no he visto El Olivo, pero lo estoy deseando. Al crítico más duro que conozco -mi padre, de 87 años- le ha encantado.
  8. Leticia Dolera. Ha sido un placer ver Requisitos para ser una persona normal. Me encanta su tono, los personajes, la dulzura y el humor tierno que transmite. Y los vestidos de Leticia. Creo que se merece poder seguir dirigiendo. Ojalá lo consiga. La traigo aquí como mi apuesta. ¡A por ellos!
  9. Mabel Lozano. Ya sabéis que, en este caso, es una debilidad por este terremoto de mujer y su trabajo. Ya os lo conté aquí no hace mucho. Y lo ratifico todo. Aunque se quedara a las puertas del Goya, sigo creyendo que su documental era el mejor de los nominados.
  10. Paula Ortiz, la directora de La Novia. No la conozco mucho, pero me gusta. Y me cae bien. A ver por dónde sigue.

¿Qué os parece selección? Variada, por lo menos. Un grupo de mujeres de varias generaciones que han conseguido dirigir una o más películas. Podría haber sido una lista de 20, de 50… ¿De 100? No sé yo… ¿Os animáis a ayudarme a ampliarla?

Hasta la próxima entrada.

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7 razones al azar por las que estar enfadad@s

Yo, lo estoy. Pero no pierdo la fe en que las cosas cambien. Lo que pasa es que no tengo paciencia, y no quiero que sea «poco a poco». Tiene que ser YA. Pero no es. De hecho, me temo que, en algunos aspectos, hemos dado pasos atrás.

Así que entre las cosas que siguen siendo como siempre y las que han empeorado, no se me pasa el cabreo. Ah, no. Que no puedo estar enfadada. Porque daría entonces la razón a los que afirman, sin dudarlo, que las feministas somos mujeres amargadas y frustradas. Yo, como Chimamanda Ngozi Adichie, me defino como una feminista feliz… O, por lo menos como una feminista optimista, o extrovertida, o… Bueno, ya me entendéis. Es que feliz es una palabra muy grande y una sensación temporal. Decir que eres una persona feliz (así, como estado general y permanente) es antinatural. Y mentira.

Volvamos a lo nuestro. ¿Qué cosas hacen que mi fe en el futuro no siempre esté lustrosa? Son cosas grandes y pequeñas. Cotidianas algunas y otras dramáticas. Todas trágicas para nosotras. Algunos ejemplos recientes, al azar:

  1. Leo que, en Colombia, la Alcaldía de Bogotá consideró a una mujer culpable de su propia violación y asesinato. De verdad. Según decían, por arriesgarse a ir a una zona peligrosa. Parece que ese auto se ha levantado, pero el hecho mismo de que se haya publicado me pone enferma y me hace pensar que el mundo lo está aún más.
  2. Miro a mi alrededor, y pequeños y grandes gestos de mujeres de todo pelaje -de hoy y de ayer- me entristecen. No entiendo por qué, algunas de nosotras, contribuimos a que esto del feminismo sea una lucha tan lenta e incluso mal interpretado. Hace poco, en este mismo blog, lo intentaba explicar. 
  3. Luego está ese rebrote del concepto de «Madre Total» que tampoco soy capaz de asumir. Creo que, en los últimos años, las mujeres nos hemos vuelto a someter a las cadenas de la crianza de nuestros hijos. Me preocupa, sobre todo porque está enmascarado bajo la idea del deseo voluntario y elegido. Ojalá sea así, aunque, personalmente, no lo creo. Son nuevas tiranías que, como de costumbre, atan a las mujeres. Mucho mejor que yo lo explicaba Milagros Pérez Oliva en este artículo, con el que me manifiesto totalmente de acuerdo.
  4. No sé si reírme o llorar cuando algo que sólo hacen menos del 2 % de los hombres se define como una «tendencia» social. Me refiero al número de padres que utilizan parte o toda la baja por paternidad que, según la ley, se puede compartir. Son bichos raros, en realidad. Y a los que lo hacen los vemos como héroes, mientras que asumimos como normal que la disfruten (o padezcan) el 98 % de las mujeres.
  5. Y no os digo nada de la brecha salarial, todo un insulto que existe en todas partes. Desde los países teóricamente más «desarrollados». Persiste en todas partes. Incluso crece.
  6. También es verdad que hay cosas que la animan a una. Por ejemplo, que haya hombres como Miguel Lorente, capaces de tener toda la sensibilidad del mundo y ser tan reivindicativo como la mujer más feminista. Leer sus artículos y sus posts me reconcilia con la Humanidad.
  7. Y luego están esos micromachismos exasperantes de todos los días. A veces, invisibles de puro repetidos,  y tan sutiles que pican y no sabes dónde. No hay que dejar nunca de ponerlos en evidencia, ni de intentar que no se produzcan. No me da la gana de aceptar que me pongan a mí la Coca Light y a él la cerveza, sin preguntar (o sin recordar quién ha pedido qué). ¿Y si no pago? Porque la cuenta la he pedido yo… y se la entregan a él. ¿Y por qué aceptar opiniones sobre mi físico por la calle a quien no se las he pedido? Los piropos me repugnan. Y me niego a tolerarlos.

