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Y un día, lo dijo

A todos nos ha pasado alguna vez. Por lo menos a mí me ha pasado. Normalmente, en la vida profesional, uno intenta no airear públicamente algunas de sus opiniones porque sabes que no van a encajar bien, o van a ser malinterpretadas, o sencillamente resultarán ofensivas para algunas personas. Y te las callas, durante mucho tiempo. Pero un día, con la guardia baja o en un falso ambiente de confianza, lo sueltas. Y todo es tan malo como te habías imaginado, pero ya no hay vuelta atrás. ¿Os ha pasado a vosotros también? Es frustrante, sobre todo porque todo el esfuerzo previo no ha servido para nada.

Pues si eres una de las periodistas más famosas del mundo, ya más allá del final de tu carrera, y tus declaraciones consisten en decir que los judíos centro-europeos se tendrían que haber quedado en sus países después de la II Guerra Mundial, en lugar de participar en la creación del estado de Israel, evitando así el conflicto con los palestinos, las consecuencias son una auténtica bomba mediática y hasta diplomática.

Estamos hablando de Helen Thomas, la primera mujer periodista acreditada en la Casa Blanca. Durante medio siglo cubrió la información de los gobiernos de nada menos que 10 Presidentes de los EE.UU., desde el mismísimo JFK hasta Obama, al que puso en jaque más de una vez, a pesar de sus casi noventa años, desde las primeras filas de la famosísima sala de prensa que todos conocemos.

Helen Thomas vivió más de 90 años y fue testigo de primera línea de los acontecimientos más importantes de los últimos 50, acompañando a Presidentes y Vicepresidentes norteamericanos en sus hazañas, errores, escándalos y éxitos. Helen fue la primera mujer funcionaria del National Press Club, la primera miembro y presidente de la White House Correspondents Association y, en 1975, la primera miembro del Gridiron Club (la más antigua y prestigiosa asociación de periodistas de Washington, cuyos miembros solo acceden por invitación).

Y un día, en apenas unos minutos, todo se vino abajo. Sus afirmaciones provocaron finalmente su dimisión, e hicieron que la cuestionara como profesional -aunque resulte increíble- desde todos los ámbitos, incluido su propia agencia, United Press, y la misma Casa Blanca. En 2010 dejó el trabajo de toda su vida y murió solo 3 años después, a los 92, en su casa de DC.

Unas pocas palabras acabaron con la carrera de una mujer única, la primera de muchas en muchas cosas, entregada a su oficio y un referente para la profesión. Palabras duras que molestaron a gente poderosa.

Hasta la próxima entrada

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¿Qué tiene de malo la realidad?

A veces es horripilante. Me refiero a esas portadas de algunas revistas del corazón o «femeninas» en las que aparecen cuerpos y rostros como de cera, en los que ha desaparecido toda expresión, y toda naturalidad.

Recuerdo un reportaje de Tamara Falcó en 2011 que me impresionó muchísimo, porque era completamente artificial y hasta grotesco. Un cuerpo diminuto, una cabeza enorme, posturas imposibles. Todo desproporción, a todas luces innecesaria. Más, incluso,  si pensamos que tenía poco más de 20 años, cuando nos enseñaba a todos su nueva casa en el centro de Madrid.

Y ese es solo un ejemplo. Las páginas de papel cuché están repletas de esas imágenes fantasmagóricas y esas figuras «borradas». A mí me dan mucha grima. Entiendo, porque lo vivo, el temor a envejecer y a la imperfección, que a las mujeres (sí, sobre todo a nosotras) nos acompaña -y a veces nos persigue- durante prácticamente toda nuestra vida. Es un asco. Pero creo que prefiero mis patas de gallo y las arrugas de mi cuello (que, por supuesto, no me hacen ninguna gracia), que parecer alguien sin vida y sin emociones, que es lo que borra, además, el Photoshop descontrolado.

