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Maestras

Muchas. Son muchas. Yo estudié Periodismo por ellas. Por ellas y por Billy, la redactora pelirroja de Lou Grant también, claro. Pero, sobre todo por estas grandes mujeres que lucieron plumas y micros por las páginas y las pantallas de los 80 y 90.

Siento por ellas admiración y envidia, por sus carreras y sus vidas, llenas de historias para contar o escribir.

Dándole vueltas, me quedo con éstas:

  1. Rosa María Calaf. Porque ha estado en todas partes y nos ha contado lo que pasaba allí. Nueva York, Moscú, Roma, Viena y China. Casi 40 años informando los espectadores de TVE (que éramos todos) sobre los acontecimientos más relevantes de las últimas décadas. Con su voz y su imagen características, con ese tono de saber perfectamente de lo que estaba hablando, y lo que estaba pasando. Como si nada de la sociedad y el país del que le tocaba ser corresponsal le fuera ajeno. Algo así como un valor seguro. Desde 2009 ya no es corresponsal, y es como si nos faltara algo.
  2. Pura Ramos. Ella dice que es una «momia» porque tiene 85 años, pero lo que es de verdad es un icono (me encanta esta palabra, y tengo pocas oportunidades de utilizarla. Así que la he soltado sin pudor). Una institución del periodismo, y testigo de la historia reciente de España, fue redactora de Pueblo y de Informaciones, cuando las periodistas femeninas no existían. Ella y Pilar Narvión eran unos «bichos» raros, en redacciones llenas de corbatas, de humo y de testosterona.
  3. Rosa Montero. La adoro. Me encanta todo lo que escribe. Su tono, su ligereza (bien entendida), su sensibilidad. Y sus ideas claras. También me siento unida a ella por su amor incondicional a los animales, sobre todo a los perros. Y por su pasión en las causas que apoya y que defiende. Siempre con una mezcla de idealismo y experiencia que  resultan muy emocionantes. Puede ser divertida, pero también dura. Leo sus columnas, la sigo en Twitter y en Facebook, para que a veces me indigne y a veces me reconforte. Depende. También me gustan sus novelas. Pero, sobre todo, cuando escribe, sin dobleces y en pocas palabras, de sus amores y de su amor. Y de haberlo perdido.
  4. Maruja Torres. La última porque para mí ella es «La más grande», no Rocío Jurado. Es lista, aguda, escribe como Dios y tiene los ovarios tan bien puestos que me ha dejado muchas veces sin palabras. Ella es mi ídolo, simplemente. En lo profesional y en lo personal. Y ya está. Sabe tanto, que sabe hasta irse. Como hizo con El País, porque ya no era el periódico que ella conoció.

Por ellas y por muchas más, que nos hacen sentirnos orgullosas y animan a las siguientes generaciones a querer ser periodistas también. Gracias

Hasta la próxima entrada

 

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Genet escribe cartas desde París

Vaya por delante que Janet Flanner -este era el verdadero nombre de Genet- no me cae bien. No sé por qué, la verdad. Me parece una de esas personas conscientes de su inteligencia y superioridad intelectual, que insiste en demostrarlas constantemente. Y eso me resulta cargante.

También tengo la sensación -y eso sí que es una opinión totalmente personal, e incluso diría que infundada- de que no trató bien a sus parejas, hombres y mujeres, y de que se aprovechó de ellas (sobre todo de ellas) y de la devoción que, sin duda le demostraron.

Aunque en 1921 hizo reportajes para National Geographic, viajando a Turquía y Grecia con Solita Solano, su compañera y secretaria durante décadas,  Janet desarrolló prácticamente toda su carrera periodística en París, como corresponsal de The New Yorker. Vivió en la capital francesa durante 50 años, con regresos frecuentes y de diferentes duraciones a los EE.UU.

Perteneció a la famosa Generación Perdida de americanos residentes en París, entre los que se encontraban también personalidades tan conocidas y reconocidas como Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Dos Passos, Djuna Barnes, o su íntima amiga Gertrude Stein, entre otros. También se codeó allí con intelectuales y artistas europeos de los que han hecho historia, como Cocteau, Matisse o el mismísimo Picasso. Desde luego, no puede decirse que su vida no estuviera repleta de estímulos y emociones.

Eso sí, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, ella y Solita volvieron a su país, huyendo de las bombas y de los nazis. Genet vivió algunos años en Nueva York, con una nueva compañera, Natalia Murray. Solo volvió a Europa para cubrir el Desembarco de Normandía, las hazañas del ejército norteamericano y el triunfo de las tropas aliadas sobre el nazismo.

Durante los años siguientes, de nuevo con Solita, fue testigo y cubrió los hechos más relevantes de los años centrales del siglo pasado, repleto de guerras, revoluciones y crisis de toda índole.  Genet escribió sus «cartas» desde Europa en The New Yorker sobre los Juicios de Nurember o la revolución de Hungría, entre otros momentazos inolvidables de la Historia.

Su vida como periodista se concentra en su columna, que escribió durante más de 40 años, bajo el título «Cartas desde París (desde Roma en 1949)». Y ya está. Algunas colaboraciones con NBC radio, una recopilación de artículos y una novela de escaso éxito y dudosa calidad, The Cubical City, completan su obra.