En fin… Y esto sólo mirando unas semanas para atrás y sobre cosas, en la mayoría de los casos, «rutinarias». Sin detenerme únicamente en las realmente grandes y desesperanzadoras razones que confirman que queda mucho por hacer y que ocurren también cada día: asesinatos machistas, agresiones sexuales, lapidaciones y latigazos, ataques con ácido, ablaciones. Torturas, vejaciones y crueldad para la dominación.  Madre mía. Cuánto nos queda.

¿Es o no para enfadarse? Como dice Adichie en su charla y en su libro: «¡Claro que estoy enojada! Todos deberíamos estarlo».

Así que creo que el «ensayito» feminista que recoge las palabras de esta «feminista feliz africana», tan sencillo, claro y breve, debería estar en todas nuestras mesillas, bolsos, mochilas y cajoneras (es tan barato), recordándonos lo que realmente significa ser feminista y lo bueno que es para el mundo, para el presente y el futuro de la Humanidad. Es de justicia y, además, una muestra inteligencia como especie. No sé si seremos capaces.

Hasta la próxima entrada.

 

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Oprah en 10 sencillos pasos

Menuda vida. Aunque ella es la imagen del éxito, no todo fue fácil para Oprah. Ni siempre. Los años de su infancia y adolescencia fueron muy difíciles, pero salió adelante y se convirtió en una de las mujeres más poderosas del mundo. Es admirable, verdaderamente.

Muchas veces es difícil recomponer una vida joven, truncada por años de abusos, dolor y maltrato. Entre los 6 y los 14 años, esta muchacha negra nacida en Missouri en los años 50 vivió en el infierno, con embarazo, parto prematuro y muerte de su hijo incluidos. Cuando escapó, la llevaron a Nasville y allí empezó, con la ayuda de su padre, a recuperar -poco a poco- su vida, sus estudios y su futuro.

Y ya fue imparable.

  1. A los 19 años empezó a trabajar como reportera de radio en una emisora de Nashville
  2. A los 22, se fue a Baltimore  a presentar el programa de televisión local People are talking durante ocho años, hasta convetirlo en un auténtico éxito nacional.
  3. Con solo 30 años, la WSL-TV de Chicago la contrata para presentar su propio programa de mañana, el talk show A.M. Chicago, que en pocos meses consigue colocar  en el número 1 del ranking de audiencias
  4. Un año después, el programa ya se llama The Oprah Winfrey Show y se convierte en todo un fenómeno de la TV, sin precedentes. Fue el número 1 de las televisiones estadounidenses durante más de 20 años, con casi 30 millones de espectadores sólo en los Estados Unidos, el programa más visto de la historia de la televisión.
  5. En 1986 fue nominada al Oscar como mejor actriz de reparto por su papel en El Color Púrpura y funda su propia productora, Harpo (su nombre al revés).
  6. En 1991 lideró una campaña para la creación de una base de datos nacional abusadores de niños, proyecto que se convirtió en la ley conocida como Oprah-Bill de 1993,  bajo la presidencia de Bill Clinton.
  7. En 2010 se emite, en Sidney, el último programa de The Oprah Winfrey Show, y crea su propia cadena de televisión,  Oprah Winfrey Network (OWN), con dos programas sindicalizados: Dr. Phil y Dr. Oz show,  producidos por Harpo Productions, que ella no presenta, aunque a veces asiste como invitada.
  8. Según la revista Forbes, fue la persona afroamericana más rica del siglo XX y la mujer más poderosa del año 2005, así como la celebridad más poderosa en 2005, 2007, 2008, 2010 y 2013.  En 2010, la revista la definió como «la famosa más influyente del mundo» y en 2014 la colocó en el puesto 14 de la lista de las 100 mujeres más poderosas del mundo.
  9. Life la ha calificó como la mujer más influyente de su generación y  Time la nombró una de las cuatro personas que han dado forma al siglo XX y al inicio del siglo XXI. En el 2005,  Business Week la calificó como la más grande filántropa de origen negro en la historia de los Estados Unidos
  10. Ha recibido muchos premios, entre ellos varios Emmys y en 2011 fue ganadora del Oscar Humanitario Jean Hersholt por su labor humanitaria a favor de las causas sociales. Es Doctora Honoris Causa por Harvard y en 2013 fue condecorada con la Medalla Presidencial de la Libertad, el máximo reconocimiento civil de su país, por el presidente Barack Obama.

