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Scout ha muerto

“¿Sabes lo que es transigir?” Le pregunta el bueno de Atticus a su pequeña de 6 años, que llora porque no quiere volver al colegio después de un primer día descorazonador. Qué gran pregunta, más en estos tiempos de negociaciones y pactos. Aunque no siempre es posible hacer concesiones, es una buena lección, sin duda.

Harper Lee murió hace unos días.  Su única obra (no voy a admitir a “la otra”  como una novela rematada por la escritora. Sólo se publicó cuando ella ya no podía oponerse),  Matar un Ruiseñor, ha emocionado a millones de personas de todo el mundo desde su publicación.

La historia de Scout, su protagonista (inspirada en ella misma), su hermano Jem y su amigo Dill (el alter-ego de Truman Capote, su gran amigo desde la infancia) lo tiene todo y no ha envejecido nada, como suele ocurrirles a las buenas historias. Conmovedora, divertida, reflexiva y maravillosamente bien escrita y traducida (la mayoría de las veces).

Atticus es uno de mis héroes desde que vi la película y -años después- leí el libro. Un gran padre, un hombre bondadoso, querido y respetado por su comunidad, pero capaz de enfrentarse a ella y a sus prejuicios por defender lo que es justo y a un inocente. El pobre Tom, un buen hombre negro, acusado falsamente de violar a una mujer blanca, no merecía ser condenado. Atticus luchó por su absolución, aunque le sirvió de poco en la sociedad racista de Alabama de mediados del siglo pasado. Que el actor que lo interpretó en la gran pantalla fuera Gregory Peck contribuyó bastante a esa admiración que muchos sentimos por el personaje, lleno de razón y sabiduría.

Con los años, sin embargo, es el personaje de Boo el que ha ido creciendo en mi lista de favoritos. Un hombre huraño y temido por los prejuicios adultos. Un ser solitario y triste escondido en su casa, el objetivo de las aventuras de los 3 pequeños durante los largos y calurosos veranos del Sur. Boo quiere a los niños, les hace pequeños regalos y los defiende de la brutalidad de la ignorancia. Enternecedor y admirable. Un pequeño-gran animal indefenso, que solo quiere que lo quieran, y no hace mal a a nadie. Fuerte y débil a la vez.

Y esos niños, que no entienden nada y saben más que la mayoría. Scout, desactivando a la turba racista que quiere hacer daño a su padre, Jem, que no acepta lo que pasa, Dill y su desbordante imaginación y, por lo que se intuye, una vida triste en la ciudad.

Juzgados y casas solitarias, juegos y peleas, conversaciones y disturbios. Y mucho que pensar. Sobre el racismo y su sinrazón, sobre la pobreza y la soledad. Sobre los hombres y los niños. Sobre la vida y sus miserias. Sobre el amor y los odios. Sobre el abuso y la debilidad.

Un canto a la buena voluntad y a la inocencia. Un grito contra la crueldad, porque “Matar ruiseñores, que sólo cantan y no hacen daño, es un acto malvado”.

Hay autores que se desfondan en una sola obra, única. La historia que tienen que contar y que sacan de tan dentro que trasciende lo que son. Este es el caso de Harper Lee y su maravillosa Scout.

Hasta la próxima entrada.

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