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Margarita o el Subinspector Pedrito

Durante mi brevísima etapa como «periodista de verdad», allá en el Sur, cubrí algunos sucesos. Y tengo que decir que me encantó. Junto con otros géneros, como la corresponsalía de guerra o el periodismos de investigación, son la cara romántica de la profesión y lo que inspira a muchos de nosotros a adentrarnos en los intrincados caminos de la pluma.

Además, y pensándolo un poco, los Sucesos tienen de las dos cosas. Permiten hacer trabajo de mesa muy interesante, recabando información, buscando fuentes no siempre muy dispuestas y haciendo llamadas a comisarías, juzgados y hospitales, tirando de «contactillos» y amistades que quieren -o les interesa- compartir información sobre lo escabroso.

Y luego (o, mejor dicho, antes) está la calle, sobre todo si hay escena del crimen de por medio. Llegar al «lugar de los hechos», con todo el lío montado de policías, forenses, ambulancias y cotillas. Intentar encontrar, entre todos ellos, alguien dispuesto a contar algo diferente a lo que le ha contado al compañero. Ese gusanillo que entra cuando ves alguna cara sorprendida o te das cuenta del nerviosismo de aquel agente o de ese otro tipo que guarda algo en una bolsita de pruebas, como las de las películas.

No soy una frívola (o puede que sí, pero no en este caso). Nada de esto significa que sea insensible al sufrimiento -a veces, tragedia- a la violencia o a la sangre. Es otra cosa. Es la adrenalina que va emparejada, sin remedio, con la curiosidad y el ansia de descubrir (más allá todavía que el deseo de saber ) que se apodera de mí desde pequeña.

Es una mezcla perfecta entre labor detectivesca y reporterismo, en la que, además, está permitido enriquecer la prosa con ciertas dosis de dramatismo. Redondo.

Y es ahí donde voy. A El Caso. La nueva serie de TVE nos recuerda esa gran publicación, un clásico de la prensa española en medio de la dictadura franquista, en la que, entre sangre, violaciones y asesinos, se hizo parte del mejor periodismo de aquellos años infames para este oficio. A pesar de que intentaron cerrarlo varias veces, El Caso sobrevivió y venció a la censura previa en la mayoría de las ocasiones. Unas veces por la valentía de su fundador y director, Eugenio Suárez, otras por contactos en las altas esferas y la mayoría de las veces, por pura suerte. La censura estaba demasiado ocupada tapando tetas y vigilando soflamas comunistas para darse cuenta de lo libre que era esa prensa. Menos mal.

Y si algún redactor representa la naturaleza  misma de El Caso es Margarita Landi, o el «Subinspector Pedrito» si lo preferís, el apodo que utilizaba para integrarse en los equipos policiales, interrogatorios y escenas de crímenes. Hasta iba armada.

Margarita, de estirpe de periodistas y viuda joven (desde los 28 años en la España de los años 50, que no es «moco de pavo»), era todo un personaje. Yo, por mi edad, la recuerdo muy bien (incluso recuerdo El Caso, aunque no es sus mejores tiempos) y no puedo evitar una sonrisa cuando pienso en su pose (ahora lo llamaríamos «postureo»): pelo cardado, elegante y un poco masculina en su estilo y, por encima de todo, su pipa humeante, siempre en si mano.

Ella es otra de las maestras del periodismo español, sin duda. Lo que la diferencia es su especialidad, que desarrolló también en otros medios, tras el cierre de El Caso, donde trabajó desde 1954. Aunque empezó estudiando enfermería (no le sirvió de nada porque era un título republicano y no se aceptó), luego se decidió por el Derecho y la criminología, que aplicó a su trabajo de una forma minuciosa, que le supuso el respeto no sólo de sus compañeros, sino de policías y jueces, aunque a veces, éstos, la temían «como a un nublao».

Margarita Landi, en plenos años 50 y 60, recorría Madrid a toda pastilla en su descapotable y se codeaba con los más granado de la sociedad española de la época, al mismo tiempo que trataba también a criminales de toda calaña, tan valiosos como fuente como los primeros.

Landi era única. Seria y cortante, sabía transmitir la relevancia de su trabajo,  en medio de tanto titular tremendista (porque eso era gustaba a los lectores, claro que sí), y estuvo involucrada en la resolución y difusión de los principales crímenes de aquellos años, para deleite semanal de los españoles que disfrutaban, «a solas o en compañía de otros» de los procelosos y llenos de detalles morbosos artículos de aquella maravilla que era El Caso.

Gracias, Margarita y Cía.

Hasta la próxima entrada.

 

 

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Somos unos miserables

No podría escribir de otra cosa. Hoy no. Esta vez no quiero escribir sobre mujeres admirables o cuestionables,  ni sobre política, periodismo, o historia. Sólo puedo vomitar indignación y culpa en estas líneas.