Oprah es un montruo. Un fenómeno de la comunicación. Pero también es más que eso. Es una superviviente que hizo mucho más que sobrevivir. Ha dejado a medio mundo mudo de admiración  y se ha convertido en un icono para los norteamericanos y en un mito global. Y, todo ello, lo ha utilizado también para alcanzar metas más allá de lo profesional y lo económico.

Ella no representa exactamente lo que yo querría ser como periodista. No la considero una de mis maestras. Pero creo que es única, admirable y un torrente de energía positiva.

Hasta la próxima entrada

 

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Una Alondra vuela hasta Australia

 

Estoy convencida de que, entre otras taras (físicas y mentales), sufro cierto grado de amusia. ¿Que qué es eso?  Que me encuentro entre esas personas que han nacido sin la capacidad de entender ni apreciar la música. No es que no me guste. Es que me suele dejar fría. Y me da una rabia enorme. Ya sé que os parecerá marciano, pero es así.

Para todo lo demás, soy una persona con las emociones a flor de piel. Bastante intensa -diría que demasiado- y todo me afecta. Desde el gesto o la imagen más cotidianas -una noticia, un gatito en Internet o un buen día de sol- a un diálogo cinematográfico bien dirigido e interpretado, las artes plásticas en todas sus expresiones y, por supuesto, la literatura. Mi gran pasión.

Pero la música, no. Y me gustaría. Vaya que sí. Me muero de envidia cuando veo la pasión que despierta en mi hijo y mi marido, y las conversaciones exaltadas sobre grupos, álbumes, artistas y conciertos entre ellos y mis sobrinos, por ejemplo (ambos músicos desde diferentes ángulos). Y, por supuesto, me encantaría disfrutar como ellos y tantos otros del placer que veo que experimentan cuando escuchan ese extraordinario lenguaje sonoro que hace disfrutar a millones de personas en todo el mundo y que es algo así como el quimérico idioma universal.

La música es PURA COMUNICACIÓN. Transmite emociones, mensajes, ideas, retos, rebeliones y hasta revoluciones. Mirad (o mejor, escuchad) los himnos, por ejemplo. O canciones que se han convertido en clamores sociales. ¿Y el amor? ¿Qué mejor forma de expresarlo que una  buena canción que, en pocas estrofas, apoyadas por la melodía, es capaz de expresar, mágicamente, lo que sientes y tú no eres capaz de explicar con tus palabras? Menos mal que para eso, también tengo la poesía.. (reflexión personal).

En fin, que me disperso en mis limitaciones. Hoy escribo de música con nombre de mujer. Y eso es, en sí mismo, un acontecimiento cuando nos referimos a la Clásica y, sobre todo a la dirección de orquestas. La mexicana Alondra de la Parra es una luz brillante en este mundo de hombres, en los que los nombres femeninos mas que escasos son una rareza. En todas las profesiones las maestras que abren camino son esenciales para las que vienen detrás.

Se acaba de hacer público que en 2017 será la directora musical de la Queensland Symphony Orchestra de Australia. Impresionante. Y con sólo 36 años. Qué no le deparará el futuro. Me produce una enorme admiración porque, además, transmite humildad y pasión. Nada de ese aire remilgado de algunos de sus colegas masculinos.

Alondra vive en la música desde los 7 años. Piano, chelo, composición… Licenciada en piano bajo la tutela Jeffrey Cohen, y en Maestría de dirección de orquesta con Kenneth Kiesler, en 2003 funda en Nueva York la Orquesta Filarmónica de las Américas, para promover y difundir las obras de jóvenes compositores y solistas latinoamericanos -absolutamente desconocidos entonces al otro lado de la frontera-  y educar a los niños de escuelas públicas del Bronx y de orquestas infantiles en México.

Por supuesto, de la Parra ha dirigido también muchas otras orquestas, tanto en su México natal como en otros países, incluida la que ahora va a dirigir de forma permanente al otro lado del mundo, en Australia, y con la que dice sentir una química especial.