Pero, sin duda, disfrutó de la vida. Conoció a personas extraordinarias, presenció grandes acontecimientos históricos en los que pudo profundizar, viajó y tuvo amores intensos. Una afortunada. Como anécdota, participó incluso en el famosísimo debate con Gore Vidal y Norman Mailer en el Show televisivo de Dick Cavett en 1971. No se perdía una…

Vivió una vida intensa, siempre desde una actitud distante y algo malhumorada. Su forma de contar las cosas y su tono me resultan algo molestos, como si menospreciara su suerte y, al mismo tiempo, quisiera demostrar a todos que se merecía esos privilegios.

Releyendo lo que escribo, me cuestiono si mi poca simpatía por Flanner se debe únicamente a la envidia, pero creo que no. La vida de otras muchas personas, de mujeres que aparecen o aparecerán en este blog, me resulta tan admirable, interesante y apetecible como la suya. Y me gustan. Algo en la impostura de Genet, su forma de hablar, su gesto condescendiente y su altivez, me alejan de ella.

Tuvo tanta suerte que las dos mujeres que la acompañaron de una forma más estable a lo largo de su vida, Natalia y Solita, regresaron siempre a ella. Natalia la cuidó hasta el día de su muerte, en 1978.

Estoy segura de que era una gran profesional. Estoy convencida de que tenía virtudes personales que desconozco y que la hicieron digna del amor y la amistad de muchas de esas grandes personas que he citado.  Pero hay personajes por los que sientes atracción y por otros, rechazo o, simplemente, indiferencia. Y este es el caso. Decidid vosotros lo que sentís por Janet, aunque no os he puesto fácil que os guste ¿Verdad?

Hasta la próxima entrada.

 

 

 

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¿Por qué nos hacemos esto?

Esta semana he leído un post en un blog que me ha hecho recordar algo que no entiendo y, además, personalmente, me molesta.

El post, titulado ¿Nuevo feminismo o Plutocracia femenina?, firmado por María Gómez del Pozuelo, CEO de Womenalia y mujer a la que admiro por muchas razones, vuelve a lo que, en mi opinión, es un falso -y peligroso- debate sobre un supuesto Nuevo Feminismo o Plutocracia femenina, diferente al «clásico», que supuestamente aboga por la separación entre hombres y mujeres, mientras que este que defienden «apuesta por la integración del rol hombre y mujer». Como os decía, no creo que el Feminismo tenga versiones: es la «ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres». Y ya está. ¿Se puede saber qué tiene de malo eso? ¿Cuál es el formato aceptable de la batalla por la igualdad? ¿La de la meritocracia, la falta de cuotas y la evolución frente a la revolución?

No lo entiendo, pero lo que verdaderamente me molesta es que seamos las mujeres las que nos dejemos llevar, y hasta protagonicemos esa idea de división, que no es tal.

Los ejemplos que expongo a continuación son algunos de los que me vienen a la cabeza,  sin pensar ni buscar mucho. Son muy diferentes entre sí, tanto en su relevancia como en su enfoque, pero todos me cabrean, sinceramente:

  1. Empiezo por Victoria Kent, diputada en la II República por un partido de izquierdas, que se enfrentó a Clara Campoamor porque consideraba que 1933 todavía no era el momento para otorgar el voto a sus hermanas de género, porque las consideraba dominadas por las sotanas y, por lo tanto, partidarias de políticas conservadoras. Y, digo yo, ¿No habría sido más lógico luchar por que esas mujeres pudieran pensar por su cuenta, a pesar de que en el camino su voto no fuera el que prefería la privilegiada Victoria?
  2. Mi admiradísima Meryl Streep, que actúa como feminista, pero reniega de esa hermosa palabra para definir su comportamiento y sus opiniones claramente decantadas por los derechos de las mujeres en el cine, tanto de actrices como de creadoras.
  3. Siguiendo la ruta de la admiración, también me dejan perpleja algunos de los papeles que interpretó la gran Katharine Hepburn, una vez iniciada su relación con Spencer Tracy. El más sorprendente es el de co-protagonista (junto con el propio Tracy) en La Mujer del Año. En esa película, de 1942, Hepburn es una periodista política poderosa, inteligente y con contactos internacionales de primera línea, que se casa con un periodista deportivo, sencillo y divertido. El conflicto -evidente- surge muy pronto, en cuanto al flamante marido empiezan a molestarle los viajes, reuniones y amigos de su mujer.  Se separan, claro. Pero ella lo quiere tanto que se planta un día en su casa y, renunciando a todo, se incorpora a «sus labores» de esposa y ama de casa. Y Final Feliz. Esta fue la primera película que hicieron juntos como pareja, y para mí, la más descarada, pero otras como La costilla de Adán o La Impetuosa, también tienen lo suyo. No comprendo como la mujer que tuvo como una vela a Howard Hughes, y que se caracterizó por su independencia frente a lo que se esperaba de las mujeres de la sociedad americana acomodada a la que pertenecía, permitió que la visión machista del ultracatólico amor de su vida entrara en la suya.
  4. Y luego están las estupideces, como Cincuentas sombras de Grey, una supuesta novela romántica, en la que el amor consiste en la «regeneración» de un sádico -eso sí, guapísimo- que deja sus prácticas, pero solo porque «respeta» a la mujer de la que se enamora – que se ha dejado humillar por él hasta ese momento-, pero que no muestra el menor remordimiento ni pesar por todas las parejas a las que maltrató antes. Y lo ha escrito una mujer. Me parece estar oyendo las protestas de muchas de vosotras, defendiendo la libertad sexual y cualquier práctica consentida. Puede que sí, pero yo hablo simplemente de esta «novela»: recordad que esta trama, en concreto, se centra en la historia de un rico dominador y una sumisa sin recursos, y por qué se inicia la relación.
  5. Para finalizar, algo completamente incomprensible para mí. El movimiento Women against Feminism , que cuestiona si el feminismo es realmente necesario actualmente, pone en duda la veracidad científica de conceptos como patriarcado o identidad de género. Asimismo, defiende que las feministas exageran los problemas de las mujeres sin tener en cuenta los problemas de los hombres y que presentan una visión distorsionada de la realidad, basada en la misandria y en la victimización de la mujer. También cuestiona la existencia de la cultura de la violación en la que las feministas contemporáneas alegan que vivimos. Esto sí que me supera, honestamente.