A partir de esta media noche, damos un portazo en las narices de otros seres humanos, y los expulsamos, quitando de nuestra vista y nuestras sensibles narices su sufrimiento y su dolor.

Esta entrada no va ser muy florida, ya lo advierto. No me sale, ni quiero que me salga. Sólo siento vergüenza, dolor, asco y rabia. Se me parte el alma y no tengo ni idea de qué tengo que hacer para evitar que esta mierda sea de verdad, y no un mal sueño con tristes similitudes con los repugnantes años 30, que llenaron de miedo y muerte el mundo.

  • Siento vergüenza de formar parte de la sociedad teóricamente más civilizada del mundo. Cuna de la Democracia, la cultura clásica, del Renacimiento y de la Ilustración. Que le den a todo eso. Somos también la sociedad que desprecia a otros seres humanos que molestan y perturban nuestra hermosa realidad de mierda (ya van dos mierdas en el texto, es verdad. Os lo dije). Ahora estiramos nuestros cuellos blancos o miramos para otro lado, pero estoy segura de que la Historia nos juzgará (y si no, qué asco de Historia), como lo que somos: unos miserables. Y lo que está pasando, como un genocidio de inocentes, por el que los abandonamos a su suerte, y los dejamos morir de hambre, de frío y de rechazo. Esos rostros agotados y estupefactos deberían perseguirnos a todos (y a cada uno) lo que nos queda de vida. Si nos queda algo de decencia, así será.
  • Me duele. Se me parte el alma cuando veo a esos padres y madres que lo único que quieren es salvar a sus hijos, proteger a su familia. Llevarlos a lugar seguro y, allí, seguir viviendo. ¿Quién no entiende eso? Tengo un amigo que ha estado allí, en Lesbos, cubriendo la noticia de las llegadas de zodiacs a la isla para Canal Sur, a través de sus «ojos andaluces» y los de la ONG de bomberos del Sur que ya son héroes para muchos de nosotros . Sólo mirad su cara cuando hace la entradilla y escuchad su tono de voz durante toda la crónica. A él también le duele, claro. Siempre ha sido buena gente, mi amigo Miguel.
  • El asco me domina cuando miro los cuerpos bien alimentados y abrigados de los cabrones que han promovido todo esto. Pero también me repugna ver que todos seguimos con nuestras vidas, como si nada. Yo, la primera. Ayer fui a la peluquería y estuve de compras, vi una película y dormí la siesta. Como cualquier otro sábado de invierno, bajo la manta de mi sofá. Me pregunto todos los días si soy una hipócrita, si debería salir a la calle a gritar contra esto, o, mejor, comprar un billete de avión directamente a Lesbos o a Idomeni y ponerme de una vez a hacer algo por ellos, y que, de paso, no piensen que los europeos somos todos unas personas de mierda (y van 3). Si tendría que rebelarme contra quien sea para que las fronteras se abran y acojamos a los que necesitan refugio, comida, mantas y, sobre todo, la compasión y el apoyo de otro ser humano, para no perder la fe en esa Humanidad a la que tristemente pertenecemos todos.
  • Pero, sobre todo, estoy rabiosa. Tanto, que a veces, me cuesta pensar. Oigo los llantos y los gritos de esta pobre gente y la sangre me hierve. Y todavía es peor cuando no los oigo y solo hay silencio y  miradas suplicantes y sorprendidas.  Cuando los miro temblar caminando sobre el barro, cuando descubro lo que supone parir y nacer en Indomeni, en medio de la miseria y la indignidad en la que los hemos dejado.

A partir de mañana, la indecencia y la crueldad de dejar morir a nuestros congéneres será legal. Los «devolveremos» a Turquía, pagando por ello a un país en el que ni siquiera están a salvo la dignidad y los derechos de su propio pueblo.

Ojalá no podamos pegar ojo mientras esto siga ocurriendo. #OpenTheBorders,  joder.

Hasta la próxima entrada.

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La verdad es nuestro trabajo

No conocía bien la historia hasta que vi la película, y sigo en shock. Sé que genera controversia, según quien la cuente, pero yo tiendo a creer la versión de la cinta, por periodista y por «liberal», como llaman en los EE.UU. a los de ideas progresistas.

En todo caso, lo que me ha impresionado más es la sucesión de acontecimientos que se produjo en este caso, en una prestigiosa cadena, con informativos respetados y en»60 Minutos», uno de los programas míticos y referente para todo periodista, en cualquier parte del mundo.

Acababan de triunfar con un reportaje sobre Abu Ghraib que mereció nada menos que un Peabody unos meses después, ya caído todo el equipo en desgracia y fuera de la cadena.