Para alguien como yo, esta mujer representa algo inimaginable y casi misterioso. La música como esencia de una vida. Pero, desde la distancia de mi incapacidad, he de decir que, en realidad, representa lo que muchos querríamos. Vivir en y para lo que nos apasiona y que se nos valore por ello, como han podido hacer también otras afortunadas, en el campo que hayan elegido y en el que -seguro- se han tenido que partir la cara. Aportar algo al mundo y a las personas, que las haga disfrutar y un poco más felices, y ayudar a difundir tu pasión, desde tu corazón -y su batuta- hasta el último rincón del mundo.

Alondra, me das envidia. Suerte. Es la de muchas.

Hasta la próxima entrada.

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Las 4 caras de Ève, la Curie sin Nobel

Ève era una artista. Un «bicho raro» en la familia Curie, dedicada en cuerpo y alma a la ciencia, y laureada por ello. Sus padres y su hermana Irene fueron investigadores de reconocidísimo prestigio, todos ellos en el campo de la radioactividad.

Pero a ella, aunque tan brillante como los demás -incluso se graduó en ciencias por aquello de la tradición- la vida y la ilusión la llevaron por otros caminos, en los que también destacó y que disfrutó durante sus más de 100 años de vida.

  1. Fue pianista. Desde muy pequeña se sintió fascinada por la música clásica y fue una concertista precoz. Durante los años 20, recorrió algunas de las salas más prestigiosas con su música, demostrando una destreza notable. Qué envidia.
  2. Fue hija. Y el orden de esta relación no es aleatorio, porque este papel lo ejerció después del anterior. No había cumplido los 2 años cuando su padre murió en un accidente, y su madre se distanció de su dolor, y de paso de ella y de su hermana, refugiándose en sus trabajos de investigación. Más adelante, recuperaron su relación y el tiempo perdido. Madre e hija tuvieron una conexión especial, y estuvieron muy unidas, hasta la muerte de Marie, víctima de la leucemia provocada por la radioactividad, a la que consagró su vida y su trabajo, y que la hizo merecedora nada menos que el Premio Nobel (años después, también su hermana Irene recibió el galardón más importante del mundo. Vaya familia de genios)
  3. Fue periodista. Trabajó como reportera durante la II Guerra Mundial y, una vez finalizada la contienda, fundó y co-dirigió el Paris-Press, hasta 1949.
  4. Fue escritora. Su obra más alabada y recordada fue la biografía de su madre, publicada tras la muerte de éste y todo un best-seller en 1937. En ella, Ève humanizaba y transmitía amor y admiración por una de las mujeres más importantes de la Historia. Debió de ser un honor y un enorme peso ser la hija de Madame Curie.
  5. Fue filántropa… consorte. En realidad, no. Ella misma dirigió y gestionó la fundación que llevaba el nombre de su madre durante muchísimos años.  Pero también fue esposa de Henry Labouisse, embajador estadounidense en Grecia cuando se conocieron, y luego director ejecutivo de Unicef y el que recogió otro Premio Nobel, en esta ocasión el de la Paz, concedido a la organización en 1965.

Así que Ève siempre vivió rodeada de personas especiales, tanto como ella misma lo fue, desde un plano de discreción y humildad rebajado un grado respecto al resto. Ella era lista, era hermosa (por dentro y por fuera), era fuerte. Una Curie única. Fue Ève. Y durante tanto tiempo

Hasta la próxima entrada.

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Señoritas no, mujeres

La Institución Libre de Enseñanza es todo un símbolo cultural del siglo XX, lo mismo que la famosa Residencia de Estudiantes en la que vivieron genios como Dalí, Lorca o Buñuel, y que ha sido inmortalizada por el cine, la poesía y la misma Historia. Cuna de la Generación del 27 y de parte de lo mejor del arte y la pasión anteriores a la Guerra que lo asoló todo.

Esta es la versión masculina. De aquel lugar mágico y lleno de inquietud intelectual y artística fue de los barros maravillosos de los que nacieron lodos en los que se combinó lo trágico y lo extraordinario.

Pero resulta que, solo 5 años después de que se fundara la Residencia de Estudiantes, y en el mismo lugar (un precioso «hotelito» en la calle Fortuny de Madrid) que ésta dejó porque necesitaban más espació, se creó la Residencia de Señoritas, inspirada en la primera y que bebía también de los principios de la Institución. Unas 30 residentes y un puñado de profesoras abrieron las puertas de aquel lugar único, en el que aquellas valientes se atrevieron con la Filosofía, el Arte, la Ciencia y el deporte, actividades consideradas «de hombres» en aquella España de principios de siglo.

