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Disparar con el corazón

Joana Biarnés fue la primera mujer que se definió oficialmente como reportera gráfica, lo que hoy llamamos fotoperiodista. Hija de un fotógrafo profesional dedicado a la fotografía deportiva, aprendió de él las bases del oficio y lo acompañó en los primeros años de su carrera, en Barcelona, donde nació y estudió – en la Escuela de Periodismo de la Ciudad Condal -.

Al principio tuvo dificultades para trabajar debido a su condición de mujer, algo especialmente difícil  en un mundo -el del deporte- que incluso hoy tiene tintes misóginos.  Imaginaos entonces.

Desde 1962 trabajó en Pueblo, tras venderles un reportaje titulado Cenicienta de pueblo, que encantó a Emilio Romero, que la contrató como fotógrafa de la edición madrileña del diario.

Y ahí empezó todo. Bearnés hizo fotografías de las grandes estrellas  de la música y el cine de la época. Es famoso su reportaje de The Beatles durante su visita a España.  Logró entrar en la habitación de su hotel en Barcelona, donde tuvo una sesión de nada menos que 3 horas con los integrantes del grupo de Liverpool. ¿Y sabéis qué pasó con aquellas fotos únicas? Pues que se las regaló a la revista Ondas, tras la negativa de Pueblo a publicarlas porque “solo tenían que cubrir la visita del grupo a Madrid” como única – e incomprensible- explicación.

Utilizó algunas argucias para conseguir sus propósitos. Se hizo pasar por la secretaria del bailarín Antonio para conseguir un reportaje de Rudolf Nureyev, y por la mujer de José Luis Navas para concertar una cita con Roman Polanski, con paella incluida. También fotografió a Pepa Flores, Sebastián Palomo Linares, Lucía Bosé, Serrat, Audrey Hepburn, El Cordobés y muchas otras figuras nacioales e internacionales de la época, como Sara Montiel, Sammy Davis Jr., Tom Jones o Cayetana de Alba.  Acompañó a Massiel a París a comprar su famoso vestido de Eurovisión y durante muchos años fue la fotógrafa de Raphael.

También cubrió historias como las inundaciones de Tarrasa de 1965 y, además de en Pueblo, trabajó en ABC, fichada por el propio Ansón.  Creó, con otros compañeros, la agencia Sincropress.

Pero en 1885 decidió dejar el periodismo fotográfico. No le gustaba el tono que tomaba la la llamada prensa rosa (ahora le saldrían sarpullidos, creo yo) y decidió cambiar de vida y dedicarse a su otra pasión: la cocina. En Ibiza abrió el restaurante cana Joana, que durante muchos años fue considerado uno de los mejores de las Illes Baleares y que también cerró unos años después. Murió en Barcelona el año pasado, a los 83 años.

Una profesional muy interesante, con una trayectoria espectacular y unas vivencias únicas. El vídeo embebido en este post (de la colección Imprescindibles de RTVE) es muy recomendable para ampliar información sobre ella y su trabajo, así como el libro Disparando con el Corazón que presentó en Madrid un año antes de su muerte.

Animo con entusiasmo a leer, saber y compartir más sobre esta y todas las mujeres que marcaron una época difícil de nuestro país, superando los obstáculos de la dictadura y la falsa moral de la época. Sacarlas a la luz (o rescatarlas de la oscuridad, según el caso) es casi un deber para las que tuvimos la suerte de nacer tras ellas, a las que tanto debemos.

Hasta la próxima entrada.

 

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Violeta es la flor de los humildes

A veces, ser la primera es una condena al olvido. La Historia suele recordar a las que acaban y consiguen y no tanto a las que arrancan.

