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Aquí te esperamos. Cómetelos

Esta no es una entrada normal. Es sobre mujeres y comunicación, sí. Pero las mujeres somos mi hija y yo, y la comunicación de la que hablo es la relación que hemos construido entre nosotras.

Elena tiene 23 años, recién cumplidos. Ayer mismo. Desde el día en el que supe que iba a tenerla, ella ha sido un reto para mí. Por todo. Nació cuando yo solo tenía 25 años y miles de planes, pero ninguno de ellos era la maternidad. Sin embargo, decidimos que sí, que podíamos y queríamos. Así que nos pusimos a ello a muerte, como con todo.

Los primeros años no fueron fáciles. Sinceramente, creo que, como madre, podría haberlo hecho mejor. Mi cabeza,  mi corazón y mi cuerpo no se ponían de acuerdo, y ella, que no tenía la culpa, seguro que lo sufrió. Fue el bebé más bueno del mundo, y luego una niña simpática, sana y muy lista. Consiguió, sin saberlo y sin querer, convertirme por fin en madre, a pesar de que, a veces, la responsabilidad, el miedo y las ganas de escapar fueran enormes. Pero ella, siendo como era, hizo que saliera airosa.

Gracias, mi niña.

Y, ya mas tranquila, vi crecer ante mis ojos a una persona única. Tan diferente a mí -y parecida a su padre- que me fascinaba y, a la vez, me inquietaba, por si no conectábamos o no nos entendíamos. Sé -porque lo he vivido- que eso es muy duro cuando se trata de tu madre.

Pero la vida, que a veces es muy cabrona, en nuestro caso fue amable y, con los altos y bajos propios de la pubertad, y los arranques hormonales naturales -suyos y míos-, superando obstáculos y algún que otro desencuentro, nos trajo hasta aquí.

Espero no equivocarme ni ser pretenciosa si digo que Elena y yo somos madre e hija. Nada menos. De las de verdad. Ese tipo de relación y esa clase de amor incondicional que yo siempre quise compartir con mi madre, y que solo tuve con mi hermana.

Como os decía, somos absolutamente diferentes. Tanto, que a veces, la miro y dedico tiempo a buscar en ella algo mío. Y me cuesta. Tal vez algún gesto. Quizás la asertividad que yo he moderado con la edad.  Y el amor a los gatos, que he conseguido transmitirle.

Pero ella es mucho más fuerte que yo. Y más valiente. Le gusta su vida y no le da vueltas inútiles a las cosas. Olé por ella. Es decidida y divertida. Y muy organizada.

Hablamos mucho. Ella me cuenta muchas cosas, en ocasiones -sobre todo cuando era más pequeña- más de las que me hubiera gustado saber, pero siempre he creído que escuchar y opinar sobre lo que me decía, nos ayudaba a tejer una red de confianza, para cuando me necesita. No ha sido muchas veces, o, al menos, no en grandes cosas, pero cuando ha hecho falta, ahí hemos estado las dos, codo con codo.

También hemos compartido frivolidades, claro. Son míticas nuestras salidas de Rebajas para celebrar su cumpleaños. Por donde pasamos nosotras, no vuelve a crecer la hierba. También vamos al cine, a ver pelis que nadie más quiere ver, y tenemos charlas “de baño” durante mis inmersiones semanales -nada ecológicas pero terapéuticas- en la bañera llena de espuma. Hemos intercambiado confidencias, opiniones y cotilleos. Y hemos resuelto conflictos propios y ajenos, en charlas con una extraña combinación de risas y desplantes. Esas somos nosotras.

Y ahora se va lejos. No sé por cuánto tiempo. Es imposible saberlo. Tiene por delante un trabajo, clases, amigos y una casa compartida, durante meses llenos de emociones. Le va a encantar, aunque ahora no lo sepa y sienta vértigo ante una marcha inminente.

La voy a echar muchísimo de menos. Y no creáis que pasamos mucho tiempo juntas. Es una de esas personas a las que se les cae la casa encima y siempre está por ahí, haciendo lo que sea. Tiene muchos amigos y mil planes. Pero vuelve (casi) cada noche (o madrugada) a su cuarto revuelto, con sus gatas y, de vez en cuando, a sentarse conmigo y contarme algo. O a no contarme nada y a esperar que le pregunte qué le pasa, sin saberlo.

Y yo me quedo. Es una putada. De verdad que no soy una madre moñas que solo vive para sus hijos. Qué va. De hecho, soy bastante independiente y me gusta tener mi espacio y tiempo para mis cosas.

La putada es que se vaya precisamente ahora. Cuando me gusta tanto y me apetece ver – de cerca- cómo sigue con su vida y lo bien que se las apaña -sé que será así-, como la mujer estupenda y decidida en la que se ha convertido.

Me gustaría estar más cerca cuando se plante ante todas las cosas estupendas que sé que le van a pasar, y ante las difíciles, para sentirme orgullosa de ella y de cómo las vive. En este momento de mi vida, en el que tengo la sensación de que empieza una nueva etapa que no sé que contiene, sería maravilloso seguir disfrutándola. Egoísmo puro. Lo sé.

Pero es su momento. El de volar -literalmente- y enfrentarse al mundo con esa mirada desafiante y provocadora que le sale tan bien. Y le toca hacerlo sola. Ojalá, en el equipaje, lleve algo de lo que hemos ido cargándola desde que nació: confianza, libertad, responsabilidad, entusiasmo, ilusión, AMOR…

Vamos, hija, sal corriendo. No mires atrás y cómetelos a todos. Y no tengas ni una pizca de miedo. Nosotros estamos aquí. Para ti. Siempre.

See you soon!

Hasta la próxima entrada (disculpad lo personal de esta, pero es lo suyo)

 

 

 

 

 

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