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Mi gato, Bruce.

Ayer Bruce se cayó por la ventana de la cocina, desde la que le gustaba mirar a los pájaros. Y se hizo tanto daño que se murió. Aguantó un par de horas en brazos de mi hijo y en el hospital, pero no pudo con todo ese dolor. Así que se ha ido.

Bruce era todavía muy pequeño. Esto no tendría que haber pasado. Pero pasó. Y ya no está.

Solo llevaba 7 meses con nosotros, desde aquel día de noviembre que lo encontré, perdido y solo, a la vuelta de mi paseo por la Casa de Campo. Se agarró a mí con tanta fuerza, que desde el primer momento sentí su corazón, apresurado, latiendo a toda velocidad junto al mío, y su ronroneo, fuerte y tembloroso que nos hacía retumbar a los dos mientras, casi corriendo, lo llevé en brazos hasta casa, segura de que se había escapado de un hogar en el que lo echaban de menos. Tan guapo, tan blanco, tan suave…

Buscamos a esos dueños sin mucho ahínco, cuando descubrimos que no tenía chip y nadie lo reclamaba. Desde el principió nos conquistó con sus zalamerías, sus arrumacos, sus monadas… Lo recuerdo buscando los rincones del cuerpo de Pablo mientras veía la televisión, sabiendo que era al que tenía que convencer para quedarse con nosotros.

Y se quedó, claro. No tardamos mucho en decidirnos. Un par de días y ya era uno más de la familia, junto con los otros perros y gatos que la forman. Nuestro primer gato macho, con sus colmillos grandes, su pis maloliente, sus ojos verdes y su máscara de Batman de donde vino su nombre, tan adecuado. Bruce, como Bruce Wane, el héroe de Gotham. Nuestro héroe.

Hasta mi padre se enamoró de él.  Del “gato pinto” como lo llamaba, que siempre se sentaba a su lado, cuando venía de visita y se ponía a leer el periódico. Se pegaba a su pierna, esperando una ración de caricias, que siempre recibía, como por casualidad, de las manos arrugadas y fuertes de ese hombre viejo que me enseñó a amar a los animales.

Y es que Bruce era todo amor. Se tiraba al suelo o sobre la cama para que le acariciaras la panza, y nunca tenía bastante. Por las mañanas, me despertaba y perseguía por todo mi cuarto a mi gata Robin, que al principio le bufaba y a la que también, e inevitablemente, conquistó. Solo un día antes de la caída, nos intercambiamos fotos de los dos durmiendo juntos la siesta y jugando en el sillón.

Dormía con Pablete en su cuarto, mirándolo desde la silla de oficina que era su cama,  a medias con el cojín que le disputaba a Nico (nuestro Yorkshire, el tercer inquilino de aquel cuarto masculino y adolescente) con divertidas tretas de tunante.  Por las mañanas, cuando se cansaba de dormir, quería jugar, así que lo mandaban al baño, donde no paraba de maullar hasta que alguno de nosotros le abría y le dejaba salir para jugar con quien estuviera dispuesto, a carrera tendida, subiendo y bajando las escaleras con piruetas imposibles.

Ayer yo no estaba. No lo vi caer, no lo vi tirado y ensangrentado en el suelo, no lo vi sufrir, ni lo vi morir. Así que hoy cuando he llegado a casa hace un rato, esperaba, en el fondo, que no fuera verdad, encontrármelo al abrir la puerta, como todos los días, con ese maullido fuerte, de hombretón gatuno, que tanto me gustaba.

Pero no está, no. Ya no está. Y necesitaba despedirme a mi manera, decirle adiós por escrito, llorando a moco tendido, con Nico a mis pies y Robin a mi lado. Rodeada de amor, pero con un hueco enorme, en el pecho y en mi mano, a la que le quedaban muchas caricias a ese pelo suave y blanco.

Bruce, te prometo que las voy a gastar todas, como hacías tú. Te quiero, gatazo.

Hasta la próxima entrada.