Una de estas pioneras fue Consuelo Álvarez Pool, barcelonesa que vivió a caballo entre dos siglos que cambiaron el mundo y, sobre todo, la vida de las mujeres. Nació en el XIX, hija de padre profesor y con la suerte de recibir una educación que pocas tenían en aquellos años oscuros. La muerte temprana de tan excepcional varón para la época le cambió la vida a aquella inquieta chica de 17 años que quiso ser telegrafista pero que tuvo que casarse, sin amor y sin ilusión, con un mecánico de una fábrica de armas que se la llevó a Trubia, donde Consuelo aprendió para siempre de la diferencia de clases, de la humillación de los que tienen menos y, sobre todo, de sus esposas, incultas y destinadas solo a parir. Como ella misma, con dos hijos vivos y sanos y dos que perdió demasiado pronto.

A partir de ahí, empezó a ser la primera en muchas cosas. Dejó a su marido, al que no amaba, y se levó a sus hijos con ella. Primero a Oviedo y luego a Madrid, donde por fin logró su puesto de Telegrafista. Y empezó a escribir cuentos y artículos en El País de aquella época, el de Antonio Catena, donde firmaron también Galdós, Joaquín Costa, los hermanos Machado y hasta Valle-Inclán. Colaboró también en la Conciencia Libre, esa excepcional publicación feminista que promovía el valor de la mujer culta y librepensadora. Fue amiga de Carmen de Burgos y de Clara Campoamor. Y una de las primeras Jefas de Prensa de España, cuando se creó tal área en Correos y Telégrafos en 1915.

Le dio tiempo a todo. Fue esposa y madre trabajadora. Telegrafista, junto a su hija Esther, que aprobó las oposiciones el mismo año que ella. Periodista, con el seudónimo de Violeta, la flor de los humildes. Y feminista. Y republicana. Hasta se presentó a las Elecciones de 1931, aunque no consiguió su escaño.

Tuvo una larguísima vida, excepcional en las mujeres de su tiempo, cuando la edad media estaba en torno a los 40 años.  Llegó a los 91, así que le dio tiempo a ver la vuelta de la oscuridad de los años oscuros del Franquismo, donde la mujer perdió todo lo ganado, con tanto esfuerzo de tantas. Una Dama Roja a la que los vencedores no se atrevieron a encarcelar por avanzada edad cuando acabó la Guerra Civil, pero a la que condenaron a volver a ser un “Ángel del Hogar”, aquello que siempre odió y contra lo que siempre luchó, para ella y para las demás.

El de Consuelo Álvarez Pool, una mujer bilingüe, culta y valiente, es uno de esos nombres que debemos gritar, como ha hecho en su libro Victoria Crespo, una de aquellas a las que les debemos tanto, como a todas las que intentaron sacarnos de las cocinas para abrirnos las puertas de las aulas y las páginas de los libros. Las que se atrevieron a levantar su voz y su brazo para exigir lo que es nuestro. Esas que se arriesgaron por nosotras y a las que les debemos todo. “Por las que fueron somos. Por las que somos serán“. Así que es nuestro deber seguir haciendo lo que esté en nuestras manos para no dar ni un paso atrás de nuevo, como el retroceso que ella tuvo que vivir tras luchar durante décadas. Murió en 1959, de vuelta al siglo XIX del que había intentado salir y sacar a todas las mujeres.

Hasta la próxima entrada.

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MI CACHORRO

Explicar el amor es muy difícil. Lo sabemos los que lo hemos intentado. Sin embargo, todos (espero) lo hemos sentido y somos capaces de reconocerlo, desearlo y, por supuesto, extrañarlo. No creo que tengamos una cantidad limitada para repartir, y estoy convencida de que se puede amar a muchos. Pero solo hay un puñado de personas por las que mi amor es absoluto, incondicional e infinito.

Hace hoy 18 años nació una de ellas y con él se cerró ese pequeño cupo (de momento), así que dejé correr la emoción a lo bestia. Y así sigo.  Pablo vino al mundo como un bebé enorme, de 4 kilos y medio. Llegó a la familia casi 8 años después que su hermana y con él, fuimos 6: Pablo, Elena, el recién llegado, Carolina (nuestra gata), Lola (nuestra perra) y yo.