Y que no os confunda su nombre, cursi, machista y rancio. María de Maeztu, su fundadora, tenía muy claro que aquello era el principio de un largo recorrido para las mujeres. Es verdad que, tanto profesoras como residentes, eran «señoritas» de buenas familias de clase media-alta, en una época en la que las obreras y las mujeres del campo ni siquiera sabían leer y escribir. Sin embargo, aquellas jóvenes – y no tan jóvenes- abrieron un camino que todas nosotras tenemos que agradecer.

Con fuertes vínculos con su entidad hermana, el International Institute for Girls en España, ellas fueron de las primeras que empezaron a hablar y a demandar el voto para las mujeres, siguiendo la estela de las sufragistas americanas y británicas de la época.

Por aquellas salas, laboratorios y bibliotecas pasaron nada menos que María Zambrano – que a tantas mujeres nos ha enseñado a pensar-, Victorina Durán, Clara Campoamor o la mismísima Premio Nobel Marie Curie, unas como docentes estables, otras participando en algunas de las frecuentes actividades organizadas por y en la propia residencia. Entre las «alumnas» estuvieron Victoria Kent (una de aquellas primeras 30), científicas como María García Escalera y Cecilia García de Cosa, o Matilde Huici, por ejemplo.

El objetivo era la promoción de la formación universitaria para las mujeres, como requisito imprescindible para que éstas tuvieran un papel activo en aquella sociedad totalmente masculina, en la que ellas no pintaban nada y servían, sobre todo, para trabajar y parir, siempre al servicio de sus padres, de sus hermanos, de sus maridos e incluso de Dios.

Durante sus poco más de 20 años de existencia, la Residencia de Señoritas (maldito nombre) fue el campo de cultivo burgués de la intelectualidad femenina -y feminista- de nuestro país. Ellas empezaron a ocupar puestos de relevancia en una España que empezaba a dar muestra de pequeños pero significativos cambios. En el Congreso de los Diputados, en la Escuela y la Universidad, en el Derecho, en la Filosofía.

Pero otra vez la infausta fecha del 18 de julio de 1936 dio al traste con un sueño, el de aquella institución, sus mujeres y el de una sociedad, que como todas las del mundo, las necesitaba mucho. El día que empezó la Guerra, la residencia estaba casi vacía por las vacaciones de verano. Durante el asedio a Madrid, sus instalaciones fueron utilizadas como hospital y orfanato. Cuando acabó la contienda, ya en Valencia, María de Maeztu dimitió y se fue de aquella España indeseable.

Después de aquello, la Residencia se convirtió en un Colegio Mayor regido por la infausta y nunca bien criticada Sección Femenina de la Falange (Su nombre y su recuerdo son igualmente insultantes). Bajo la dirección de Matilde Marquina, en 1940 volvió a funcionar con el nombre de Colegio Mayor Santa Teresa de Jesús, con su director espiritual (un sacerdote varón, naturalmente) y todo. Como podéis barruntar, aquel sitio no se parecía más que en las paredes a la Residencia original y los principios y objetivos de aquella, como tantas otras cosas importantes en aquellos tiempos, se fueron al garete.

Pero aquellas «señoritas» fueron nuestras maestras, las que pusieron los cimientos de la presencia de las mujeres en la universidad española, hoy tan abundante -y, en algunos campos, abrumadora-. Fueron las que hicieron posible que nuestra voz, aunque a escondidas, nunca dejara de oírse y leerse. A veces, a gritos. Otras, en susurros.

Hasta la próxima entrada.

 

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Margarita o el Subinspector Pedrito

Durante mi brevísima etapa como «periodista de verdad», allá en el Sur, cubrí algunos sucesos. Y tengo que decir que me encantó. Junto con otros géneros, como la corresponsalía de guerra o el periodismos de investigación, son la cara romántica de la profesión y lo que inspira a muchos de nosotros a adentrarnos en los intrincados caminos de la pluma.

Además, y pensándolo un poco, los Sucesos tienen de las dos cosas. Permiten hacer trabajo de mesa muy interesante, recabando información, buscando fuentes no siempre muy dispuestas y haciendo llamadas a comisarías, juzgados y hospitales, tirando de «contactillos» y amistades que quieren -o les interesa- compartir información sobre lo escabroso.

Y luego (o, mejor dicho, antes) está la calle, sobre todo si hay escena del crimen de por medio. Llegar al «lugar de los hechos», con todo el lío montado de policías, forenses, ambulancias y cotillas. Intentar encontrar, entre todos ellos, alguien dispuesto a contar algo diferente a lo que le ha contado al compañero. Ese gusanillo que entra cuando ves alguna cara sorprendida o te das cuenta del nerviosismo de aquel agente o de ese otro tipo que guarda algo en una bolsita de pruebas, como las de las películas.