Porque también he de decir que no se trata de culpar a la herramienta, que solo es eso y tiene muchos usos positivos, sino al uso psicótico que se hace de ella en algunos medios de comunicación, especialmente sobre fotografías de mujeres (sí, insisto, más en nuestro caso).

Todos tenemos en mente ejemplos patrios y extranjeros de estos excesos, algunos de los cuales llegan a ser ridículos y, por qué no decirlo, hasta patéticos. Odio pensar que nosotras preferimos vernos así, pero lo que más me cabrea es que muchos creen que queremos hacernos eso. Negar el paso del tiempo, de las hormonas, de los platos de jamón y de las risas… lo que viene a ser la vida, que a veces lleva consigo arrugas, granos, lorzas y más arrugas. ¿Y qué? Por favor, ayudémonos unas a otras a dar un corte de manga con peineta a la esclavitud de los estándares de belleza y de perfección que nos dominan, entre otras cosas.

Yo no quiero ser como Madonna, que en todos los reportajes tiene cara de momia sin alegría, ni como Isabel Presley, que rejuvenece en vez de cumplir años, ni como Carmen Martínez Bordiú, que no se parece en nada a ella misma.  Todavía se me pone la piel de gallina cuando recuerdo la portada de las dos últimas en la Revista de las Revistas. Además, es solo un engaño que únicamente se mantiene en las páginas. ¿Para qué, entonces?

En cualquier caso, me gusta ver que algo que estaba tan extendido y aceptado como hecho consumado, empieza a resquebrajarse, y que algunas mujeres de las que salen en estas revistas se quejan de que las «retoquen», y algunas incluso se niegan a ello.

El ejemplo más relevante, por su repercusión, es el de Kate (video que encabeza esta entrada), que ya había manifestado su desacuerdo antes, pero que ahora ha incluido una cláusula específica sobre el tema en su último contrato publicitario.

Ella es la más famosa y reciente, pero no la única. Nuestra Inma Cuesta organizó un buen revuelo hace poco en las redes sociales, cuando vio la fotografía que publicó el Dominical en su portada de hace unas semanas, en la que aparecían ella y Eduardo Noriega, y en la que la habían reducido a la mitad y eliminado todas las imperfecciones de su cara. Le parecía totalmente innecesario. A mí también. La foto original era preciosa, y ella aparecía tan guapa -y tan real- como es de verdad.

No quiero decir nada del trozo de nalga que le quitaron a uno de los Ángeles de Victoria Secret en una revista. ¿Se puede saber qué tipo de rectificación hay que hacerle a un cuerpo como ese? Es surrealista e increíble… E indignante.

Creo que hasta que no abordemos con naturalidad la presencia de las mujeres en los medios, empezando por nosotras mismas, esto va a ser un cambio muy lento, aunque inevitable. ¿A quién no le gusta una buena foto?¿A quién no le apetece ver caras hermosas y sonrisas deslumbrantes en las revistas de LifeStyle?¿Cómo no vamos a querer disfrutar de la ropa, el maquillaje y el peinado de los que aparecen, cuando leemos este tipo de medios? Pero es que estos esperpentos no son buenas fotos, esos cuerpos y esas caras no son bonitos y esas sonrisas están muertas.

Ser actriz, modelo o mujer en general no supone dar licencia para dejarse hacer eso…y menos para desearlo. Viva la (hermosa) imperfección.

Hasta la próxima entrada.

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POLÍTICA Y NATURALIDAD ¿MEZCLA IMPOSIBLE?

TODO COMUNICA.  Aunque simplemente os hayáis limitado a hojear (y ojear) cualquier texto sobre comunicación o ver un par de vídeos sobre el asunto, estoy segura de que conocéis esta frase. Y, aunque ya suene a lugar común, es muy cierto.

¿Y quién no prefiere una persona simpática, cercana y con sentido del humor, antes que a alguien siempre serio y estirado? No sé por qué en la política española esto no se aplica como el asunto merece, especialmente teniendo en cuenta que en los últimos años hemos tenido mucha necesidad de reír, o al menos de echar una sonrisa de vez en cuando, metidos de lleno en una crisis económica sin precedentes  y envueltos en casos de corrupción por doquier.