El resto ya es historia. Aquel gran bebé creció como un niño feliz y cariñoso. Y ahora es un hombre bueno. Sí, bueno. Aquel enano que me bombardeaba a preguntas cada noche, encajado entre el respaldo del sofá y mi cuerpo, y que me contaba exhaustivamente sus aventuras del día. El chaval orejón y sonriente que estaba “pachucho” cada dos por tres sin poder ir al cole. El niño que no veía películas de Disney (“no tuvo infancia” en palabras de su hermana), sino que con 3 años escasos se “entruchaba” las tres horas largas de El Señor de los Anillos en el cine y que estropeó el DVD de Jurassic Park  de tanto verlo. Ese miedica que no quería montar en un pony y acabó sobre un caballo que se ponía de manos y recogiendo pelotas del suelo a galope tendido.  El pre-adolescente con bigotillo que recorrió con nosotros Italia de norte a sur durante 3 semanas, disfrutando del arte, la cultura y la historia, con la inquietud personal y adulta que lo caracteriza desde siempre.

Y es que Pablo es especial. Y no es (solo) amor de madre. Es un hecho. Posee “identidad” -y mucha-, y desde hace años. Tiene interés por saber y opiniones que compartir. Es sensible a los problemas del mundo y de las personas. Es intuitivo y empático. Es respetuoso y se preocupa por el mundo -esta mierda de mundo- y lo que le ocurre. Tiene fe en que las cosas pueden cambiar y cree que la Revolución es posible. Es un idealista informado. Y bueno, insisto. Ya sé que me repito. Pero es que lo es.  De pensamiento y de acción. Se esfuerza por hacer las cosas bien, es respetuoso, compasivo y atento. Mira – y ve – a los demás, y se preocupa por ellos, por nosotros. Espero que el mundo -esta mierda de mundo-, y lo que en él le toque vivir, no cambien eso.

Se me cae la baba, lo sé. Y también sé que no es perfecto, ni falta que hace. Es despistado, lento hasta la exasperación y tirando a maniático. Pero tiene “pelazo“, como diría La Vecina Rubia. Es guapo -por dentro y por fuera-. A ver quién se atreve a negarlo en mi cara.  Y,  por si todo esto fuera poco, además es feminista, de palabra y obra, lo que me hace sentirme todavía más orgullosa, si me cupiera mas orgullo en el cuerpo.

Y si pienso en nosotros dos, creo -espero- que hemos construido un vínculo único. Siempre se da cuenta si estoy triste, cansada, preocupada o nerviosa. Se interesa y me consuela, me ayuda, me mima o me entretiene, según el momento, el caso y la necesidad. Hablamos mucho, de muchas cosas, y aprendemos el uno del otro.  Yo, de él, cada día más. Me encantan esas conversaciones. Y nuestras tardes de cine, repitiendo por enésima vez Regreso al Futuro I, II y III, La Búsqueda o La Momia. O descubriéndole La Fiera de mi niña. Guardo cada uno de esos momentos como un pequeño tesoro. Uno grande, qué narices.

Pasará el tiempo. Se irá. Volverá. Se marchará de nuevo. Encontrará el amor. Los amores. Será feliz. Y desgraciado. Y feliz otra vez. Y a ratos, ni una cosa ni la otra. Vivirá, en definitiva. Estoy deseando presenciar (de cerca y de lejos) cómo crece y en qué clase de persona se va convirtiendo. Y que sigamos charlando.

Te quiero, mi cachorro. Aunque seas mayor de edad.

Hasta la próxima entrada.

 

 

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De profesión, periodistas

Hace unas semanas, el Congreso le concedió a Lucía Méndez el primer premio Josefina Carabias de periodismo parlamentario.

¿Quién es Josefina Carabias? 

Una maestra de todas los que nos dedicamos a esta apasionante y maltratada profesión,  y considerada por algunos la primera mujer periodista de España, porque era su única profesión y, además, formaba parte de la redacción de los medios en los que trabajó, al contrario que otras mujeres que habían escrito ya, pero como colaboradoras.