Solo cinco ejemplos, diversos y seguramente fruto de manías personales, pero que creo que pueden ilustrar ese «no sé qué» que me hace sentir incómoda y que despierta en mí una especie de zozobra, que siempre acaba por traducirse en un enfado como el que os traigo aquí hoy.

Hasta la próxima entrada.

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Las mujeres de Mabel Lozano

Conocí a Mabel Lozano en una reunión de trabajo hace dos o tres años y me impresionó mucho y positivamente, pero también acabé extenuada por su energía, y eso que yo tengo lo mío.

Es una mujer que transmite pasión e ilusión puras por lo que ha decidido hacer. Puede que alguno de vosotros la recuerde en los primeros años públicos de su profesión, presentando Noche de Fiesta o La Ruleta de la Fortuna, o como actriz en Los ladrones van a la oficina, por ejemplo. Pero ahora, si hablas con ella, te cuesta reconocerla en aquellas labores  y cuesta creer que sea la misma persona.

Aunque seguro que es la misma, pero todo eso fue antes de darle el volantazo a su vida profesional que, en 2007, la llevó a hacer documentales, cortos e incluso spots como realizadora, tras formarse para ello.

En todos sus trabajos, las mujeres son -somos- las protagonistas, el centro de historias que reflejan realidades, a veces terribles y dolorosas, y otras emocionantes, pero siempre miradas -y vistas- desde el respeto, incluso el amor, diría yo.

Es difícil de olvidar su primer documental, Voces contra la trata de mujeres, en la que denuncia la compra-venta de niñas y mujeres para su explotación sexual. Sin amarillismo facilón, con la verdad, «simplemente»,  y el conocimiento de las circunstancias de estas mujeres, Lozano nos abofetea con una realidad repugnante, con nombres propios, padres, hermanos e hijos en sus países de origen.  Historias personales y mucha amargura.

Su último proyecto, Chicas Nuevas 24 Horas, aborda también la enorme vergüenza humana que es la trata de mujeres. Es ya una iniciativa más compleja- y ambiciosa-, en la que Mabel trabaja codo con codo con Charo Izquierdo, centrándose el documental de la primera y la novela de la segunda – Puta no soy , que se complementan, en una mujer real, víctima de la esclavitud y la humillación que viven miles de mujeres en el mundo.

Y entre estos dos trabajos, en los que el denominador común es evidente, Lozano ha llevado a cabo varios más, siempre sobre mujeres. Experiencias, memorias, preocupaciones.

Me interesó especialmente su enfoque sobre la maternidad en Madre, de 2012, donde aborda esta función desde el entorno que nos rodea, a cada una el suyo, pero desde luego muy diferente a la de nuestras madres y abuelas. La propia directora lo explica con mucha claridad, con su habitual lenguaje directo y su tono franco, que no logran ocultar el profundo conocimiento de la materia y la amplia investigación previa, que le permite «parir» -nunca mejor dicho- todos los trabajos que he tenido la oportunidad de ver.

No me quiero dejar tampoco Las sabias de la tribu, una preciosa película sobre mujeres muy diferentes -públicas y anónimas-, pero todas extraordinarias, que nos hacen el honor de compartir con nosotros cómo han superado grandes dificultades, de muy diversa naturaleza. Una, en la política, otra para hacer teatro, la que quería estudiar y no pudo hacerlo hasta que fue mayor, una ex-atleta, una mujer lesbiana que tuvo que pelear por su opción, una escritora… Historias de mujeres libres porque «se lo han trabajado». Pura admiración.

Un año antes, otras cinco mujeres, en este caso atletas paralímpicas, fueron también las protagonistas de La Teoría del Espiralismo. El documental narra las historias cotidianas  de las nadadoras María Teresa Perales y Sara Carracelas, de la ciclista Raquel Acinas, de la atleta Eva Ngui y de la jugadora de baloncesto Cristina Campos.

Como socia de CIMA (Asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales), Lozano trabaja también porque otras mujeres, como ella misma y otras que son también conocidasd y reconocidas, tengan la oportunidad de hacer cine, de ficción o documental, o como les dé la gana, en un país y en una industria en los que las cosas no son fáciles para nadie, pero menos aún para las mujeres. Como en tantas otras cosas.

Pero las historias que cuenta Mabel Lozano no son solo «películas» – que tampoco sería poca cosa-. Son sobre personas y sus vidas, muchas de ellas con amarras, o que luchan por romperlas e, incluso, algunas que lo han conseguido. Mujeres de verdad, que esta cineasta nos ha descubierto o ayudado a conocer mejor.

