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Disparar con el corazón

Joana Biarnés fue la primera mujer que se definió oficialmente como reportera gráfica, lo que hoy llamamos fotoperiodista. Hija de un fotógrafo profesional dedicado a la fotografía deportiva, aprendió de él las bases del oficio y lo acompañó en los primeros años de su carrera, en Barcelona, donde nació y estudió – en la Escuela de Periodismo de la Ciudad Condal -.

Al principio tuvo dificultades para trabajar debido a su condición de mujer, algo especialmente difícil  en un mundo -el del deporte- que incluso hoy tiene tintes misóginos.  Imaginaos entonces.

Desde 1962 trabajó en Pueblo, tras venderles un reportaje titulado Cenicienta de pueblo, que encantó a Emilio Romero, que la contrató como fotógrafa de la edición madrileña del diario.

Y ahí empezó todo. Bearnés hizo fotografías de las grandes estrellas  de la música y el cine de la época. Es famoso su reportaje de The Beatles durante su visita a España.  Logró entrar en la habitación de su hotel en Barcelona, donde tuvo una sesión de nada menos que 3 horas con los integrantes del grupo de Liverpool. ¿Y sabéis qué pasó con aquellas fotos únicas? Pues que se las regaló a la revista Ondas, tras la negativa de Pueblo a publicarlas porque “solo tenían que cubrir la visita del grupo a Madrid” como única – e incomprensible- explicación.

Utilizó algunas argucias para conseguir sus propósitos. Se hizo pasar por la secretaria del bailarín Antonio para conseguir un reportaje de Rudolf Nureyev, y por la mujer de José Luis Navas para concertar una cita con Roman Polanski, con paella incluida. También fotografió a Pepa Flores, Sebastián Palomo Linares, Lucía Bosé, Serrat, Audrey Hepburn, El Cordobés y muchas otras figuras nacioales e internacionales de la época, como Sara Montiel, Sammy Davis Jr., Tom Jones o Cayetana de Alba.  Acompañó a Massiel a París a comprar su famoso vestido de Eurovisión y durante muchos años fue la fotógrafa de Raphael.

También cubrió historias como las inundaciones de Tarrasa de 1965 y, además de en Pueblo, trabajó en ABC, fichada por el propio Ansón.  Creó, con otros compañeros, la agencia Sincropress.

Pero en 1885 decidió dejar el periodismo fotográfico. No le gustaba el tono que tomaba la la llamada prensa rosa (ahora le saldrían sarpullidos, creo yo) y decidió cambiar de vida y dedicarse a su otra pasión: la cocina. En Ibiza abrió el restaurante cana Joana, que durante muchos años fue considerado uno de los mejores de las Illes Baleares y que también cerró unos años después. Murió en Barcelona el año pasado, a los 83 años.

Una profesional muy interesante, con una trayectoria espectacular y unas vivencias únicas. El vídeo embebido en este post (de la colección Imprescindibles de RTVE) es muy recomendable para ampliar información sobre ella y su trabajo, así como el libro Disparando con el Corazón que presentó en Madrid un año antes de su muerte.

Animo con entusiasmo a leer, saber y compartir más sobre esta y todas las mujeres que marcaron una época difícil de nuestro país, superando los obstáculos de la dictadura y la falsa moral de la época. Sacarlas a la luz (o rescatarlas de la oscuridad, según el caso) es casi un deber para las que tuvimos la suerte de nacer tras ellas, a las que tanto debemos.

Hasta la próxima entrada.

 

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Violeta es la flor de los humildes

A veces, ser la primera es una condena al olvido. La Historia suele recordar a las que acaban y consiguen y no tanto a las que arrancan.

Una de estas pioneras fue Consuelo Álvarez Pool, barcelonesa que vivió a caballo entre dos siglos que cambiaron el mundo y, sobre todo, la vida de las mujeres. Nació en el XIX, hija de padre profesor y con la suerte de recibir una educación que pocas tenían en aquellos años oscuros. La muerte temprana de tan excepcional varón para la época le cambió la vida a aquella inquieta chica de 17 años que quiso ser telegrafista pero que tuvo que casarse, sin amor y sin ilusión, con un mecánico de una fábrica de armas que se la llevó a Trubia, donde Consuelo aprendió para siempre de la diferencia de clases, de la humillación de los que tienen menos y, sobre todo, de sus esposas, incultas y destinadas solo a parir. Como ella misma, con dos hijos vivos y sanos y dos que perdió demasiado pronto.