No soy una frívola (o puede que sí, pero no en este caso). Nada de esto significa que sea insensible al sufrimiento -a veces, tragedia- a la violencia o a la sangre. Es otra cosa. Es la adrenalina que va emparejada, sin remedio, con la curiosidad y el ansia de descubrir (más allá todavía que el deseo de saber ) que se apodera de mí desde pequeña.

Es una mezcla perfecta entre labor detectivesca y reporterismo, en la que, además, está permitido enriquecer la prosa con ciertas dosis de dramatismo. Redondo.

Y es ahí donde voy. A El Caso. La nueva serie de TVE nos recuerda esa gran publicación, un clásico de la prensa española en medio de la dictadura franquista, en la que, entre sangre, violaciones y asesinos, se hizo parte del mejor periodismo de aquellos años infames para este oficio. A pesar de que intentaron cerrarlo varias veces, El Caso sobrevivió y venció a la censura previa en la mayoría de las ocasiones. Unas veces por la valentía de su fundador y director, Eugenio Suárez, otras por contactos en las altas esferas y la mayoría de las veces, por pura suerte. La censura estaba demasiado ocupada tapando tetas y vigilando soflamas comunistas para darse cuenta de lo libre que era esa prensa. Menos mal.

Y si algún redactor representa la naturaleza  misma de El Caso es Margarita Landi, o el «Subinspector Pedrito» si lo preferís, el apodo que utilizaba para integrarse en los equipos policiales, interrogatorios y escenas de crímenes. Hasta iba armada.

Margarita, de estirpe de periodistas y viuda joven (desde los 28 años en la España de los años 50, que no es «moco de pavo»), era todo un personaje. Yo, por mi edad, la recuerdo muy bien (incluso recuerdo El Caso, aunque no es sus mejores tiempos) y no puedo evitar una sonrisa cuando pienso en su pose (ahora lo llamaríamos «postureo»): pelo cardado, elegante y un poco masculina en su estilo y, por encima de todo, su pipa humeante, siempre en si mano.

Ella es otra de las maestras del periodismo español, sin duda. Lo que la diferencia es su especialidad, que desarrolló también en otros medios, tras el cierre de El Caso, donde trabajó desde 1954. Aunque empezó estudiando enfermería (no le sirvió de nada porque era un título republicano y no se aceptó), luego se decidió por el Derecho y la criminología, que aplicó a su trabajo de una forma minuciosa, que le supuso el respeto no sólo de sus compañeros, sino de policías y jueces, aunque a veces, éstos, la temían «como a un nublao».

Margarita Landi, en plenos años 50 y 60, recorría Madrid a toda pastilla en su descapotable y se codeaba con los más granado de la sociedad española de la época, al mismo tiempo que trataba también a criminales de toda calaña, tan valiosos como fuente como los primeros.

Landi era única. Seria y cortante, sabía transmitir la relevancia de su trabajo,  en medio de tanto titular tremendista (porque eso era gustaba a los lectores, claro que sí), y estuvo involucrada en la resolución y difusión de los principales crímenes de aquellos años, para deleite semanal de los españoles que disfrutaban, «a solas o en compañía de otros» de los procelosos y llenos de detalles morbosos artículos de aquella maravilla que era El Caso.

Gracias, Margarita y Cía.

Hasta la próxima entrada.

 

 

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Somos unos miserables

No podría escribir de otra cosa. Hoy no. Esta vez no quiero escribir sobre mujeres admirables o cuestionables,  ni sobre política, periodismo, o historia. Sólo puedo vomitar indignación y culpa en estas líneas.

A partir de esta media noche, damos un portazo en las narices de otros seres humanos, y los expulsamos, quitando de nuestra vista y nuestras sensibles narices su sufrimiento y su dolor.

Esta entrada no va ser muy florida, ya lo advierto. No me sale, ni quiero que me salga. Sólo siento vergüenza, dolor, asco y rabia. Se me parte el alma y no tengo ni idea de qué tengo que hacer para evitar que esta mierda sea de verdad, y no un mal sueño con tristes similitudes con los repugnantes años 30, que llenaron de miedo y muerte el mundo.