Y entonces se complicó todo. Unos documentos dudosos tiraron por tierra una historia claramente probada, la de que el entonces Presidente George W. Bush se había «escaqueado» de ir a la Guerra del Vietnam, por un chanchullo de niño rico enchufado en la Guardia Nacional, de cuyos entrenamientos y actividades apenas llegó a formar parte.

Mary y el famosísimo presentador Dan Rather capitanearon un equipo muy poco ortodoxo que investigó durante semanas y que se precipitó un poco en la emisión, es verdad. No había hueco en el resto del mes y apostaron por la primer opción, para que nadie les pisara el «notición».

Los conocidos como «documentos de Killian», parte de las evidencias de la historia,  se cuestionaron casi de inmediato, y a pesar de las pruebas que el equipo puso sobre la mesa e incluso emitió, la cosa se fue al garete y, con ella, el equipo entero, que acabó en la calle. Todos despedidos, excepto Dan, al que le permitieron «dimitir» en antena y salir ligeramente más airoso, aunque no mucho.

Se trató de una secuencia de hechos que, si no fuera porque fueron patéticos, serían hilarantes. Fue el principio del fin de las noticias bien hechas en televisión. Cuando el negocio barrió por fin al periodismo, lo único se había mantenido más o menos limpio de aquellos intereses hasta entonces.

Y ahí acabó todo. Con una pantomima de comisión de investigación interna que tenía como propósito claro la condena de Mary, que fue el chivo expiatorio, aunque otros tampoco se libraron, aunque no la apoyaran e intentaran salvar su «culo» en la cadena. Todo por evitar el escándalo en año electoral y para que la reelección no corriera peligro.

Y así fue. Mary, deprimida y vapuleada, nunca volvió a trabajar en televisión. Dan se retiró del gran mundo y pasó a una pequeña cadena. Y Bush renovó la presidencia en un nuevo mandato: «¡Cuatro años más!».  Y todos felices. Algunos todos, claro.

¿Y cuál era la verdad? Qué importa. Y ya sabemos todos lo que pasó en aquellos 4 años de Bush. ¿Qué hubiera pasado si el escándalo hubiera calado y el resultado de las elecciones presidenciales de 2004 hubiera sido otro? Quién sabe…

Mary, al igual que otras maestras, de allí y de aquí, solo hacía quería hacer su trabajo. Y no pudo, después de aquello.

Hasta la próxima entrada.

 

 

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Scout ha muerto

«¿Sabes lo que es transigir?» Le pregunta el bueno de Atticus a su pequeña de 6 años, que llora porque no quiere volver al colegio después de un primer día descorazonador. Qué gran pregunta, más en estos tiempos de negociaciones y pactos. Aunque no siempre es posible hacer concesiones, es una buena lección, sin duda.

Harper Lee murió hace unos días.  Su única obra (no voy a admitir a «la otra»  como una novela rematada por la escritora. Sólo se publicó cuando ella ya no podía oponerse),  Matar un Ruiseñor, ha emocionado a millones de personas de todo el mundo desde su publicación.

La historia de Scout, su protagonista (inspirada en ella misma), su hermano Jem y su amigo Dill (el alter-ego de Truman Capote, su gran amigo desde la infancia) lo tiene todo y no ha envejecido nada, como suele ocurrirles a las buenas historias. Conmovedora, divertida, reflexiva y maravillosamente bien escrita y traducida (la mayoría de las veces).

Atticus es uno de mis héroes desde que vi la película y -años después- leí el libro. Un gran padre, un hombre bondadoso, querido y respetado por su comunidad, pero capaz de enfrentarse a ella y a sus prejuicios por defender lo que es justo y a un inocente. El pobre Tom, un buen hombre negro, acusado falsamente de violar a una mujer blanca, no merecía ser condenado. Atticus luchó por su absolución, aunque le sirvió de poco en la sociedad racista de Alabama de mediados del siglo pasado. Que el actor que lo interpretó en la gran pantalla fuera Gregory Peck contribuyó bastante a esa admiración que muchos sentimos por el personaje, lleno de razón y sabiduría.

Con los años, sin embargo, es el personaje de Boo el que ha ido creciendo en mi lista de favoritos. Un hombre huraño y temido por los prejuicios adultos. Un ser solitario y triste escondido en su casa, el objetivo de las aventuras de los 3 pequeños durante los largos y calurosos veranos del Sur. Boo quiere a los niños, les hace pequeños regalos y los defiende de la brutalidad de la ignorancia. Enternecedor y admirable. Un pequeño-gran animal indefenso, que solo quiere que lo quieran, y no hace mal a a nadie. Fuerte y débil a la vez.