A partir de ahí, empezó a ser la primera en muchas cosas. Dejó a su marido, al que no amaba, y se levó a sus hijos con ella. Primero a Oviedo y luego a Madrid, donde por fin logró su puesto de Telegrafista. Y empezó a escribir cuentos y artículos en El País de aquella época, el de Antonio Catena, donde firmaron también Galdós, Joaquín Costa, los hermanos Machado y hasta Valle-Inclán. Colaboró también en la Conciencia Libre, esa excepcional publicación feminista que promovía el valor de la mujer culta y librepensadora. Fue amiga de Carmen de Burgos y de Clara Campoamor. Y una de las primeras Jefas de Prensa de España, cuando se creó tal área en Correos y Telégrafos en 1915.

Le dio tiempo a todo. Fue esposa y madre trabajadora. Telegrafista, junto a su hija Esther, que aprobó las oposiciones el mismo año que ella. Periodista, con el seudónimo de Violeta, la flor de los humildes. Y feminista. Y republicana. Hasta se presentó a las Elecciones de 1931, aunque no consiguió su escaño.

Tuvo una larguísima vida, excepcional en las mujeres de su tiempo, cuando la edad media estaba en torno a los 40 años.  Llegó a los 91, así que le dio tiempo a ver la vuelta de la oscuridad de los años oscuros del Franquismo, donde la mujer perdió todo lo ganado, con tanto esfuerzo de tantas. Una Dama Roja a la que los vencedores no se atrevieron a encarcelar por avanzada edad cuando acabó la Guerra Civil, pero a la que condenaron a volver a ser un “Ángel del Hogar”, aquello que siempre odió y contra lo que siempre luchó, para ella y para las demás.

El de Consuelo Álvarez Pool, una mujer bilingüe, culta y valiente, es uno de esos nombres que debemos gritar, como ha hecho en su libro Victoria Crespo, una de aquellas a las que les debemos tanto, como a todas las que intentaron sacarnos de las cocinas para abrirnos las puertas de las aulas y las páginas de los libros. Las que se atrevieron a levantar su voz y su brazo para exigir lo que es nuestro. Esas que se arriesgaron por nosotras y a las que les debemos todo. “Por las que fueron somos. Por las que somos serán“. Así que es nuestro deber seguir haciendo lo que esté en nuestras manos para no dar ni un paso atrás de nuevo, como el retroceso que ella tuvo que vivir tras luchar durante décadas. Murió en 1959, de vuelta al siglo XIX del que había intentado salir y sacar a todas las mujeres.

Hasta la próxima entrada.

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Más que a nada en el mundo

[Este texto lo escribí como regalo de Reyes para Pablo: mi compañero, mi amigo, mi amante, mi marido. El mejor hombre del mundo].

Hay miradas que son como una estufa. Calientan el alma.

Tuviste suerte y encontraste sus “ojos del color de la Coca-cola” hace mucho tiempo, mientras tú, como una zahorí de poca monta, buscabas no se sabe qué agua en no se sabe qué arena.

Fuiste afortunada, porque tan enfrascada estabas en tu árida búsqueda que, al principio, no lo viste. Se ponía en tu camino y girabas a la izquierda (siempre a la izquierda). Llamaba a tu puerta y no abrías. Gritaba y ni levantabas la cabeza.

Pero – otra vez la suerte – él insistió. Y por fin miraste. Y sentiste ese calor que aun dura. Y llegaron los besos. Muchos, muchísimos. Y los abrazos. Y el gato. Y todo lo demás.

El “si quieres, nos casamos”.  Y el “hacemos lo que tú decidas”. El brindis “por el nieto”. La cara de bobo enamorado con el libro de familia en el bolsillo de la camisa: Elena. Y el dolor por la pérdida de la abuela Josefa. Málaga. Tu inexplicable tristeza y su apoyo inquebrantable ¡Qué suerte tienes!