  • Siento vergüenza de formar parte de la sociedad teóricamente más civilizada del mundo. Cuna de la Democracia, la cultura clásica, del Renacimiento y de la Ilustración. Que le den a todo eso. Somos también la sociedad que desprecia a otros seres humanos que molestan y perturban nuestra hermosa realidad de mierda (ya van dos mierdas en el texto, es verdad. Os lo dije). Ahora estiramos nuestros cuellos blancos o miramos para otro lado, pero estoy segura de que la Historia nos juzgará (y si no, qué asco de Historia), como lo que somos: unos miserables. Y lo que está pasando, como un genocidio de inocentes, por el que los abandonamos a su suerte, y los dejamos morir de hambre, de frío y de rechazo. Esos rostros agotados y estupefactos deberían perseguirnos a todos (y a cada uno) lo que nos queda de vida. Si nos queda algo de decencia, así será.
  • Me duele. Se me parte el alma cuando veo a esos padres y madres que lo único que quieren es salvar a sus hijos, proteger a su familia. Llevarlos a lugar seguro y, allí, seguir viviendo. ¿Quién no entiende eso? Tengo un amigo que ha estado allí, en Lesbos, cubriendo la noticia de las llegadas de zodiacs a la isla para Canal Sur, a través de sus «ojos andaluces» y los de la ONG de bomberos del Sur que ya son héroes para muchos de nosotros . Sólo mirad su cara cuando hace la entradilla y escuchad su tono de voz durante toda la crónica. A él también le duele, claro. Siempre ha sido buena gente, mi amigo Miguel.
  • El asco me domina cuando miro los cuerpos bien alimentados y abrigados de los cabrones que han promovido todo esto. Pero también me repugna ver que todos seguimos con nuestras vidas, como si nada. Yo, la primera. Ayer fui a la peluquería y estuve de compras, vi una película y dormí la siesta. Como cualquier otro sábado de invierno, bajo la manta de mi sofá. Me pregunto todos los días si soy una hipócrita, si debería salir a la calle a gritar contra esto, o, mejor, comprar un billete de avión directamente a Lesbos o a Idomeni y ponerme de una vez a hacer algo por ellos, y que, de paso, no piensen que los europeos somos todos unas personas de mierda (y van 3). Si tendría que rebelarme contra quien sea para que las fronteras se abran y acojamos a los que necesitan refugio, comida, mantas y, sobre todo, la compasión y el apoyo de otro ser humano, para no perder la fe en esa Humanidad a la que tristemente pertenecemos todos.
  • Pero, sobre todo, estoy rabiosa. Tanto, que a veces, me cuesta pensar. Oigo los llantos y los gritos de esta pobre gente y la sangre me hierve. Y todavía es peor cuando no los oigo y solo hay silencio y  miradas suplicantes y sorprendidas.  Cuando los miro temblar caminando sobre el barro, cuando descubro lo que supone parir y nacer en Indomeni, en medio de la miseria y la indignidad en la que los hemos dejado.

A partir de mañana, la indecencia y la crueldad de dejar morir a nuestros congéneres será legal. Los «devolveremos» a Turquía, pagando por ello a un país en el que ni siquiera están a salvo la dignidad y los derechos de su propio pueblo.

Ojalá no podamos pegar ojo mientras esto siga ocurriendo. #OpenTheBorders,  joder.

Hasta la próxima entrada.

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La verdad es nuestro trabajo

No conocía bien la historia hasta que vi la película, y sigo en shock. Sé que genera controversia, según quien la cuente, pero yo tiendo a creer la versión de la cinta, por periodista y por «liberal», como llaman en los EE.UU. a los de ideas progresistas.

En todo caso, lo que me ha impresionado más es la sucesión de acontecimientos que se produjo en este caso, en una prestigiosa cadena, con informativos respetados y en»60 Minutos», uno de los programas míticos y referente para todo periodista, en cualquier parte del mundo.

Acababan de triunfar con un reportaje sobre Abu Ghraib que mereció nada menos que un Peabody unos meses después, ya caído todo el equipo en desgracia y fuera de la cadena.

Y entonces se complicó todo. Unos documentos dudosos tiraron por tierra una historia claramente probada, la de que el entonces Presidente George W. Bush se había «escaqueado» de ir a la Guerra del Vietnam, por un chanchullo de niño rico enchufado en la Guardia Nacional, de cuyos entrenamientos y actividades apenas llegó a formar parte.

Mary y el famosísimo presentador Dan Rather capitanearon un equipo muy poco ortodoxo que investigó durante semanas y que se precipitó un poco en la emisión, es verdad. No había hueco en el resto del mes y apostaron por la primer opción, para que nadie les pisara el «notición».

Los conocidos como «documentos de Killian», parte de las evidencias de la historia,  se cuestionaron casi de inmediato, y a pesar de las pruebas que el equipo puso sobre la mesa e incluso emitió, la cosa se fue al garete y, con ella, el equipo entero, que acabó en la calle. Todos despedidos, excepto Dan, al que le permitieron «dimitir» en antena y salir ligeramente más airoso, aunque no mucho.