Carabias empezó a ejercer el periodismo en la revista Estampa, durante la II República. En los años 20 estudió Derecho y vivió en la Residencia de Señoritas de Madrid, dirigida por María de Maeztu. En aquella época conoció a Unamuno y Valle-Inclán y participó activamente en la vida intelectual de la capital.

Después de la Estampa, formó parte de las redacciones de La Voz y Ahora y participó en el primer programa de radio informativo de la época, La Palabra, de Unión Radio. En pleno despegue de su carrera, estalló la Guerra Civil, que -como para tantas personas- lo cambió todo. Huyó a Francia con su marido, Francisco Rico-Godoy, y permaneció en el país vecino hasta el final de la contienda, momento en el que decidieron regresar.  Una vez en España, su marido fue detenido y condenado a 10 años de cárcel por comunista y masón. Durante el encarcelamiento de su esposo, Carabias dio a luz a su primera hija, Carmen Rico-Godoy.

Durante los años 40, la periodista colaboró con varios medios, aunque, por motivos políticos, tuvo que hacerlo bajo el pseudónimo de Carmen Morán. Todo cambió en 1951, año en el que empezó a ser reconocida, tras la concesión del Premio Luca de Tena por un artículo sin firma. En 1954 empezó su experiencia como corresponsal, primero en Washington y luego en París.

En 1967 regresó a España y, desde su columna en Ya fue testigo y altavoz de los últimos años del Franquismo y la transición. Murió en 1980 de un infarto.

¿Y Lucía Méndez?

Ella también es “solo” periodista. Y también una maestra, en plena actividad y con una larga y brillantísima trayectoria. El premio es más que merecido y prueba de ellos es la unámime decisión del jurado y la avalancha de felicitaciones que recibió de compañeros y medios, próximos y de la competencia. Eso no es muy frecuente y tiene un significado claro. Méndez es querida y respetada en la profesión.

Aunque trabajó antes en varios medios, forma parte del equipo fundador del Mundo, medio con el que está fuertemente vinculada desde su salida a los quioscos hace ya casi 30 años, como cronista parlamentaria. También es colaboradora de opinión en varios medios, como la Cadena SER y TVE. Siempre con una visión profesional, analítica y basada en su profundo conocimiento sobre los temas políticos. Su tono es sereno y su conversación respetuosa. Escucharla y leerla es un placer y muy enriquecedor, estés de acuerdo con su punto de vista o disientas del mismo. Su perspectiva es siempre inteligente, incluida la que tiene sobre la profesión. También ha escrito varios libros.

Josefina y Lucía son dos mujeres periodistas a las que separan varias décadas, que forman parte de un cada vez -afortunadamente- más grande grupo, que no es únicamente el de los cronistas parlamentarios. El periodismo es un oficio en el que ya hay muchas mujeres. Muchísimas. Sin embargo, queda todavía mucho que hacer. Empezando por que estemos no solo en la redacción y en la calle, sino en los despachos y en la dirección. Y, por encima de todo,  que la perspectiva de género esté también en los medios. Dentro y hacia fuera.

Hasta la próxima entrada.

 

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Casi un año después

Hola:

Ha pasado casi un año desde la última entrada (no os voy a contar mis penas, ni mi desgana, ni el resto de las razones que lo explican) y hoy me he levantado con ganas de volver a escribir y con el (espero) firme propósito de retomar la rutina de seguir haciéndolo.  Me gusta y me ayuda. No quiero que se me olvide.

En estos 11 meses, en lo que se refiere a las mujeres, a la comunicación y al movimiento feminista han pasado muchísimas cosas. Os confieso que mi estado de ánimo, en este punto, oscila entre la esperanza y el miedo (a que sea algo pasajero, a que se aproveche como una moda y, por lo tanto, se desvirtúe. A que haya enfrentamientos estúpidos que nos hagan perder las razones…).  Suelo apostar por lo primero, para no perder este valiosísimo impulso, en el que no podemos dar ni un paso atrás.

Durante este tiempo, yo he sido más bien una observadora y una “animadora” de otras mujeres, de todas las edades que se ha levantado. De hecho, algunas compañeras que, hasta hace bien poco, han sido tímidas, se han quitado los complejos y se declaran, por fin, feministas. Solo por eso, ya merece la pena.