Y esto tiene que seguir creciendo.

Hasta la próxima entrada.

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Aquí te esperamos. Cómetelos

Esta no es una entrada normal. Es sobre mujeres y comunicación, sí. Pero las mujeres somos mi hija y yo, y la comunicación de la que hablo es la relación que hemos construido entre nosotras.

Elena tiene 23 años, recién cumplidos. Ayer mismo. Desde el día en el que supe que iba a tenerla, ella ha sido un reto para mí. Por todo. Nació cuando yo solo tenía 25 años y miles de planes, pero ninguno de ellos era la maternidad. Sin embargo, decidimos que sí, que podíamos y queríamos. Así que nos pusimos a ello a muerte, como con todo.

Los primeros años no fueron fáciles. Sinceramente, creo que, como madre, podría haberlo hecho mejor. Mi cabeza,  mi corazón y mi cuerpo no se ponían de acuerdo, y ella, que no tenía la culpa, seguro que lo sufrió. Fue el bebé más bueno del mundo, y luego una niña simpática, sana y muy lista. Consiguió, sin saberlo y sin querer, convertirme por fin en madre, a pesar de que, a veces, la responsabilidad, el miedo y las ganas de escapar fueran enormes. Pero ella, siendo como era, hizo que saliera airosa.

Gracias, mi niña.

Y, ya mas tranquila, vi crecer ante mis ojos a una persona única. Tan diferente a mí -y parecida a su padre- que me fascinaba y, a la vez, me inquietaba, por si no conectábamos o no nos entendíamos. Sé -porque lo he vivido- que eso es muy duro cuando se trata de tu madre.

Pero la vida, que a veces es muy cabrona, en nuestro caso fue amable y, con los altos y bajos propios de la pubertad, y los arranques hormonales naturales -suyos y míos-, superando obstáculos y algún que otro desencuentro, nos trajo hasta aquí.

Espero no equivocarme ni ser pretenciosa si digo que Elena y yo somos madre e hija. Nada menos. De las de verdad. Ese tipo de relación y esa clase de amor incondicional que yo siempre quise compartir con mi madre, y que solo tuve con mi hermana.

Como os decía, somos absolutamente diferentes. Tanto, que a veces, la miro y dedico tiempo a buscar en ella algo mío. Y me cuesta. Tal vez algún gesto. Quizás la asertividad que yo he moderado con la edad.  Y el amor a los gatos, que he conseguido transmitirle.

Pero ella es mucho más fuerte que yo. Y más valiente. Le gusta su vida y no le da vueltas inútiles a las cosas. Olé por ella. Es decidida y divertida. Y muy organizada.

Hablamos mucho. Ella me cuenta muchas cosas, en ocasiones -sobre todo cuando era más pequeña- más de las que me hubiera gustado saber, pero siempre he creído que escuchar y opinar sobre lo que me decía, nos ayudaba a tejer una red de confianza, para cuando me necesita. No ha sido muchas veces, o, al menos, no en grandes cosas, pero cuando ha hecho falta, ahí hemos estado las dos, codo con codo.

También hemos compartido frivolidades, claro. Son míticas nuestras salidas de Rebajas para celebrar su cumpleaños. Por donde pasamos nosotras, no vuelve a crecer la hierba. También vamos al cine, a ver pelis que nadie más quiere ver, y tenemos charlas «de baño» durante mis inmersiones semanales -nada ecológicas pero terapéuticas- en la bañera llena de espuma. Hemos intercambiado confidencias, opiniones y cotilleos. Y hemos resuelto conflictos propios y ajenos, en charlas con una extraña combinación de risas y desplantes. Esas somos nosotras.

Y ahora se va lejos. No sé por cuánto tiempo. Es imposible saberlo. Tiene por delante un trabajo, clases, amigos y una casa compartida, durante meses llenos de emociones. Le va a encantar, aunque ahora no lo sepa y sienta vértigo ante una marcha inminente.

La voy a echar muchísimo de menos. Y no creáis que pasamos mucho tiempo juntas. Es una de esas personas a las que se les cae la casa encima y siempre está por ahí, haciendo lo que sea. Tiene muchos amigos y mil planes. Pero vuelve (casi) cada noche (o madrugada) a su cuarto revuelto, con sus gatas y, de vez en cuando, a sentarse conmigo y contarme algo. O a no contarme nada y a esperar que le pregunte qué le pasa, sin saberlo.

Y yo me quedo. Es una putada. De verdad que no soy una madre moñas que solo vive para sus hijos. Qué va. De hecho, soy bastante independiente y me gusta tener mi espacio y tiempo para mis cosas.

La putada es que se vaya precisamente ahora. Cuando me gusta tanto y me apetece ver – de cerca- cómo sigue con su vida y lo bien que se las apaña -sé que será así-, como la mujer estupenda y decidida en la que se ha convertido.

Me gustaría estar más cerca cuando se plante ante todas las cosas estupendas que sé que le van a pasar, y ante las difíciles, para sentirme orgullosa de ella y de cómo las vive. En este momento de mi vida, en el que tengo la sensación de que empieza una nueva etapa que no sé que contiene, sería maravilloso seguir disfrutándola. Egoísmo puro. Lo sé.