Y esos niños, que no entienden nada y saben más que la mayoría. Scout, desactivando a la turba racista que quiere hacer daño a su padre, Jem, que no acepta lo que pasa, Dill y su desbordante imaginación y, por lo que se intuye, una vida triste en la ciudad.

Juzgados y casas solitarias, juegos y peleas, conversaciones y disturbios. Y mucho que pensar. Sobre el racismo y su sinrazón, sobre la pobreza y la soledad. Sobre los hombres y los niños. Sobre la vida y sus miserias. Sobre el amor y los odios. Sobre el abuso y la debilidad.

Un canto a la buena voluntad y a la inocencia. Un grito contra la crueldad, porque «Matar ruiseñores, que sólo cantan y no hacen daño, es un acto malvado».

Hay autores que se desfondan en una sola obra, única. La historia que tienen que contar y que sacan de tan dentro que trasciende lo que son. Este es el caso de Harper Lee y su maravillosa Scout.

Hasta la próxima entrada.

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Maestras

Muchas. Son muchas. Yo estudié Periodismo por ellas. Por ellas y por Billy, la redactora pelirroja de Lou Grant también, claro. Pero, sobre todo por estas grandes mujeres que lucieron plumas y micros por las páginas y las pantallas de los 80 y 90.

Siento por ellas admiración y envidia, por sus carreras y sus vidas, llenas de historias para contar o escribir.

Dándole vueltas, me quedo con éstas:

  1. Rosa María Calaf. Porque ha estado en todas partes y nos ha contado lo que pasaba allí. Nueva York, Moscú, Roma, Viena y China. Casi 40 años informando los espectadores de TVE (que éramos todos) sobre los acontecimientos más relevantes de las últimas décadas. Con su voz y su imagen características, con ese tono de saber perfectamente de lo que estaba hablando, y lo que estaba pasando. Como si nada de la sociedad y el país del que le tocaba ser corresponsal le fuera ajeno. Algo así como un valor seguro. Desde 2009 ya no es corresponsal, y es como si nos faltara algo.
  2. Pura Ramos. Ella dice que es una «momia» porque tiene 85 años, pero lo que es de verdad es un icono (me encanta esta palabra, y tengo pocas oportunidades de utilizarla. Así que la he soltado sin pudor). Una institución del periodismo, y testigo de la historia reciente de España, fue redactora de Pueblo y de Informaciones, cuando las periodistas femeninas no existían. Ella y Pilar Narvión eran unos «bichos» raros, en redacciones llenas de corbatas, de humo y de testosterona.
  3. Rosa Montero. La adoro. Me encanta todo lo que escribe. Su tono, su ligereza (bien entendida), su sensibilidad. Y sus ideas claras. También me siento unida a ella por su amor incondicional a los animales, sobre todo a los perros. Y por su pasión en las causas que apoya y que defiende. Siempre con una mezcla de idealismo y experiencia que  resultan muy emocionantes. Puede ser divertida, pero también dura. Leo sus columnas, la sigo en Twitter y en Facebook, para que a veces me indigne y a veces me reconforte. Depende. También me gustan sus novelas. Pero, sobre todo, cuando escribe, sin dobleces y en pocas palabras, de sus amores y de su amor. Y de haberlo perdido.
  4. Maruja Torres. La última porque para mí ella es «La más grande», no Rocío Jurado. Es lista, aguda, escribe como Dios y tiene los ovarios tan bien puestos que me ha dejado muchas veces sin palabras. Ella es mi ídolo, simplemente. En lo profesional y en lo personal. Y ya está. Sabe tanto, que sabe hasta irse. Como hizo con El País, porque ya no era el periódico que ella conoció.

Por ellas y por muchas más, que nos hacen sentirnos orgullosas y animan a las siguientes generaciones a querer ser periodistas también. Gracias

Hasta la próxima entrada

 

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Genet escribe cartas desde París

Vaya por delante que Janet Flanner -este era el verdadero nombre de Genet- no me cae bien. No sé por qué, la verdad. Me parece una de esas personas conscientes de su inteligencia y superioridad intelectual, que insiste en demostrarlas constantemente. Y eso me resulta cargante.

También tengo la sensación -y eso sí que es una opinión totalmente personal, e incluso diría que infundada- de que no trató bien a sus parejas, hombres y mujeres, y de que se aprovechó de ellas (sobre todo de ellas) y de la devoción que, sin duda le demostraron.

Aunque en 1921 hizo reportajes para National Geographic, viajando a Turquía y Grecia con Solita Solano, su compañera y secretaria durante décadas,  Janet desarrolló prácticamente toda su carrera periodística en París, como corresponsal de The New Yorker. Vivió en la capital francesa durante 50 años, con regresos frecuentes y de diferentes duraciones a los EE.UU.