Estamos acostumbrados a ver a políticos anglosajones (estadounidenses y británicos sobre todo) riéndose de sí mismos y participando programas y actividades de una forma desenfadada, intentando demostrar que son personas cercanas y «normales». Se me vienen a la memoria dos casos muy evidentes, protagonizados por las mujeres más poderosas de los Estados Unidos.

  1. Una divertida imagen de Michelle Obama bailando con mucha gracia en el Show de Ellen DeGeneres, tras una entrevista distendida, en la que la Primera Dama aprovechó para promover una de sus «causas»: la de la actividad física para combatir la obesidad infantil. No solo nadie se rasgó las vestiduras, sino que el vídeo dio la vuelta al mundo y supuso un incremento de la popularidad de los residentes de La Casa Blanca. Punto para ellos.
  2. Hace unos días, en SNL, Hillary Clinton, otro incuestionable animal político, no solo bailó, sino que se lanzó a una imitación sin complejos del candidato a las primarias republicanas, Donald Trump, caricaturizando sus «originales» promesas electorales. Se ganó, de un plumazo, a millones de hispanos de su país, la mayoría de ellos potenciales votantes demócratas.  Una genialidad.

Sin embargo, en España todo es mucho más aburrido. Los políticos, por regla general, sean del partido que sean, no se relajan. Siempre se comportan igual, aunque digan cosas diferentes: hablan mucho, con grandes palabras y «desde la tribuna» (aunque estén sentado en un sofá). Frases largas y, de tantas veces repetidas -y escuchadas-, carentes de toda naturalidad…y credibilidad.

Y cuando alguien se suelta la melena, se lo comen…sus oponentes. Si baila Iceta en la campaña catalana, es un frívolo que no se toma en serio «la que está cayendo», dicen unos. Los mismos que no entienden por qué se critica a la Vicepresidenta del Gobierno por su coreografía en El Hormiguero.   Yo tampoco lo entiendo, ni lo uno ni lo otro.

Hasta los «nuevos políticos», con excepciones y momentos excepcionales, siguen dando «la brasa», con discursos grandilocuentes y palabras vacías que tienen hasta el moño al ciudadano medio, que está ávido de normalidad y, por qué no, de diversión.

¿Qué tiene de malo ser abierto y dicharachero? ¿O simplemente humano, además de político? Nada en absoluto. Si lo eres y dices tonterías, eres un tonto – como diría Forrest Gump-. Y si no lo eres y las dices, también. Reivindico momentos divertidos o personales,  protagonizados por nuestras políticas. Diamantes, por lo escasos y valiosos que son:

  1. Ada Colau, en Viajando con Chester, se confiesa con Pepa Bueno, mostrando su ansiedad por no poder pasar más tiempo con su hijo desde que es alcaldesa de Barcelona. Lo mejor de la entrevista, lo que seguro que la acercó más a los espectadores – y espectadoras-, incluso a las que no comulgan con ella políticamente.
  2. También tiene su punto Trinidad Jiménez. Incluso abordando temas tan importante como el reconocimiento del Estado Palestino, es capaz de mostrar soltura y de enfrentarse a las preguntas desconcertantes e irónicas de Wayoming sin despeinarse.
  3. Esperanza Aguirre no se corta. Tendría muchos ejemplos, pero no me resisto a compartir el chotis con Pablo Motos, vestida de chulapa. No me canso de verlo.
  4. Y cierro con mi favorita, en lo que a este tema se refiere, claro:  Cristina Cifuentes.  Genio y figura. Lo mismo se hace una coleta en El Hormiguero, que se ríe del nefasto día elegido para ir a El Intermedio, siempre con una sonrisa. Y nadie cree que no se tome en serio su trabajo, ni cuando era Delegada del Gobierno en Madrid, ni ahora como Presidenta autonómica.