Así que esta mini-entrada de hoy es, simplemente, para deciros -de nuevo- hola y para citar a algunas de las mujeres a las que observo y animo. A las que también admiro y, sobre todo, a las que me encanta escuchar y con las que quiero seguir conversando. Algunas son amigas desde hace tiempo, a otras las he conocido en los eventos y charlas a los que acudo profesional o personalmente. A algunas solo las he leído o visto en redes sociales y en medios. Da igual. Son un buen grupo. Aquí os menciono a algunas, por si os animáis a conversar con ellas también.

  1. Virginia Galvín. Mi amiga del colegio. Durante muchos años, subdirectora de VF. Hasta que Conde Nast empezó a sustituir a las profesionales de más de 40 años, como si eso fuera un defecto o una tara profesional. Ella sigue al pie del cañón y cada vez más implicada en la causa de las mujeres. Su #ProyectoMujer ya es una preciosa realidad. Lo podéis disfrutar en http://www.virginiagalvin.com. También es escritora. Ahora tiene entre manos una novela.
  2. Alicia Gutiérrez. También es mi amiga, desde los maravillosos tiempos de Sevilla. Reencontrada y recuperada hace dos o tres años. Una PERIODISTA, con todas las letras. Escribe en Infolibre y, hasta que lo han cancelado, ha participado en la tertulia de Las Mañana de Cuatro.
  3. Ana Pardo de Vera. La directora de Público, una de las pocas mujeres que dirigen medios de comunicación en España Es amiga de una amiga. Y así la conocí. Tuve el honor de contar con ella (y con Virginia, Marta Reyero y Sonsoles Ónega) en una charla más que interesante que organizamos hace un par de años.  Con su acento gallego, dice verdades como puños (y como puñales). Últimamente, la “frecuento” mucho.  Parece que nos interesan los mismos temas: Nosotras, nuestros derechos y el papel que el periodismo hecho (y dirigido) por mujeres puede tener en esta lucha a la que tanto el falta todavía.
  4. Ana Bernal-Triviño. A ella la conozco solo por Twitter y por sus artículos, sobre todo en eldiario.es y El Periódico. Hace poco, la escuché en la Jornada #UOCAlumni2018 y me encantó la vehemencia que ya había intuido. Os recomiendo que lo la perdáis de vista.
  5. Cristina Fallarás. Me declaro ferviente admiradora. De su desvergüenza, de su pasión, de su convicción, de su capacidad para explicarlo todo lanzándolo a nuestras caras. Ella también estaba en la mesa redonda de la UOC (con las dos Anas) y arrolló con sus palabras y con el lenguaje que expresaba todo su cuerpo. Ahora es parte del Consejo de RTVE y dice que la insultan y la amenazan (a ella y a su familia) incluso más gravemente que antes. En Twitter y -lo que es mucho peor- por la calle. Solo a ella.  Por ser mujer.  Su #cuéntalo dio voz a más de dos millones de mujeres en todo el mundo que compartimos nuestras experiencias de acoso , agresiones, violaciones y otras violencias machistas.

Y hay muchas más, sobre las que probablemente hablaré otro día. Y también seguiré escribiendo sobre otras mujeres y sus aportaciones al mundo. Mujeres invisibilizadas durante años, décadas e incluso siglos y que no me da la gana de que,  en la medida en que yo pueda evitarlo, sigan así.

Porque, más allá de nombres propios, he de deciros que lo que más me gusta de lo que ha pasado en este tiempo es la fuerza de la sororidad, de la unidad entre nosotras.  Apoyarnos, colaborar. No juzgarnos unas a otras ni prejuzgar lo que hacemos.  Luchar (sí, esto es una guerra. Contra la desigualdad) juntas. Contra la sentencia de La Manada, contra la desigualdad salarial, contra la precariedad profesional, contra la violencia, contra tantas cosas… Eso sí que me entusiasma. Me emociona y me da fuerzas. Gracias, compañeras.