Perteneció a la famosa Generación Perdida de americanos residentes en París, entre los que se encontraban también personalidades tan conocidas y reconocidas como Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Dos Passos, Djuna Barnes, o su íntima amiga Gertrude Stein, entre otros. También se codeó allí con intelectuales y artistas europeos de los que han hecho historia, como Cocteau, Matisse o el mismísimo Picasso. Desde luego, no puede decirse que su vida no estuviera repleta de estímulos y emociones.

Eso sí, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, ella y Solita volvieron a su país, huyendo de las bombas y de los nazis. Genet vivió algunos años en Nueva York, con una nueva compañera, Natalia Murray. Solo volvió a Europa para cubrir el Desembarco de Normandía, las hazañas del ejército norteamericano y el triunfo de las tropas aliadas sobre el nazismo.

Durante los años siguientes, de nuevo con Solita, fue testigo y cubrió los hechos más relevantes de los años centrales del siglo pasado, repleto de guerras, revoluciones y crisis de toda índole.  Genet escribió sus «cartas» desde Europa en The New Yorker sobre los Juicios de Nurember o la revolución de Hungría, entre otros momentazos inolvidables de la Historia.

Su vida como periodista se concentra en su columna, que escribió durante más de 40 años, bajo el título «Cartas desde París (desde Roma en 1949)». Y ya está. Algunas colaboraciones con NBC radio, una recopilación de artículos y una novela de escaso éxito y dudosa calidad, The Cubical City, completan su obra.

Pero, sin duda, disfrutó de la vida. Conoció a personas extraordinarias, presenció grandes acontecimientos históricos en los que pudo profundizar, viajó y tuvo amores intensos. Una afortunada. Como anécdota, participó incluso en el famosísimo debate con Gore Vidal y Norman Mailer en el Show televisivo de Dick Cavett en 1971. No se perdía una…

Vivió una vida intensa, siempre desde una actitud distante y algo malhumorada. Su forma de contar las cosas y su tono me resultan algo molestos, como si menospreciara su suerte y, al mismo tiempo, quisiera demostrar a todos que se merecía esos privilegios.

Releyendo lo que escribo, me cuestiono si mi poca simpatía por Flanner se debe únicamente a la envidia, pero creo que no. La vida de otras muchas personas, de mujeres que aparecen o aparecerán en este blog, me resulta tan admirable, interesante y apetecible como la suya. Y me gustan. Algo en la impostura de Genet, su forma de hablar, su gesto condescendiente y su altivez, me alejan de ella.

Tuvo tanta suerte que las dos mujeres que la acompañaron de una forma más estable a lo largo de su vida, Natalia y Solita, regresaron siempre a ella. Natalia la cuidó hasta el día de su muerte, en 1978.

Estoy segura de que era una gran profesional. Estoy convencida de que tenía virtudes personales que desconozco y que la hicieron digna del amor y la amistad de muchas de esas grandes personas que he citado.  Pero hay personajes por los que sientes atracción y por otros, rechazo o, simplemente, indiferencia. Y este es el caso. Decidid vosotros lo que sentís por Janet, aunque no os he puesto fácil que os guste ¿Verdad?

Hasta la próxima entrada.

 

 

 

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Las mujeres de Mabel Lozano

Conocí a Mabel Lozano en una reunión de trabajo hace dos o tres años y me impresionó mucho y positivamente, pero también acabé extenuada por su energía, y eso que yo tengo lo mío.

Es una mujer que transmite pasión e ilusión puras por lo que ha decidido hacer. Puede que alguno de vosotros la recuerde en los primeros años públicos de su profesión, presentando Noche de Fiesta o La Ruleta de la Fortuna, o como actriz en Los ladrones van a la oficina, por ejemplo. Pero ahora, si hablas con ella, te cuesta reconocerla en aquellas labores  y cuesta creer que sea la misma persona.

Aunque seguro que es la misma, pero todo eso fue antes de darle el volantazo a su vida profesional que, en 2007, la llevó a hacer documentales, cortos e incluso spots como realizadora, tras formarse para ello.

En todos sus trabajos, las mujeres son -somos- las protagonistas, el centro de historias que reflejan realidades, a veces terribles y dolorosas, y otras emocionantes, pero siempre miradas -y vistas- desde el respeto, incluso el amor, diría yo.

Es difícil de olvidar su primer documental, Voces contra la trata de mujeres, en la que denuncia la compra-venta de niñas y mujeres para su explotación sexual. Sin amarillismo facilón, con la verdad, «simplemente»,  y el conocimiento de las circunstancias de estas mujeres, Lozano nos abofetea con una realidad repugnante, con nombres propios, padres, hermanos e hijos en sus países de origen.  Historias personales y mucha amargura.