Se trató de una secuencia de hechos que, si no fuera porque fueron patéticos, serían hilarantes. Fue el principio del fin de las noticias bien hechas en televisión. Cuando el negocio barrió por fin al periodismo, lo único se había mantenido más o menos limpio de aquellos intereses hasta entonces.

Y ahí acabó todo. Con una pantomima de comisión de investigación interna que tenía como propósito claro la condena de Mary, que fue el chivo expiatorio, aunque otros tampoco se libraron, aunque no la apoyaran e intentaran salvar su «culo» en la cadena. Todo por evitar el escándalo en año electoral y para que la reelección no corriera peligro.

Y así fue. Mary, deprimida y vapuleada, nunca volvió a trabajar en televisión. Dan se retiró del gran mundo y pasó a una pequeña cadena. Y Bush renovó la presidencia en un nuevo mandato: «¡Cuatro años más!».  Y todos felices. Algunos todos, claro.

¿Y cuál era la verdad? Qué importa. Y ya sabemos todos lo que pasó en aquellos 4 años de Bush. ¿Qué hubiera pasado si el escándalo hubiera calado y el resultado de las elecciones presidenciales de 2004 hubiera sido otro? Quién sabe…

Mary, al igual que otras maestras, de allí y de aquí, solo hacía quería hacer su trabajo. Y no pudo, después de aquello.

Hasta la próxima entrada.

 

 

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Scout ha muerto

«¿Sabes lo que es transigir?» Le pregunta el bueno de Atticus a su pequeña de 6 años, que llora porque no quiere volver al colegio después de un primer día descorazonador. Qué gran pregunta, más en estos tiempos de negociaciones y pactos. Aunque no siempre es posible hacer concesiones, es una buena lección, sin duda.

Harper Lee murió hace unos días.  Su única obra (no voy a admitir a «la otra»  como una novela rematada por la escritora. Sólo se publicó cuando ella ya no podía oponerse),  Matar un Ruiseñor, ha emocionado a millones de personas de todo el mundo desde su publicación.

La historia de Scout, su protagonista (inspirada en ella misma), su hermano Jem y su amigo Dill (el alter-ego de Truman Capote, su gran amigo desde la infancia) lo tiene todo y no ha envejecido nada, como suele ocurrirles a las buenas historias. Conmovedora, divertida, reflexiva y maravillosamente bien escrita y traducida (la mayoría de las veces).

Atticus es uno de mis héroes desde que vi la película y -años después- leí el libro. Un gran padre, un hombre bondadoso, querido y respetado por su comunidad, pero capaz de enfrentarse a ella y a sus prejuicios por defender lo que es justo y a un inocente. El pobre Tom, un buen hombre negro, acusado falsamente de violar a una mujer blanca, no merecía ser condenado. Atticus luchó por su absolución, aunque le sirvió de poco en la sociedad racista de Alabama de mediados del siglo pasado. Que el actor que lo interpretó en la gran pantalla fuera Gregory Peck contribuyó bastante a esa admiración que muchos sentimos por el personaje, lleno de razón y sabiduría.

Con los años, sin embargo, es el personaje de Boo el que ha ido creciendo en mi lista de favoritos. Un hombre huraño y temido por los prejuicios adultos. Un ser solitario y triste escondido en su casa, el objetivo de las aventuras de los 3 pequeños durante los largos y calurosos veranos del Sur. Boo quiere a los niños, les hace pequeños regalos y los defiende de la brutalidad de la ignorancia. Enternecedor y admirable. Un pequeño-gran animal indefenso, que solo quiere que lo quieran, y no hace mal a a nadie. Fuerte y débil a la vez.

Y esos niños, que no entienden nada y saben más que la mayoría. Scout, desactivando a la turba racista que quiere hacer daño a su padre, Jem, que no acepta lo que pasa, Dill y su desbordante imaginación y, por lo que se intuye, una vida triste en la ciudad.

Juzgados y casas solitarias, juegos y peleas, conversaciones y disturbios. Y mucho que pensar. Sobre el racismo y su sinrazón, sobre la pobreza y la soledad. Sobre los hombres y los niños. Sobre la vida y sus miserias. Sobre el amor y los odios. Sobre el abuso y la debilidad.

Un canto a la buena voluntad y a la inocencia. Un grito contra la crueldad, porque «Matar ruiseñores, que sólo cantan y no hacen daño, es un acto malvado».

Hay autores que se desfondan en una sola obra, única. La historia que tienen que contar y que sacan de tan dentro que trasciende lo que son. Este es el caso de Harper Lee y su maravillosa Scout.

Hasta la próxima entrada.