Pero es su momento. El de volar -literalmente- y enfrentarse al mundo con esa mirada desafiante y provocadora que le sale tan bien. Y le toca hacerlo sola. Ojalá, en el equipaje, lleve algo de lo que hemos ido cargándola desde que nació: confianza, libertad, responsabilidad, entusiasmo, ilusión, AMOR…

Vamos, hija, sal corriendo. No mires atrás y cómetelos a todos. Y no tengas ni una pizca de miedo. Nosotros estamos aquí. Para ti. Siempre.

See you soon!

Hasta la próxima entrada (disculpad lo personal de esta, pero es lo suyo)

 

 

 

 

 

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Soraya o «somos un equipo»

Hay argumentos muy difíciles de defender. Que el Presidente del Gobierno de un país democrático decida dar una entrevista personal en una cadena o que prefiera irse de puente mientras se está celebrando un debate entre candidatos a su puesto en unas Elecciones Generales inminentes es, sin duda, uno de ellos. Ayer, en el debate de AtresMedia, Soraya Sáenz de Santamaría recurrió al manido y poco creíble, «en el Partido Popular somos un equipo, muy grande, y el Presidente ha decidido que hoy me corresponde a mí hablar en nombre de ese equipo». Qué chusco, pero ¿Qué otra cosa podría decir en semejante situación?

Pero ella no se arredra. Como ante todos los retos que ha tenido que afrontar desde que es Vicepresidenta del Gobierno -que no han sido pocos-, se pone «las botas de pocero» y se mete en el fango. Eso hay que reconocérselo a esta mujer, que se ha convertido en el «hombre fuerte» de un gobierno -su equipo-, integrado, en general, por hombres y mujeres de «bajo perfil», empezando por Mariano Rajoy.

No tengo ni la menor idea de si ella es el Plan B del Partido Popular ante un posible futuro de pactos, o de si existe la «Operación Menina» articulada por Margallo y de la que tanto habla Pablo Iglesias -espero que no, porque además de ser una idea rocambolesca y sainetera, el nombre es terrible-. Me da igual. Ella está aquí porque hablamos de «dar la cara» y para eso ha demostrado que vale.

Soraya lleva años siendo la cara visible del Gobierno, la que responde a los periodistas en las ruedas de prensa de los viernes, tras los Consejos de Ministros, que a veces ella misma preside, en ocasiones flanqueada por alguno de los ministros varones, que comparece por algún tema específico, relacionado con su «cosa pública». Para todo lo demás, Soraya.

Ella también asumió la crisis del Ébola, tras la garrafal gestión realizada por Ana Mato y las autoridades sanitarias de Madrid. Y también se está encargando de la parte frívola, bailando con Pablo Motos o conduciendo como una loca con Calleja, con incidente de globo incluido.  Gobierna, comparece, se esfuerza…

Y también ha tenido que aguantar lo suyo por el hecho de ser mujer, aunque ella no se declare feminista, ni defienda las cuotas, o forme parte de un gobierno desequilibrado en cuestión de sexo y de un Congreso en el que solo el 36 % de las diputadas eran mujeres y de unas listas en las que ni siquiera ella es número 1.

  1. ¿Recordáis las críticas que recibió por su  famosa entrevista, con posado incluido, en El Mundo hace unos años, cuando todavía estaba en la oposición? Frivolidad, «postureo»… (aunque no estoy segura de que ya se utilizara esa palabra). Muy parecidas, por cierto, a las que les cayeron a las ministras de Zapatero por un reportaje en Vogue.
  2. También recuerdo cómo me indignó la supuesta «loa» que le hizo ABC al estilo de la Vicepresidenta a la vuelta de unas vacaciones de verano, en la que había «endulzado su melena con unos reflejos dorados». Que si sus uñas, su maquillaje, su ropa… Inolvidable. E inconcebible nada parecido si ella fuera «un él».
  3. Y lo peor de todo. Las críticas por tierra, mar y aire a su decisión de incorporarse a su recién ganado puesto de segunda cabeza del Gobierno de España, a los pocos días de parir a su hijo. Soy feminista, ya lo sabéis, pero he de reconocer que en este punto  me preocupa cómo coinciden, a veces, algunas representantes de esta línea de pensamiento y lo más conservador de la sociedad. No estoy de acuerdo con la afirmación de que las mujeres tienen que agotar su baja maternal hasta el final, para facilitar el hecho de que lo puedan hacer otras mujeres, inclusi más si son figuras públicas y con responsabilidad política, porque es ejemplificador. Creo, por el contrario, que las mujeres tenemos que hacer lo que nos dé la gana en este tema, como en todos los demás, que tenemos cerebro y capacidad de utilizarlo para tomar esta decisión vital, según el momento de la vida en el que se produzca, la situación familiar y de cuidado del recién nacido que tengamos cada una y, por supuesto, según nuestros intereses y necesidades personales o profesionales. ¿De verdad que no es comprensible que alguien quiera asumir, lo antes posible, el mayor reto profesional de su vida?¿Que no quiera que ese único tren se vaya sin ella por haber sido madre (y su pareja, padre, que no se nos olvide?¿Que tema que esa oportunidad no se le vuelva a presentar si no la aprovecha YA? Y lo mismo me sirve para Susana Díaz o Carme Chacón, que sufrieron acusaciones similares, por un lado y por otro. Y solo por el «capricho» de ser Presidenta de la Junta de Andalucía o Ministra de Defensa.