Su último proyecto, Chicas Nuevas 24 Horas, aborda también la enorme vergüenza humana que es la trata de mujeres. Es ya una iniciativa más compleja- y ambiciosa-, en la que Mabel trabaja codo con codo con Charo Izquierdo, centrándose el documental de la primera y la novela de la segunda – Puta no soy , que se complementan, en una mujer real, víctima de la esclavitud y la humillación que viven miles de mujeres en el mundo.

Y entre estos dos trabajos, en los que el denominador común es evidente, Lozano ha llevado a cabo varios más, siempre sobre mujeres. Experiencias, memorias, preocupaciones.

Me interesó especialmente su enfoque sobre la maternidad en Madre, de 2012, donde aborda esta función desde el entorno que nos rodea, a cada una el suyo, pero desde luego muy diferente a la de nuestras madres y abuelas. La propia directora lo explica con mucha claridad, con su habitual lenguaje directo y su tono franco, que no logran ocultar el profundo conocimiento de la materia y la amplia investigación previa, que le permite «parir» -nunca mejor dicho- todos los trabajos que he tenido la oportunidad de ver.

No me quiero dejar tampoco Las sabias de la tribu, una preciosa película sobre mujeres muy diferentes -públicas y anónimas-, pero todas extraordinarias, que nos hacen el honor de compartir con nosotros cómo han superado grandes dificultades, de muy diversa naturaleza. Una, en la política, otra para hacer teatro, la que quería estudiar y no pudo hacerlo hasta que fue mayor, una ex-atleta, una mujer lesbiana que tuvo que pelear por su opción, una escritora… Historias de mujeres libres porque «se lo han trabajado». Pura admiración.

Un año antes, otras cinco mujeres, en este caso atletas paralímpicas, fueron también las protagonistas de La Teoría del Espiralismo. El documental narra las historias cotidianas  de las nadadoras María Teresa Perales y Sara Carracelas, de la ciclista Raquel Acinas, de la atleta Eva Ngui y de la jugadora de baloncesto Cristina Campos.

Como socia de CIMA (Asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales), Lozano trabaja también porque otras mujeres, como ella misma y otras que son también conocidasd y reconocidas, tengan la oportunidad de hacer cine, de ficción o documental, o como les dé la gana, en un país y en una industria en los que las cosas no son fáciles para nadie, pero menos aún para las mujeres. Como en tantas otras cosas.

Pero las historias que cuenta Mabel Lozano no son solo «películas» – que tampoco sería poca cosa-. Son sobre personas y sus vidas, muchas de ellas con amarras, o que luchan por romperlas e, incluso, algunas que lo han conseguido. Mujeres de verdad, que esta cineasta nos ha descubierto o ayudado a conocer mejor.

Y esto tiene que seguir creciendo.

Hasta la próxima entrada.

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Un país demasiado bello

 

Hay personas que son recordadas por un par de hitos de su biografía, aunque esta, como cualquier vida, haya tenido otros más relevantes para su protagonista o para el mundo. A Martha Gellhorn se la recuerda, sobre todo, por haber sido una de las esposas de Hemingway y por su trabajo como corresponsal en la Guerra Civil española. Ambos aspectos fueron, desde luego, actividades de riesgo, pero no los más importantes ni extraordinarios que vivió. Que una película de Hollywood, con Nicole Kidman como protagonista, se centrara en estos dos hechos, contribuyó sin duda a que sobresalieran.

Gellhorn tuvo una larga existencia, a la que ella misma puso punto y final cuando lo decidió, a los casi 90 años, en 1998. Durante esas casi 9 décadas, fue una mujer moderna de verdad. Para la época en la que le tocó vivir, y también si fuera contemporánea nuestra .

Hija de un ginecólogo alemán y de una sufragista, nieta de judíos y protestantes, Martha siempre destacó. Sin llegar a acabar los estudios, se lanzó al mundo para ser periodista con apenas 20 años. Tras publicar en The New Republic, logró su sueño de ser corresponsal, durante dos años en París, con la United Press.

Luego volvió y recorrió su país como cronista de la Gran Depresión e investigadora de campo para la Federal Emergency Relief Administration de Rooswvelt, en la que colaboró con Dorothea Lange, fotoperiodista, con la que reflejó la mísera vida de las familias que sufrieron los estragos de aquellos años terribles, a lo largo y ancho del país.

Esta activista del Pacifismo, pasó años de guerra en guerra. Primero, nuestro conflicto civil, cuyo seguimiento compartió con Hemingway, durante los primeros años de su romance intermitente, y antes de su turbulento matrimonio.