Podría seguir, pero no mucho. Si los políticos hombres no se relajan, menos aún las mujeres. Probablemente por lo que pasa también en otros ámbitos y, en general, en este mundo todavía masculino. Tenemos que ser mucho más todo, para que no se nos considere mucho menos.  También mucho más serias. Una pena

Pues yo, sinceramente,  elijo a la gente espontánea. Me la creo ¿Y tú?

Hasta la próxima entrada

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La dignidad y la muerte

La historia de la niña Andrea –a la que por fin han dejado descansar–  y la lucha de sus padres, ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre la eutanasia, el suicidio asistido y la muerte digna. No son la misma cosa, ya lo sé. Pero, en el fondo, la cuestión es una, por lo menos para mí. Porque todo se reduce a una gran pregunta, que nos tortura o nos hace rebelarnos: ¿Por qué y para qué debemos soportar el dolor, el deterioro y el miedo de los últimos momentos de la vida (eso es, ni mas ni menos, la muerte)? ¿Qué sentido tiene sufrir sin esperanza?

Supongo que la fe y, sobre todo, las creencias religiosas (que no son exactamente lo mismo) pueden determinar la respuesta a esta tremenda pregunta. Pero yo, que perdí esa fe hace ya mucho tiempo, soy incapaz de entender la necesidad de dejar este mundo penando hasta el final. Si es hora de irse, que sea pronto, con los míos y sin dolor.

Tal vez a alguno os sorprenda que saque este asunto aquí. Pues os lo explico: los temas como este, y como otros controvertidos, se reabren de cuando en cuando, casi siempre relacionados con un caso concreto que salta a la opinión pública, y más si este no se resuelve fácil y rápidamente. Y el último de estos ejemplos es, precisamente, el de Andrea. Pero no es el único. Otras mujeres y niñas, por sus circunstancias,  nos hicieron reflexionar y hablar públicamente sobre todo esto:

  1. Antes que Andrea, la historia de otra niña también nos conmovió profundamente. Se trataba de Gina, de 11 años, hija de la periodista catalana Elisabet Pedrosa. Hace poco más de un año, y después de meses en el hospital mientras el extraño Síndrome de Rett acababa con ella, tuvo «una muerte luminosa y llena de vida«, en casa, abrazada por su familia. Su madre, una gran luchadora, escribió después un precioso libro, Seguiremos viviendo, en el que habla sobre su terrible pérdida y la experiencia de la familia.
  2. Otra historia extraordinaria es la de Brittany Maynard. Esta estadounidense de 29 años, decidió morir cuando ella quiso, junto a su marido, en noviembre del año pasado. Para ello tuvo que dejar su casa y mudarse a Oregon, para poder hacerlo legalmente. Quería seguir decidiendo sobre su vida, hasta el final. Y permanecer en el recuerdo de los suyos todavía con brillo en los ojos y ganas de sonreír, no deshecha por el dolor e hinchada por los fármacos.
  3. Este verano me sacudió especialmente la historia de Laura, una joven belga de 24 años, deprimida desde su infancia, que solicitó la eutanasia a las autoridades de su país, donde esta es legal, aduciendo un argumento demoledor: «la vida no es para mí«. No sé qué ha sido de ella ni si finalmente murió,  pero debo decir que entiendo el cansancio de vivir y defiendo el derecho a salir de aquí cuando y cómo uno quiera, y el de ser asistido y acompañado en esa marcha,

Son solo 4 nombres de mujer, que representan a personas de todo el mundo que claman – para ellos o para alguno de los suyos- por la dignidad de la muerte, exactamente igual que para el resto de la vida, y por la libertad del individuo para decidir sobre ella en todo momento.