Hasta la próxima entrada.

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5.954 kilómetros y 10 descubrimientos

Un total de 16 días con sus noches. Siete países y siete camas. Casi 3 días completos en el coche con Pablo al volante y nuestro hijo dormido, en una modalidad de tele-transporte adolescente digno de envidia, en el asiento de atrás. Y casi 6.000 kilómetros.

Empezamos por Burdeos y comiendo ostras y, desde ese momento, ha sido un maravilloso “no-parar” de paseos, templos, bares y fotos, muchas fotos que nos ayudarán a recordar este viaje inolvidable y a torturar a los que no vinieron con anécdotas que seguramente no les interesarán en absoluto. Pero para eso están la familia y los amigos ¿Verdad?

Durante estas vacaciones, como es mi costumbre, he subido fotos de los lugares que hemos visitado, casi todas ellas sin imágenes nuestras (creo que hay una de Brujas en la que aparece mi hijo), en ese afán narrativo que siempre me acompaña, mezcla de exhibicionismo, charlatanería y gusto por la secuencia. Desde mi salida de la oficina por las puertas giratorias que me conducían a tres semanas de libertad laboral, hasta la vuelta a casa, plasmada en una imagen del ventanal del salón visto desde mi sofá, donde descansaba después de deshacer maletas, poner lavadoras y otras tareas propias del regreso.

Pero no creáis que todo ha sido turismo, gastronomía (he de decir que la Globalización, con todos sus peligros intactos, sí ha contribuido a que se coma bien prácticamente en todas partes. Algo que no pasaba hace un par de décadas). En estas semanas de ruta, he hecho una serie de descubrimientos – de dudoso valor, eso sí- que he decidido compartir con vosotros.