Aquel proyecto y los apuros que ahora apenas recordáis y que ya no parecen tan terribles. Y la vuelta, siempre juntos. Con la niña y Carolina. Para que tú trabajaras y fueras más feliz.

Y la suerte continuó. Llegó Lola. Y nació Pablo. Los seis a Pozuelo. Lola enloqueció y casi os enloquece. Tiempos raros y alguna lágrima. Carolina se durmió y no despertó.

Tuviste miedo algunas veces, pero -vaya suerte- él te lo quitó con unas líneas y más miradas de esas que te ablandan los huesos. En ellas te ves tan guapa, lista y buena como te gustaría ser.

La vida a galope tendido. Las riendas no siempre firmes. Pero también se trata de eso. Casa nueva. Perros, gatos y caballos. Neo y Nico. Nacimientos y pérdidas. Partidas y bienvenidas. Tu madre por fin descansó. Javi y Raimundo también se fueron. Y os dejaron Lola, Pili, Wendy y el pequeño Bruce.  La aventura de Nora y los 7 perritos. Nota. India, Kenia y Logan. Y vuestra Robin, que le robó el corazón.

Menuda suerte. Vais juntos por el mundo, hombro con hombro. Aunque los viajes son cosa suya. Tú te dejas llevar, y descansas de esos quebraderos de cabeza que te causa todo lo demás. Por España, a Italia, Francia, Estados Unidos (¡Otra vez Orlando!), Holanda, Bélgica, Luxemburgo, UK, Portugal, Argentina, Chile, Austria, Suiza, Alemania… y a Cádiz. Siempre Cádiz.

No pienses en el futuro, tonta. Llegará sin falta y a saber cómo. Mejor quédate con el presente, que no está nada mal. Una manta ligera en invierno y un baño de sol en verano. Cálido, como a ti te gusta. Aunque, de cuando en cuando, una corriente en forma de grito o de disgusto – que son también la sal de la vida – te provoca un escalofrío. O alguna ráfaga de mal humor o de preocupación te pone la piel de gallina.

Él no permite que te congeles. No te deja nunca fuera, con ese frío. Por fortuna, te obliga a entrar y te abriga, aunque tú no quieras o no te des cuenta de que estás desnuda a la intemperie. Una suerte.

No habla mucho ese hombre tuyo ¿No? A veces, desesperas con sus silencios, con esa supuesta indiferencia, la serenidad aparente que a veces esconde inquietud o angustia. Y entonces vuelve el miedo. Porque eso es lo que mas temes. Que se vaya. Que no esté. Que le pase algo malo. Que te deje. Que ya no te quiera. O que te quiera menos. Que tu mirada no reconforte su alma.

Son como pinchazos, algunos ligeros, más fuertes otros. Y de tanto en cuando. Aunque duelen y te dejan, por un momento, exhausta, y luego esperanzada. Por una palabra, un gesto, una caricia. Esa mirada, otra vez.

Y la vida sigue a toda máquina. Qué suerte.

Madrid, 6 de enero de 2019

Hasta la próxima entrada.

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MI CACHORRO

Explicar el amor es muy difícil. Lo sabemos los que lo hemos intentado. Sin embargo, todos (espero) lo hemos sentido y somos capaces de reconocerlo, desearlo y, por supuesto, extrañarlo. No creo que tengamos una cantidad limitada para repartir, y estoy convencida de que se puede amar a muchos. Pero solo hay un puñado de personas por las que mi amor es absoluto, incondicional e infinito.

Hace hoy 18 años nació una de ellas y con él se cerró ese pequeño cupo (de momento), así que dejé correr la emoción a lo bestia. Y así sigo.  Pablo vino al mundo como un bebé enorme, de 4 kilos y medio. Llegó a la familia casi 8 años después que su hermana y con él, fuimos 6: Pablo, Elena, el recién llegado, Carolina (nuestra gata), Lola (nuestra perra) y yo.

