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Un país demasiado bello

 

Hay personas que son recordadas por un par de hitos de su biografía, aunque esta, como cualquier vida, haya tenido otros más relevantes para su protagonista o para el mundo. A Martha Gellhorn se la recuerda, sobre todo, por haber sido una de las esposas de Hemingway y por su trabajo como corresponsal en la Guerra Civil española. Ambos aspectos fueron, desde luego, actividades de riesgo, pero no los más importantes ni extraordinarios que vivió. Que una película de Hollywood, con Nicole Kidman como protagonista, se centrara en estos dos hechos, contribuyó sin duda a que sobresalieran.

Gellhorn tuvo una larga existencia, a la que ella misma puso punto y final cuando lo decidió, a los casi 90 años, en 1998. Durante esas casi 9 décadas, fue una mujer moderna de verdad. Para la época en la que le tocó vivir, y también si fuera contemporánea nuestra .

Hija de un ginecólogo alemán y de una sufragista, nieta de judíos y protestantes, Martha siempre destacó. Sin llegar a acabar los estudios, se lanzó al mundo para ser periodista con apenas 20 años. Tras publicar en The New Republic, logró su sueño de ser corresponsal, durante dos años en París, con la United Press.

Luego volvió y recorrió su país como cronista de la Gran Depresión e investigadora de campo para la Federal Emergency Relief Administration de Rooswvelt, en la que colaboró con Dorothea Lange, fotoperiodista, con la que reflejó la mísera vida de las familias que sufrieron los estragos de aquellos años terribles, a lo largo y ancho del país.

Esta activista del Pacifismo, pasó años de guerra en guerra. Primero, nuestro conflicto civil, cuyo seguimiento compartió con Hemingway, durante los primeros años de su romance intermitente, y antes de su turbulento matrimonio.

Durante ese tiempo, en 1938, fue cuando escribió a Eleanor Roosevelt desde Barcelona, la famosa carta en la que decía sobre España: “¿Y sabe otra cosa? Este país es demasiado bello como para que los fascistas lo hagan suyo. Ya han convertido Alemania, Italia y Austria en algo tan repugnante que incluso el paisaje es feo. Cuando conduzco por las carreteras de aquí y veo las montañas de piedra y los campos áridos a ambos lados, los parasoles clavados en la arena de las playas, los pueblos del color de la tierra y los lechos de grava de los ríos, la cara de sus agricultores, pienso: ¡hay que salvar España para la gente decente, es demasiado hermosa como para desperdiciarla!

Y después de la caída de España, Martha siguió narrando la II Guerra Mundial, a pesar de la resistencia y los celos de su flamante marido. Desde Finlandia, Hong Kong, Birmania, Singapur y Bretaña. Llegó a hacerse  pasar por camillera para informar sobre el desembarco de Normandía y fue de las primeras en contar los horrores de Dachau.

Tras la Guerra y el divorcio, Martha siguió con su vida y con su trabajo. Escribió varias novelas, fue amiga íntima de los Roosevelt e informó sobre África y la Unión Soviética, entre otros temas centrales de las décadas siguientes. Incluso recibió el prestigioso Premio O. Henry.

Pero ni siquiera todo eso consiguió hacer sombra a que el Premio Nobel de Literatura más universal le dedicara nada menos que su novela  Por quién doblan las campanas, inspirada en la Guerra Civil española. Hay cosas contra las que es inútil rebelarse.

En todo caso, en mi recuerdo, la prosa de Gellhorn y su extraordinaria vida siempre brillarán más que las del sobre valorado y, en el fondo, machista Ernest.

Hasta la próxima entrada.

 

 

 

 

 

 

 

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