  1. La Fanta es voluble. En cada país tiene un color (más o menos naranja) y un sabor. En algunos países, la botella es naranja o amarilla. Pablo ha hecho un auténtico estudio sobre el producto, que ha consumido prácticamente en todos los lugares que hemos visitado. En el primero de ellos, en Burdeos, no había Fanta y probó la Orangina (¡Qué francés!), que contó con su aprobación. Con casi 17 años, sus “comandas” se reparten entre el líquido naranja, Coca-cola normal (que asegura que es lo único que sabe igual en todas partes) y alguna soda. Dice que no le gusta el alcohol, aunque probó la sidra de su padre y afirmó que “está buena”.
  2. La leche fresca en Italia sabe diferente. Creo que peor. Yo no lo sé porque no soporto la leche, y menos esa, que parece que te entrega personalmente la vaca. Pero a los Pablos les encanta y están convencidos de que la italiana tiene que mejorar. Sugerí que podría tratarse de la marca, porque siempre era la misma, pero creo que la afirmación general es mas contundente y queda mucho mejor. Tendremos que volver (otra vez) a comprobarlo.
  3. Los parpadelle con ragu sientan como un tiro en la cena. Un adolescente come y duerme en cantidades y tiempos sorprendentes. A veces me quedo mirando a mi hijo, intentando descubrir su límite.  Y creo que en este viaje lo hemos encontrado. Y es este aparentemente delicioso plato de pasta. En una terraza preciosa, en Cinque Terre, se tomó una gran ración, con esa carne picada y sabrosa que, además, era de jabalí.  No dejó nada y se tomó una tarta de postre. Al día siguiente, no se movió de su habitación (excepto para ir al baño) y todavía hoy, casi una semana después, se revuelve cuando piensa en los parpadelle de Monterosso. Eso sí, ha vuelto a su ingesta habitual y desproporcionada.
  4. Dos días en Como no son suficientes. Uno de los lugares más hermosos que he visto nunca, y no solo por su belleza visual. Huele bien y trasmite felicidad. Nos hemos enamorado de las Villas, la luz, los pueblos en cuesta, la lanchas con toldo azul que recorren el lago y las Gelaterias que están por todas partes. Así que el año que viene queremos volver y vivirlo un poco. Compraremos tomates y mozarella, y tendremos una casita junto al agua, con nuestra propia lanchita. Eso espero. Es genial hacer planes de verano cuando todavía no ha acabado este.
  5. Amsterdam huele a porro. Y punto. Casi por cualquier rincón de la ciudad te abraza, a cada pocos pasos, ese aroma picante y divertido. Miras a las manos de alguien a tu lado y ahí está. Un cigarrillo de marihuana bien liado y humeante. Las bicicletas, tan impertinentes allí porque dominan la situación, también son dignas de ver (y esquivar), pero ni parecido.
  6. En Italia, la gasolina es carísima. Y en Francia también, aunque un poco menos. Hemos repostado en 7 países y esta es la sencilla y clara conclusión. Y luego está lo de los peajes. Tantos que hemos perdido la cuenta.
  7. En Holanda hay agua por todas partes... y ni una montaña. Supongo que fue la necesidad, porque hay canales y hasta mares interiores. En el esfuerzo por ganarle terreno al mar y tener una tierra fértil y verde.  Vayas por donde vayas, descubres agua y, si levantas la vista, lo ves todo, a lo lejos, porque es un país tan plano que impresiona. Cuando llegas a Alemania, hasta las colinas te parecen enormes. Y luego están los molinos, que no se convierten en gigantes.
  8. Las buenas intenciones no siempre son suficientes. A veces, es mejor esperar, aunque tu corazón quiera echar una mano, proteger o cuidar. Hay que reflexionar, hablar y pensar en las consecuencias y los riesgos.  Es bueno que te lo recuerden de vez en cuando. Las vacaciones son un buen momento para darse cuenta.
  9. Las conversaciones importantes se pueden mantener en cualquier sitio. Incluso en la terraza de un bar de Brujas, antes de cenar. Yo creo que siempre es mejor hablar de lo que te preocupa, sobre todo si tiene que ver con la opinión de alguien a quien quieres. No sé si estoy en lo cierto, pero a mí siempre me ayuda, aunque no sea inmediatamente y suponga, al principio, un pequeño o gran disgusto. Pero poner los problemas sobre la mesa es la mejor (sino la única) forma de poder reflexionar sobre ellos y afrontarlos. Tal vez no se solucionen, pero callándolos seguro que tampoco.
  10. En Burgos siempre hace mal tiempo. Volvimos a España pasando por Vitoria-Gasteiz para ver al Barça, en una tarde a 30º y una noche de zuritos y pintxos. Al día siguiente, de regreso a casa, pasamos por Burgos, para enseñarle a Pablo la Catedral. Imagino que habrá días soleados en Burgos, pero yo no los he visto.  Y el domingo no fue una excepción. El cielo estaba negro y la temperatura era de 15º a las 12 del mediodía del 27 de agosto.  Y llovía. Mucho. La catedral, preciosa, como siempre.

No son grandes descubrimientos, pero me ha gustado hacerlos. Y compartirlos con mis dos acompañantes. Echamos de menos a Elena y a nuestros bichos, pero han sido unas vacaciones maravillosas, casi perfectas.

Porque otro de los acontecimientos que tuvieron lugar durante nuestra ausencia fue el atentado de Barcelona, la tarde del 17 de agosto. Estábamos en Amsterdam, después de un día lluvioso que disfrutamos a cubierto, en EYE, el Museo del Cine, entre una exposición de Escorsese, una deliciosa tarta de queso y la revisión de la última película de Nolan en versión original subtitulada en holandés. En el aparcamiento eché un ojo a Twitter y vi las primeras noticias sobre el, en ese momento, “atropello masivo” que ya sonaba a ataque y encogía el alma. Y luego cada paso de la Operación Policial, sin poder apartar la vista de la pantalla, ni siquiera mientras paseábamos por una ciudad que se inundó gente cuando escampó.

Ese fue el último de nuestros hallazgos. La muerte puede encontrarte en cualquier sitio. En casa o a miles de kilómetros. Da igual quién seas, lo que hagas o con quién estés. Así que mejor, mientras tanto, vivamos y sigamos adelante. Quedan muchos viajes por hacer.