El resto ya es historia. Aquel gran bebé creció como un niño feliz y cariñoso. Y ahora es un hombre bueno. Sí, bueno. Aquel enano que me bombardeaba a preguntas cada noche, encajado entre el respaldo del sofá y mi cuerpo, y que me contaba exhaustivamente sus aventuras del día. El chaval orejón y sonriente que estaba “pachucho” cada dos por tres sin poder ir al cole. El niño que no veía películas de Disney (“no tuvo infancia” en palabras de su hermana), sino que con 3 años escasos se “entruchaba” las tres horas largas de El Señor de los Anillos en el cine y que estropeó el DVD de Jurassic Park  de tanto verlo. Ese miedica que no quería montar en un pony y acabó sobre un caballo que se ponía de manos y recogiendo pelotas del suelo a galope tendido.  El pre-adolescente con bigotillo que recorrió con nosotros Italia de norte a sur durante 3 semanas, disfrutando del arte, la cultura y la historia, con la inquietud personal y adulta que lo caracteriza desde siempre.

Y es que Pablo es especial. Y no es (solo) amor de madre. Es un hecho. Posee “identidad” -y mucha-, y desde hace años. Tiene interés por saber y opiniones que compartir. Es sensible a los problemas del mundo y de las personas. Es intuitivo y empático. Es respetuoso y se preocupa por el mundo -esta mierda de mundo- y lo que le ocurre. Tiene fe en que las cosas pueden cambiar y cree que la Revolución es posible. Es un idealista informado. Y bueno, insisto. Ya sé que me repito. Pero es que lo es.  De pensamiento y de acción. Se esfuerza por hacer las cosas bien, es respetuoso, compasivo y atento. Mira – y ve – a los demás, y se preocupa por ellos, por nosotros. Espero que el mundo -esta mierda de mundo-, y lo que en él le toque vivir, no cambien eso.

Se me cae la baba, lo sé. Y también sé que no es perfecto, ni falta que hace. Es despistado, lento hasta la exasperación y tirando a maniático. Pero tiene “pelazo“, como diría La Vecina Rubia. Es guapo -por dentro y por fuera-. A ver quién se atreve a negarlo en mi cara.  Y,  por si todo esto fuera poco, además es feminista, de palabra y obra, lo que me hace sentirme todavía más orgullosa, si me cupiera mas orgullo en el cuerpo.

Y si pienso en nosotros dos, creo -espero- que hemos construido un vínculo único. Siempre se da cuenta si estoy triste, cansada, preocupada o nerviosa. Se interesa y me consuela, me ayuda, me mima o me entretiene, según el momento, el caso y la necesidad. Hablamos mucho, de muchas cosas, y aprendemos el uno del otro.  Yo, de él, cada día más. Me encantan esas conversaciones. Y nuestras tardes de cine, repitiendo por enésima vez Regreso al Futuro I, II y III, La Búsqueda o La Momia. O descubriéndole La Fiera de mi niña. Guardo cada uno de esos momentos como un pequeño tesoro. Uno grande, qué narices.

Pasará el tiempo. Se irá. Volverá. Se marchará de nuevo. Encontrará el amor. Los amores. Será feliz. Y desgraciado. Y feliz otra vez. Y a ratos, ni una cosa ni la otra. Vivirá, en definitiva. Estoy deseando presenciar (de cerca y de lejos) cómo crece y en qué clase de persona se va convirtiendo. Y que sigamos charlando.

Te quiero, mi cachorro. Aunque seas mayor de edad.

Hasta la próxima entrada.

 

 

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Vivir con miedos

Acabamos de volver de vacaciones.  Han sido unas semanas estupendas, todos juntos en un lugar maravilloso al norte de Italia. Una casa preciosa, un tiempo espectacular, paseos en barco, amigos, comida rica y descanso ¿Qué más se puede pedir?

He disfrutado muchísimo. Pero, para que os hagáis una idea de cómo es mi cabeza y cómo el miedo vive conmigo ya no sé ni desde cuándo (no recuerdo cuando no lo sentía, con mayor o menor intensidad), en esos días geniales, he tenido tantos temores esporádicos que, al repasarlos, suena ridículo. Pero la verdad es que casi siempre me pasa algo así. Y ni siquiera puedo decir que haya sido una época especialmente mala. Las he tenido peores. Mucho peores.