Durante ese tiempo, en 1938, fue cuando escribió a Eleanor Roosevelt desde Barcelona, la famosa carta en la que decía sobre España: «¿Y sabe otra cosa? Este país es demasiado bello como para que los fascistas lo hagan suyo. Ya han convertido Alemania, Italia y Austria en algo tan repugnante que incluso el paisaje es feo. Cuando conduzco por las carreteras de aquí y veo las montañas de piedra y los campos áridos a ambos lados, los parasoles clavados en la arena de las playas, los pueblos del color de la tierra y los lechos de grava de los ríos, la cara de sus agricultores, pienso: ¡hay que salvar España para la gente decente, es demasiado hermosa como para desperdiciarla!»

Y después de la caída de España, Martha siguió narrando la II Guerra Mundial, a pesar de la resistencia y los celos de su flamante marido. Desde Finlandia, Hong Kong, Birmania, Singapur y Bretaña. Llegó a hacerse  pasar por camillera para informar sobre el desembarco de Normandía y fue de las primeras en contar los horrores de Dachau.

Tras la Guerra y el divorcio, Martha siguió con su vida y con su trabajo. Escribió varias novelas, fue amiga íntima de los Roosevelt e informó sobre África y la Unión Soviética, entre otros temas centrales de las décadas siguientes. Incluso recibió el prestigioso Premio O. Henry.

Pero ni siquiera todo eso consiguió hacer sombra a que el Premio Nobel de Literatura más universal le dedicara nada menos que su novela  Por quién doblan las campanas, inspirada en la Guerra Civil española. Hay cosas contra las que es inútil rebelarse.

En todo caso, en mi recuerdo, la prosa de Gellhorn y su extraordinaria vida siempre brillarán más que las del sobre valorado y, en el fondo, machista Ernest.

Hasta la próxima entrada.

 

 

 

 

 

 

 

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Siempre nos quedará la radio

Esta semana pensaba escribir sobre esto o aquello. Pero esta vez es imposible hablar de otra cosa.

El viernes, 13 de noviembre, fue un día terrible. Un grupo de terroristas islamistas del ISIS asesinaron a más de 120 personas en París, simplemente porque estaban allí. En las inmediaciones del Estadio de Francia, mientras se disputaba un partido amistoso Francia-Alemania, tomando unas cervezas o cenando en una terraza cerca de la Plaza de la República, o en un concierto de rock en una sala legendaria. Viviendo.

Y de repente, todo se quebró. Las redes sociales se llenaron de noticias sobre sangre, dolor y muerte. Miles de parisinos y visitantes, profesionales de la información y ciudadanos anónimos y anonadados, contaron en primera persona lo que estaba sucediendo. Sus llantos y sus gritos llegaron pronto hasta aquí, deseando compartir su dolor, exigiendo explicaciones y demandando solidaridad. Tratando de entender y clamando contra semejante atrocidad.

Era Prime Time en la televisión, y nuestras cadenas nacionales ni se inmutaron. Todas ellas siguieron con su estúpida programación de viernes noche, como si no pasara nada. Sin mostrar el más mínimo interés por una noticia tan claramente trascendente, no solo para las víctimas, cuyo número iba aumentando minuto a minuto, sino para Europa y el mundo, que definitivamente se ha vuelto loco,  inmerso en el más absoluto y cruel sinsentido. Solo TVE 24 horas y 13TV suspendieron su programación para informar sobre los sucesos de París, seguidas algún tiempo después por TeleMadrid (y no sé si alguna tele autonómica más). Honrosas -pero minoritarias, por su audiencia- excepciones.

Es verdad que tampoco ninguna televisión ni ningún medio interrumpieron la emisión habitual para tratar el atentado del Líbano, que se cobró también decenas de vidas apenas unos días antes. Y eso está mal. Muy mal. Parece que los muertos de aquí (Occidente) y allá (el resto del mundo, y todavía más si son de otro color) no son iguales, y hay que llorar más a unos que a otros, sobre todo en los espacios públicos. Y eso es injusto. Muy injusto.

Pero no se trata de que las víctimas francesas sean de 1ª o no. Ese es otro (importantísimo) debate.  Se trata de que la noticia -como debería haber ocurrido con la del Líbano y tantas otras, aunque se produzcan lejos- conmueve los cimientos de la sociedad, mancha de sangre la libertad y siembra de miedo las vidas de millones de personas. Que tiene consecuencias humanas, sociales, políticas y hasta económicas que todavía no somos capaces de dimensionar. Que hace comparecer y cambiar los planes de los principales mandatarios políticos y líderes religiosos del mundo, y que supone un golpe más lo que llamamos civilización, haciendo dudar más todavía -si ello es posible- sobre su futuro, el de mañana mismo.