Releyendo las líneas anteriores, parece que admiro a Soraya Sáenz de Santamaría, que en tantas cosas -y tan importantes- no tiene nada que ver conmigo ni con mi forma de entender el mundo. Pero, reflexionando un poco sobre ello, puede que sea cierto que, en parte, despierta en mí sentimientos positivos, pero son más bien de respeto. Por su esfuerzo, amor propio, prurito profesional, empuje y arrestos.

Sin duda, sería mejor Presidenta que Rajoy -eso no es difícil tampoco, claro- aunque, sinceramente, espero que no lo sea.

Hasta la próxima entrada.

 

 

 

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Un país demasiado bello

 

Hay personas que son recordadas por un par de hitos de su biografía, aunque esta, como cualquier vida, haya tenido otros más relevantes para su protagonista o para el mundo. A Martha Gellhorn se la recuerda, sobre todo, por haber sido una de las esposas de Hemingway y por su trabajo como corresponsal en la Guerra Civil española. Ambos aspectos fueron, desde luego, actividades de riesgo, pero no los más importantes ni extraordinarios que vivió. Que una película de Hollywood, con Nicole Kidman como protagonista, se centrara en estos dos hechos, contribuyó sin duda a que sobresalieran.

Gellhorn tuvo una larga existencia, a la que ella misma puso punto y final cuando lo decidió, a los casi 90 años, en 1998. Durante esas casi 9 décadas, fue una mujer moderna de verdad. Para la época en la que le tocó vivir, y también si fuera contemporánea nuestra .

Hija de un ginecólogo alemán y de una sufragista, nieta de judíos y protestantes, Martha siempre destacó. Sin llegar a acabar los estudios, se lanzó al mundo para ser periodista con apenas 20 años. Tras publicar en The New Republic, logró su sueño de ser corresponsal, durante dos años en París, con la United Press.

Luego volvió y recorrió su país como cronista de la Gran Depresión e investigadora de campo para la Federal Emergency Relief Administration de Rooswvelt, en la que colaboró con Dorothea Lange, fotoperiodista, con la que reflejó la mísera vida de las familias que sufrieron los estragos de aquellos años terribles, a lo largo y ancho del país.

Esta activista del Pacifismo, pasó años de guerra en guerra. Primero, nuestro conflicto civil, cuyo seguimiento compartió con Hemingway, durante los primeros años de su romance intermitente, y antes de su turbulento matrimonio.

Durante ese tiempo, en 1938, fue cuando escribió a Eleanor Roosevelt desde Barcelona, la famosa carta en la que decía sobre España: «¿Y sabe otra cosa? Este país es demasiado bello como para que los fascistas lo hagan suyo. Ya han convertido Alemania, Italia y Austria en algo tan repugnante que incluso el paisaje es feo. Cuando conduzco por las carreteras de aquí y veo las montañas de piedra y los campos áridos a ambos lados, los parasoles clavados en la arena de las playas, los pueblos del color de la tierra y los lechos de grava de los ríos, la cara de sus agricultores, pienso: ¡hay que salvar España para la gente decente, es demasiado hermosa como para desperdiciarla!»

Y después de la caída de España, Martha siguió narrando la II Guerra Mundial, a pesar de la resistencia y los celos de su flamante marido. Desde Finlandia, Hong Kong, Birmania, Singapur y Bretaña. Llegó a hacerse  pasar por camillera para informar sobre el desembarco de Normandía y fue de las primeras en contar los horrores de Dachau.

Tras la Guerra y el divorcio, Martha siguió con su vida y con su trabajo. Escribió varias novelas, fue amiga íntima de los Roosevelt e informó sobre África y la Unión Soviética, entre otros temas centrales de las décadas siguientes. Incluso recibió el prestigioso Premio O. Henry.

Pero ni siquiera todo eso consiguió hacer sombra a que el Premio Nobel de Literatura más universal le dedicara nada menos que su novela  Por quién doblan las campanas, inspirada en la Guerra Civil española. Hay cosas contra las que es inútil rebelarse.

En todo caso, en mi recuerdo, la prosa de Gellhorn y su extraordinaria vida siempre brillarán más que las del sobre valorado y, en el fondo, machista Ernest.

Hasta la próxima entrada.

 

 

 

 

 

 

 

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Y un día, lo dijo

A todos nos ha pasado alguna vez. Por lo menos a mí me ha pasado. Normalmente, en la vida profesional, uno intenta no airear públicamente algunas de sus opiniones porque sabes que no van a encajar bien, o van a ser malinterpretadas, o sencillamente resultarán ofensivas para algunas personas. Y te las callas, durante mucho tiempo. Pero un día, con la guardia baja o en un falso ambiente de confianza, lo sueltas. Y todo es tan malo como te habías imaginado, pero ya no hay vuelta atrás. ¿Os ha pasado a vosotros también? Es frustrante, sobre todo porque todo el esfuerzo previo no ha servido para nada.

Pues si eres una de las periodistas más famosas del mundo, ya más allá del final de tu carrera, y tus declaraciones consisten en decir que los judíos centro-europeos se tendrían que haber quedado en sus países después de la II Guerra Mundial, en lugar de participar en la creación del estado de Israel, evitando así el conflicto con los palestinos, las consecuencias son una auténtica bomba mediática y hasta diplomática.

Estamos hablando de Helen Thomas, la primera mujer periodista acreditada en la Casa Blanca. Durante medio siglo cubrió la información de los gobiernos de nada menos que 10 Presidentes de los EE.UU., desde el mismísimo JFK hasta Obama, al que puso en jaque más de una vez, a pesar de sus casi noventa años, desde las primeras filas de la famosísima sala de prensa que todos conocemos.