He tenido miedo:

  1. A que el avión se cayera. Toda la familia junta, camino de la felicidad veraniega. ¿Y si tenemos un accidente? He de deciros que no tengo fobia a volar ni nada de eso. Simplemente, me asalta, de repente, la posibilidad de que algo tan terrible como eso pueda pasarnos a nosotros.  Esas cosas pasan ¿No?
  2. A quedarme viuda. Sí, viuda. Una mañana, a mi pareja le dolía ligeramente la cabeza. Y a él NUNCA le duele. Poco a poco me fui tranquilizando, porque parecía un catarro. Hasta que, con motivo de la falta de olfato transitoria que tuvo, nuestro hijo hizo una “broma” acerca de que eso podría ser síntoma de un “derrame cerebral”. Una broma -sin ninguna gracia- que pasó en un segundo, y sobre la que nadie más volvió a pensar. Excepto yo, claro.
  3. A saltar por los aires. Desmembrados todos. En la casa olía, de vez en cuando, a gas. No os tengo que decir más ¿Verdad?
  4. A morirme. No una, sino varias veces. Por unas cosas o por otras. Por un dolorcillo desconocido aquí, por la posibilidad de caer al Lago Como y ahogarme, por una picadura extraña en el párpado derecho. Por cualquier cosa.
  5. A la soledad. Por estar haciéndome vieja, por mi mal humor, porque he engordado, porque no hay quien me aguante, porque ya no soy la que era. Porque la vida de todos sigue y yo podría quedarme atrás.
  6. A que el avión de Elena se cayera. Sí, otra vez. Nuestra hija volvió antes que nosotros, y de nuevo esa idea terrible vino a buscarme.
  7. Al fracaso. En mis aspiraciones, ilusiones y planes. Soy de hacer muchos de “principio de curso” (mucho más que en enero).
  8. A que las cosas cambien… Y a que no lo hagan. Al mismo tiempo. Qué queréis que os diga. No quiero estancarme. Quiero que pasen cosas (buenas) y que mi vida avance y evolucione. Quiero sorpresas y buenas noticias.  Sin embargo, en algunos momentos, me sobrecojo pensando si me merezco lo que tengo y si algo horrible me estará esperando a la vuelta de la esquina.
  9. A ilusionarme. Avanzando próximas vacaciones y celebraciones. Por ser demasiado osada. Pueden pasar tantas cosas y en cualquier momento…
  10. A hacerme vieja. Por dentro y por fuera. A dejar de ser la que soy e ir perdiendo fuerza, energía, ganas y hasta mi libido. Y a ganar arrugas, kilos, achaques y manías. Eso del climaterio suena tan mal…

Y todo eso en apenas dos semanas. En quince días que, como os decía, han sido buenos. Muy buenos. Y es que yo vivo así. Y de los miedos que siento -grandes, medianos y pequeñitos- apenas comento unos pocos. Por no resultar ni pesada ni totalmente chalada. He aprendido a seguir adelante e incluso disfrutar con la mente trufada de este tipo de pensamientos.

He pasado momentos mucho peores y esto me parece lo normal. Esta vez me ha hecho hasta gracia compartirlo aquí. Resulta grotesco al verlo por escrito. Así somos mi cabecita y yo.

Hasta la próxima entrada.

 

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De profesión, periodistas

Hace unas semanas, el Congreso le concedió a Lucía Méndez el primer premio Josefina Carabias de periodismo parlamentario.

¿Quién es Josefina Carabias? 

Una maestra de todas los que nos dedicamos a esta apasionante y maltratada profesión,  y considerada por algunos la primera mujer periodista de España, porque era su única profesión y, además, formaba parte de la redacción de los medios en los que trabajó, al contrario que otras mujeres que habían escrito ya, pero como colaboradoras.