Hasta la próxima entrada.

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Mi gato, Bruce.

Ayer Bruce se cayó por la ventana de la cocina, desde la que le gustaba mirar a los pájaros. Y se hizo tanto daño que se murió. Aguantó un par de horas en brazos de mi hijo y en el hospital, pero no pudo con todo ese dolor. Así que se ha ido.

Bruce era todavía muy pequeño. Esto no tendría que haber pasado. Pero pasó. Y ya no está.

Solo llevaba 7 meses con nosotros, desde aquel día de noviembre que lo encontré, perdido y solo, a la vuelta de mi paseo por la Casa de Campo. Se agarró a mí con tanta fuerza, que desde el primer momento sentí su corazón, apresurado, latiendo a toda velocidad junto al mío, y su ronroneo, fuerte y tembloroso que nos hacía retumbar a los dos mientras, casi corriendo, lo llevé en brazos hasta casa, segura de que se había escapado de un hogar en el que lo echaban de menos. Tan guapo, tan blanco, tan suave…

Buscamos a esos dueños sin mucho ahínco, cuando descubrimos que no tenía chip y nadie lo reclamaba. Desde el principió nos conquistó con sus zalamerías, sus arrumacos, sus monadas… Lo recuerdo buscando los rincones del cuerpo de Pablo mientras veía la televisión, sabiendo que era al que tenía que convencer para quedarse con nosotros.

Y se quedó, claro. No tardamos mucho en decidirnos. Un par de días y ya era uno más de la familia, junto con los otros perros y gatos que la forman. Nuestro primer gato macho, con sus colmillos grandes, su pis maloliente, sus ojos verdes y su máscara de Batman de donde vino su nombre, tan adecuado. Bruce, como Bruce Wane, el héroe de Gotham. Nuestro héroe.

Hasta mi padre se enamoró de él.  Del “gato pinto” como lo llamaba, que siempre se sentaba a su lado, cuando venía de visita y se ponía a leer el periódico. Se pegaba a su pierna, esperando una ración de caricias, que siempre recibía, como por casualidad, de las manos arrugadas y fuertes de ese hombre viejo que me enseñó a amar a los animales.

Y es que Bruce era todo amor. Se tiraba al suelo o sobre la cama para que le acariciaras la panza, y nunca tenía bastante. Por las mañanas, me despertaba y perseguía por todo mi cuarto a mi gata Robin, que al principio le bufaba y a la que también, e inevitablemente, conquistó. Solo un día antes de la caída, nos intercambiamos fotos de los dos durmiendo juntos la siesta y jugando en el sillón.

Dormía con Pablete en su cuarto, mirándolo desde la silla de oficina que era su cama,  a medias con el cojín que le disputaba a Nico (nuestro Yorkshire, el tercer inquilino de aquel cuarto masculino y adolescente) con divertidas tretas de tunante.  Por las mañanas, cuando se cansaba de dormir, quería jugar, así que lo mandaban al baño, donde no paraba de maullar hasta que alguno de nosotros le abría y le dejaba salir para jugar con quien estuviera dispuesto, a carrera tendida, subiendo y bajando las escaleras con piruetas imposibles.

Ayer yo no estaba. No lo vi caer, no lo vi tirado y ensangrentado en el suelo, no lo vi sufrir, ni lo vi morir. Así que hoy cuando he llegado a casa hace un rato, esperaba, en el fondo, que no fuera verdad, encontrármelo al abrir la puerta, como todos los días, con ese maullido fuerte, de hombretón gatuno, que tanto me gustaba.

Pero no está, no. Ya no está. Y necesitaba despedirme a mi manera, decirle adiós por escrito, llorando a moco tendido, con Nico a mis pies y Robin a mi lado. Rodeada de amor, pero con un hueco enorme, en el pecho y en mi mano, a la que le quedaban muchas caricias a ese pelo suave y blanco.

Bruce, te prometo que las voy a gastar todas, como hacías tú. Te quiero, gatazo.

Hasta la próxima entrada.