Helen Thomas vivió más de 90 años y fue testigo de primera línea de los acontecimientos más importantes de los últimos 50, acompañando a Presidentes y Vicepresidentes norteamericanos en sus hazañas, errores, escándalos y éxitos. Helen fue la primera mujer funcionaria del National Press Club, la primera miembro y presidente de la White House Correspondents Association y, en 1975, la primera miembro del Gridiron Club (la más antigua y prestigiosa asociación de periodistas de Washington, cuyos miembros solo acceden por invitación).

Y un día, en apenas unos minutos, todo se vino abajo. Sus afirmaciones provocaron finalmente su dimisión, e hicieron que la cuestionara como profesional -aunque resulte increíble- desde todos los ámbitos, incluido su propia agencia, United Press, y la misma Casa Blanca. En 2010 dejó el trabajo de toda su vida y murió solo 3 años después, a los 92, en su casa de DC.

Unas pocas palabras acabaron con la carrera de una mujer única, la primera de muchas en muchas cosas, entregada a su oficio y un referente para la profesión. Palabras duras que molestaron a gente poderosa.

Hasta la próxima entrada

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¿Qué tiene de malo la realidad?

A veces es horripilante. Me refiero a esas portadas de algunas revistas del corazón o «femeninas» en las que aparecen cuerpos y rostros como de cera, en los que ha desaparecido toda expresión, y toda naturalidad.

Recuerdo un reportaje de Tamara Falcó en 2011 que me impresionó muchísimo, porque era completamente artificial y hasta grotesco. Un cuerpo diminuto, una cabeza enorme, posturas imposibles. Todo desproporción, a todas luces innecesaria. Más, incluso,  si pensamos que tenía poco más de 20 años, cuando nos enseñaba a todos su nueva casa en el centro de Madrid.

Y ese es solo un ejemplo. Las páginas de papel cuché están repletas de esas imágenes fantasmagóricas y esas figuras «borradas». A mí me dan mucha grima. Entiendo, porque lo vivo, el temor a envejecer y a la imperfección, que a las mujeres (sí, sobre todo a nosotras) nos acompaña -y a veces nos persigue- durante prácticamente toda nuestra vida. Es un asco. Pero creo que prefiero mis patas de gallo y las arrugas de mi cuello (que, por supuesto, no me hacen ninguna gracia), que parecer alguien sin vida y sin emociones, que es lo que borra, además, el Photoshop descontrolado.

Porque también he de decir que no se trata de culpar a la herramienta, que solo es eso y tiene muchos usos positivos, sino al uso psicótico que se hace de ella en algunos medios de comunicación, especialmente sobre fotografías de mujeres (sí, insisto, más en nuestro caso).

Todos tenemos en mente ejemplos patrios y extranjeros de estos excesos, algunos de los cuales llegan a ser ridículos y, por qué no decirlo, hasta patéticos. Odio pensar que nosotras preferimos vernos así, pero lo que más me cabrea es que muchos creen que queremos hacernos eso. Negar el paso del tiempo, de las hormonas, de los platos de jamón y de las risas… lo que viene a ser la vida, que a veces lleva consigo arrugas, granos, lorzas y más arrugas. ¿Y qué? Por favor, ayudémonos unas a otras a dar un corte de manga con peineta a la esclavitud de los estándares de belleza y de perfección que nos dominan, entre otras cosas.

Yo no quiero ser como Madonna, que en todos los reportajes tiene cara de momia sin alegría, ni como Isabel Presley, que rejuvenece en vez de cumplir años, ni como Carmen Martínez Bordiú, que no se parece en nada a ella misma.  Todavía se me pone la piel de gallina cuando recuerdo la portada de las dos últimas en la Revista de las Revistas. Además, es solo un engaño que únicamente se mantiene en las páginas. ¿Para qué, entonces?

En cualquier caso, me gusta ver que algo que estaba tan extendido y aceptado como hecho consumado, empieza a resquebrajarse, y que algunas mujeres de las que salen en estas revistas se quejan de que las «retoquen», y algunas incluso se niegan a ello.

El ejemplo más relevante, por su repercusión, es el de Kate (video que encabeza esta entrada), que ya había manifestado su desacuerdo antes, pero que ahora ha incluido una cláusula específica sobre el tema en su último contrato publicitario.

Ella es la más famosa y reciente, pero no la única. Nuestra Inma Cuesta organizó un buen revuelo hace poco en las redes sociales, cuando vio la fotografía que publicó el Dominical en su portada de hace unas semanas, en la que aparecían ella y Eduardo Noriega, y en la que la habían reducido a la mitad y eliminado todas las imperfecciones de su cara. Le parecía totalmente innecesario. A mí también. La foto original era preciosa, y ella aparecía tan guapa -y tan real- como es de verdad.

No quiero decir nada del trozo de nalga que le quitaron a uno de los Ángeles de Victoria Secret en una revista. ¿Se puede saber qué tipo de rectificación hay que hacerle a un cuerpo como ese? Es surrealista e increíble… E indignante.