Carabias empezó a ejercer el periodismo en la revista Estampa, durante la II República. En los años 20 estudió Derecho y vivió en la Residencia de Señoritas de Madrid, dirigida por María de Maeztu. En aquella época conoció a Unamuno y Valle-Inclán y participó activamente en la vida intelectual de la capital.

Después de la Estampa, formó parte de las redacciones de La Voz y Ahora y participó en el primer programa de radio informativo de la época, La Palabra, de Unión Radio. En pleno despegue de su carrera, estalló la Guerra Civil, que -como para tantas personas- lo cambió todo. Huyó a Francia con su marido, Francisco Rico-Godoy, y permaneció en el país vecino hasta el final de la contienda, momento en el que decidieron regresar.  Una vez en España, su marido fue detenido y condenado a 10 años de cárcel por comunista y masón. Durante el encarcelamiento de su esposo, Carabias dio a luz a su primera hija, Carmen Rico-Godoy.

Durante los años 40, la periodista colaboró con varios medios, aunque, por motivos políticos, tuvo que hacerlo bajo el pseudónimo de Carmen Morán. Todo cambió en 1951, año en el que empezó a ser reconocida, tras la concesión del Premio Luca de Tena por un artículo sin firma. En 1954 empezó su experiencia como corresponsal, primero en Washington y luego en París.

En 1967 regresó a España y, desde su columna en Ya fue testigo y altavoz de los últimos años del Franquismo y la transición. Murió en 1980 de un infarto.

¿Y Lucía Méndez?

Ella también es “solo” periodista. Y también una maestra, en plena actividad y con una larga y brillantísima trayectoria. El premio es más que merecido y prueba de ellos es la unámime decisión del jurado y la avalancha de felicitaciones que recibió de compañeros y medios, próximos y de la competencia. Eso no es muy frecuente y tiene un significado claro. Méndez es querida y respetada en la profesión.

Aunque trabajó antes en varios medios, forma parte del equipo fundador del Mundo, medio con el que está fuertemente vinculada desde su salida a los quioscos hace ya casi 30 años, como cronista parlamentaria. También es colaboradora de opinión en varios medios, como la Cadena SER y TVE. Siempre con una visión profesional, analítica y basada en su profundo conocimiento sobre los temas políticos. Su tono es sereno y su conversación respetuosa. Escucharla y leerla es un placer y muy enriquecedor, estés de acuerdo con su punto de vista o disientas del mismo. Su perspectiva es siempre inteligente, incluida la que tiene sobre la profesión. También ha escrito varios libros.

Josefina y Lucía son dos mujeres periodistas a las que separan varias décadas, que forman parte de un cada vez -afortunadamente- más grande grupo, que no es únicamente el de los cronistas parlamentarios. El periodismo es un oficio en el que ya hay muchas mujeres. Muchísimas. Sin embargo, queda todavía mucho que hacer. Empezando por que estemos no solo en la redacción y en la calle, sino en los despachos y en la dirección. Y, por encima de todo,  que la perspectiva de género esté también en los medios. Dentro y hacia fuera.

Hasta la próxima entrada.

 

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Casi un año después

Hola:

Ha pasado casi un año desde la última entrada (no os voy a contar mis penas, ni mi desgana, ni el resto de las razones que lo explican) y hoy me he levantado con ganas de volver a escribir y con el (espero) firme propósito de retomar la rutina de seguir haciéndolo.  Me gusta y me ayuda. No quiero que se me olvide.

En estos 11 meses, en lo que se refiere a las mujeres, a la comunicación y al movimiento feminista han pasado muchísimas cosas. Os confieso que mi estado de ánimo, en este punto, oscila entre la esperanza y el miedo (a que sea algo pasajero, a que se aproveche como una moda y, por lo tanto, se desvirtúe. A que haya enfrentamientos estúpidos que nos hagan perder las razones…).  Suelo apostar por lo primero, para no perder este valiosísimo impulso, en el que no podemos dar ni un paso atrás.

Durante este tiempo, yo he sido más bien una observadora y una “animadora” de otras mujeres, de todas las edades que se ha levantado. De hecho, algunas compañeras que, hasta hace bien poco, han sido tímidas, se han quitado los complejos y se declaran, por fin, feministas. Solo por eso, ya merece la pena.