Y en este tremendo contexto, la radio mantuvo el tipo, una vez más. Cuando todos los programas nocturnos estaban a punto de cerrar la semana, borrachos de Soberanismo, Pre-campaña e imputados, saltó la noticia y, con ella, los equipos de sus asientos, hacia teléfonos y  micrófonos, para acompañarnos en esas horas de incertidumbre, espanto y dolor.

Debo decir también, claro, que muchos otros medios fueron activos y eficientes en la Red y en sus versiones online. Información permanentemente actualizada, corresponsales y enviados especiales al pie del cañón, analistas por todas partes. Es cierto.

Pero quiero hacer una loa a la radio, como medio de comunicación que siempre informa y ha informado a los ciudadanos de todos los colores y todas las clases sociales. Disponible y accesible para todos, en el baño y la cocina de todos nuestros hogares, en la mesilla de noche y en nuestro coche, acompañándonos como un amigo que nos cuenta al oído lo que pasa.

Y todas las radios, todas, estuvieron al pie del cañón informativo. Ampliando horarios, conectando con corresponsales y colaboradores, buscando testimonios, acudiendo a expertos, para intentar entender aquella locura…Haciendo periodismo en directo, como tiene que ser.

Gracias a los equipos de Angels Barceló (Hora 25,  Cadena Ser), Miguel Ángel Domínguez (24 Horas,  RNE), Juan Pablo Colmenarejo (La Linterna, COPE) y David del Cura (La Brújula, Onda Cero), por hacer bien su trabajo, junto con los responsables de otras emisoras, grandes y pequeñas a las que seguro olvido en esta brevísima relación.

Solo quería poner de manifiesto la importancia de la información en tiempo real, y de calidad, dirigida por profesionales del periodismo, capaces de contrastar y de informar con rigor, a pesar de la confusión de cifras, la información descontrolada y los rumores. Si no fuera por esto, que complementa y filtra el océano de noticias que corren como la pólvora en Twitter y en el resto de las redes sociales, el miedo hubiera sido todavía más grande. O lo que es mucho peor, la desinformación y la ignorancia.

La radio ha sido y es uno de mis grandes amores. Y nunca me defrauda.

Hasta la próxima entrada.

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Y un día, lo dijo

A todos nos ha pasado alguna vez. Por lo menos a mí me ha pasado. Normalmente, en la vida profesional, uno intenta no airear públicamente algunas de sus opiniones porque sabes que no van a encajar bien, o van a ser malinterpretadas, o sencillamente resultarán ofensivas para algunas personas. Y te las callas, durante mucho tiempo. Pero un día, con la guardia baja o en un falso ambiente de confianza, lo sueltas. Y todo es tan malo como te habías imaginado, pero ya no hay vuelta atrás. ¿Os ha pasado a vosotros también? Es frustrante, sobre todo porque todo el esfuerzo previo no ha servido para nada.

Pues si eres una de las periodistas más famosas del mundo, ya más allá del final de tu carrera, y tus declaraciones consisten en decir que los judíos centro-europeos se tendrían que haber quedado en sus países después de la II Guerra Mundial, en lugar de participar en la creación del estado de Israel, evitando así el conflicto con los palestinos, las consecuencias son una auténtica bomba mediática y hasta diplomática.

Estamos hablando de Helen Thomas, la primera mujer periodista acreditada en la Casa Blanca. Durante medio siglo cubrió la información de los gobiernos de nada menos que 10 Presidentes de los EE.UU., desde el mismísimo JFK hasta Obama, al que puso en jaque más de una vez, a pesar de sus casi noventa años, desde las primeras filas de la famosísima sala de prensa que todos conocemos.

Helen Thomas vivió más de 90 años y fue testigo de primera línea de los acontecimientos más importantes de los últimos 50, acompañando a Presidentes y Vicepresidentes norteamericanos en sus hazañas, errores, escándalos y éxitos. Helen fue la primera mujer funcionaria del National Press Club, la primera miembro y presidente de la White House Correspondents Association y, en 1975, la primera miembro del Gridiron Club (la más antigua y prestigiosa asociación de periodistas de Washington, cuyos miembros solo acceden por invitación).

Y un día, en apenas unos minutos, todo se vino abajo. Sus afirmaciones provocaron finalmente su dimisión, e hicieron que la cuestionara como profesional -aunque resulte increíble- desde todos los ámbitos, incluido su propia agencia, United Press, y la misma Casa Blanca. En 2010 dejó el trabajo de toda su vida y murió solo 3 años después, a los 92, en su casa de DC.

Unas pocas palabras acabaron con la carrera de una mujer única, la primera de muchas en muchas cosas, entregada a su oficio y un referente para la profesión. Palabras duras que molestaron a gente poderosa.

Hasta la próxima entrada