Creo que hasta que no abordemos con naturalidad la presencia de las mujeres en los medios, empezando por nosotras mismas, esto va a ser un cambio muy lento, aunque inevitable. ¿A quién no le gusta una buena foto?¿A quién no le apetece ver caras hermosas y sonrisas deslumbrantes en las revistas de LifeStyle?¿Cómo no vamos a querer disfrutar de la ropa, el maquillaje y el peinado de los que aparecen, cuando leemos este tipo de medios? Pero es que estos esperpentos no son buenas fotos, esos cuerpos y esas caras no son bonitos y esas sonrisas están muertas.

Ser actriz, modelo o mujer en general no supone dar licencia para dejarse hacer eso…y menos para desearlo. Viva la (hermosa) imperfección.

Hasta la próxima entrada.

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La dignidad y la muerte

La historia de la niña Andrea –a la que por fin han dejado descansar–  y la lucha de sus padres, ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre la eutanasia, el suicidio asistido y la muerte digna. No son la misma cosa, ya lo sé. Pero, en el fondo, la cuestión es una, por lo menos para mí. Porque todo se reduce a una gran pregunta, que nos tortura o nos hace rebelarnos: ¿Por qué y para qué debemos soportar el dolor, el deterioro y el miedo de los últimos momentos de la vida (eso es, ni mas ni menos, la muerte)? ¿Qué sentido tiene sufrir sin esperanza?

Supongo que la fe y, sobre todo, las creencias religiosas (que no son exactamente lo mismo) pueden determinar la respuesta a esta tremenda pregunta. Pero yo, que perdí esa fe hace ya mucho tiempo, soy incapaz de entender la necesidad de dejar este mundo penando hasta el final. Si es hora de irse, que sea pronto, con los míos y sin dolor.

Tal vez a alguno os sorprenda que saque este asunto aquí. Pues os lo explico: los temas como este, y como otros controvertidos, se reabren de cuando en cuando, casi siempre relacionados con un caso concreto que salta a la opinión pública, y más si este no se resuelve fácil y rápidamente. Y el último de estos ejemplos es, precisamente, el de Andrea. Pero no es el único. Otras mujeres y niñas, por sus circunstancias,  nos hicieron reflexionar y hablar públicamente sobre todo esto:

  1. Antes que Andrea, la historia de otra niña también nos conmovió profundamente. Se trataba de Gina, de 11 años, hija de la periodista catalana Elisabet Pedrosa. Hace poco más de un año, y después de meses en el hospital mientras el extraño Síndrome de Rett acababa con ella, tuvo «una muerte luminosa y llena de vida«, en casa, abrazada por su familia. Su madre, una gran luchadora, escribió después un precioso libro, Seguiremos viviendo, en el que habla sobre su terrible pérdida y la experiencia de la familia.
  2. Otra historia extraordinaria es la de Brittany Maynard. Esta estadounidense de 29 años, decidió morir cuando ella quiso, junto a su marido, en noviembre del año pasado. Para ello tuvo que dejar su casa y mudarse a Oregon, para poder hacerlo legalmente. Quería seguir decidiendo sobre su vida, hasta el final. Y permanecer en el recuerdo de los suyos todavía con brillo en los ojos y ganas de sonreír, no deshecha por el dolor e hinchada por los fármacos.
  3. Este verano me sacudió especialmente la historia de Laura, una joven belga de 24 años, deprimida desde su infancia, que solicitó la eutanasia a las autoridades de su país, donde esta es legal, aduciendo un argumento demoledor: «la vida no es para mí«. No sé qué ha sido de ella ni si finalmente murió,  pero debo decir que entiendo el cansancio de vivir y defiendo el derecho a salir de aquí cuando y cómo uno quiera, y el de ser asistido y acompañado en esa marcha,

Son solo 4 nombres de mujer, que representan a personas de todo el mundo que claman – para ellos o para alguno de los suyos- por la dignidad de la muerte, exactamente igual que para el resto de la vida, y por la libertad del individuo para decidir sobre ella en todo momento.

Si pensamos en la vejez, todo esto se convierte en un concepto mucho más amplio, una decisión casi social. Cuando lo pienso, para mí y para los míos, lo que se me viene a la cabeza es aquella frase de Oscar Wilde «Lo peor no es envejecer; lo verdaderamente malo es que no se envejece», que cita Rosa Montero en este hermoso artículo del año pasado, a los pocos días de la muerte de Brittany. Uno puede estar lleno de vida y ganas de disfrutarla hasta los 100 años,  pero es posible que otros no estemos dispuestos a aceptar la devastación del tiempo sobre nuestro cuerpo, mientras nuestro espíritu y nuestra cabeza siguen siendo jóvenes.

Como Rosa Montero, reconozco que para esto soy una cobarde y reivindico a los que lo son como yo -muchos, me temo-  recordando las palabras de Javier Sádaba en su inolvidable y sentido Recuerdo Vivo, «confieso mi miedo a morirme y, cómo no, a que mueran los que amo. E incluso a que mueran los que no he conocido ni conoceré«.  Y, sobre todo, confieso mi miedo al sufrimiento.

Me niego a asumir, de acuerdo con Manuel Vincent en El País de hoy, que «nuestro último trance todavía está fiado al destino, que según su capricho puede otorgarte la gracia de morir de repente o durante el sueño o mediante una bajada suave sin dolor hacia la disolución en la ilimitada oscuridad o bien podrá ensañarse contigo hasta el extremo de la máxima alevosía sin que nadie se atreva a oponerse directamente a esta tragedia«. Pues yo me opongo con toda mi alma  y lucharé por una «muerte luminosa» para los que amo y para mí misma. Lo juro

Hasta la próxima entrada.