Así que esta mini-entrada de hoy es, simplemente, para deciros -de nuevo- hola y para citar a algunas de las mujeres a las que observo y animo. A las que también admiro y, sobre todo, a las que me encanta escuchar y con las que quiero seguir conversando. Algunas son amigas desde hace tiempo, a otras las he conocido en los eventos y charlas a los que acudo profesional o personalmente. A algunas solo las he leído o visto en redes sociales y en medios. Da igual. Son un buen grupo. Aquí os menciono a algunas, por si os animáis a conversar con ellas también.

  1. Virginia Galvín. Mi amiga del colegio. Durante muchos años, subdirectora de VF. Hasta que Conde Nast empezó a sustituir a las profesionales de más de 40 años, como si eso fuera un defecto o una tara profesional. Ella sigue al pie del cañón y cada vez más implicada en la causa de las mujeres. Su #ProyectoMujer ya es una preciosa realidad. Lo podéis disfrutar en http://www.virginiagalvin.com. También es escritora. Ahora tiene entre manos una novela.
  2. Alicia Gutiérrez. También es mi amiga, desde los maravillosos tiempos de Sevilla. Reencontrada y recuperada hace dos o tres años. Una PERIODISTA, con todas las letras. Escribe en Infolibre y, hasta que lo han cancelado, ha participado en la tertulia de Las Mañana de Cuatro.
  3. Ana Pardo de Vera. La directora de Público, una de las pocas mujeres que dirigen medios de comunicación en España Es amiga de una amiga. Y así la conocí. Tuve el honor de contar con ella (y con Virginia, Marta Reyero y Sonsoles Ónega) en una charla más que interesante que organizamos hace un par de años.  Con su acento gallego, dice verdades como puños (y como puñales). Últimamente, la “frecuento” mucho.  Parece que nos interesan los mismos temas: Nosotras, nuestros derechos y el papel que el periodismo hecho (y dirigido) por mujeres puede tener en esta lucha a la que tanto el falta todavía.
  4. Ana Bernal-Triviño. A ella la conozco solo por Twitter y por sus artículos, sobre todo en eldiario.es y El Periódico. Hace poco, la escuché en la Jornada #UOCAlumni2018 y me encantó la vehemencia que ya había intuido. Os recomiendo que lo la perdáis de vista.
  5. Cristina Fallarás. Me declaro ferviente admiradora. De su desvergüenza, de su pasión, de su convicción, de su capacidad para explicarlo todo lanzándolo a nuestras caras. Ella también estaba en la mesa redonda de la UOC (con las dos Anas) y arrolló con sus palabras y con el lenguaje que expresaba todo su cuerpo. Ahora es parte del Consejo de RTVE y dice que la insultan y la amenazan (a ella y a su familia) incluso más gravemente que antes. En Twitter y -lo que es mucho peor- por la calle. Solo a ella.  Por ser mujer.  Su #cuéntalo dio voz a más de dos millones de mujeres en todo el mundo que compartimos nuestras experiencias de acoso , agresiones, violaciones y otras violencias machistas.

Y hay muchas más, sobre las que probablemente hablaré otro día. Y también seguiré escribiendo sobre otras mujeres y sus aportaciones al mundo. Mujeres invisibilizadas durante años, décadas e incluso siglos y que no me da la gana de que,  en la medida en que yo pueda evitarlo, sigan así.

Porque, más allá de nombres propios, he de deciros que lo que más me gusta de lo que ha pasado en este tiempo es la fuerza de la sororidad, de la unidad entre nosotras.  Apoyarnos, colaborar. No juzgarnos unas a otras ni prejuzgar lo que hacemos.  Luchar (sí, esto es una guerra. Contra la desigualdad) juntas. Contra la sentencia de La Manada, contra la desigualdad salarial, contra la precariedad profesional, contra la violencia, contra tantas cosas… Eso sí que me entusiasma. Me emociona y me da fuerzas. Gracias, compañeras.

Hasta la próxima entrada.