Si pensamos en la vejez, todo esto se convierte en un concepto mucho más amplio, una decisión casi social. Cuando lo pienso, para mí y para los míos, lo que se me viene a la cabeza es aquella frase de Oscar Wilde «Lo peor no es envejecer; lo verdaderamente malo es que no se envejece», que cita Rosa Montero en este hermoso artículo del año pasado, a los pocos días de la muerte de Brittany. Uno puede estar lleno de vida y ganas de disfrutarla hasta los 100 años,  pero es posible que otros no estemos dispuestos a aceptar la devastación del tiempo sobre nuestro cuerpo, mientras nuestro espíritu y nuestra cabeza siguen siendo jóvenes.

Como Rosa Montero, reconozco que para esto soy una cobarde y reivindico a los que lo son como yo -muchos, me temo-  recordando las palabras de Javier Sádaba en su inolvidable y sentido Recuerdo Vivo, «confieso mi miedo a morirme y, cómo no, a que mueran los que amo. E incluso a que mueran los que no he conocido ni conoceré«.  Y, sobre todo, confieso mi miedo al sufrimiento.

Me niego a asumir, de acuerdo con Manuel Vincent en El País de hoy, que «nuestro último trance todavía está fiado al destino, que según su capricho puede otorgarte la gracia de morir de repente o durante el sueño o mediante una bajada suave sin dolor hacia la disolución en la ilimitada oscuridad o bien podrá ensañarse contigo hasta el extremo de la máxima alevosía sin que nadie se atreva a oponerse directamente a esta tragedia«. Pues yo me opongo con toda mi alma  y lucharé por una «muerte luminosa» para los que amo y para mí misma. Lo juro

Hasta la próxima entrada.

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5 estrellas con energía social

Como profesional de la comunicación, suelo preguntarme con bastante frecuencia por qué algunas acciones, gestos y palabras tienen impacto social y otros no. Muchas veces llego a la triste conclusión de que no hay respuesta para esa pregunta, y en ocasiones llego a plantearme la jubilación anticipada porque, verdaderamente, hay cosas difíciles de entender. Un «experimento» social, con un poco de maquillaje y unas dosis de emoción (más o menos real) enciende las redes sociales y, sin darnos cuenta, está en los informativos y las primeras páginas de los diarios.  Sin embargo, una iniciativa seria y ambiciosa de un grupo u organización, que invierte dinero y esfuerzo en mejorar la vida de las personas pasa totalmente inadvertida. Misterios de los corazones y las mentes de los seres humanos.

Hay algunas variables que ayudan. El humor, la ternura, los niños y los gatitos suelen funcionar. Pero lo que es, indudablemente, una apuesta segura es que la voz de una causa sea la de alguien conocido, siempre, claro, que esa persona -o su personaje- despierten un mínimo respeto, reconocimiento y, por encima de todo, credibilidad.

No hay una combinación más potente que la que hay entre la luz brillante de una estrella del espectáculo, la moda u otra forma de arte, y el valor de las palabras, reivindicando Justicia, Paz, Igualdad, Solidaridad o cualquier otra de las grandes palabras que dignifican al ser humano. Esto es un hecho irrefutable.

Da un poco de miedo, si  lo piensas. El riesgo de que todo sea un papel más, del que serán desenmascarados algún día,  no es impensable. Y, lo que es peor, la misma influencia se encuentra también si la combinación es para promover o defender ideas perversas o dañinas.

Dejando de lado, por un momento, esos temores, veamos el lado bueno de todo esto, con ejemplos de mujeres conocidas y reconocidas internacionalmente, que utilizan ese privilegio para gritarle al mundo que lo estamos convirtiendo en una basura, pero que se puede hacer mucho para evitarlo. Para las mujeres, para los niños hambrientos, contra las guerras y la pobreza, ante el sufrimiento.

  1. Emma Watson. Solo con su discurso en la ONU, de poco más de 10 minutos, lleno de sinceridad, emoción e incluso inocencia hizo más por la causa del Feminismo que miles de mujeres que luchan por la igualdad de género en todo el mundo. Aunque esta conclusión es algo frustrante, me quedo con las consecuencias.
  2. Susan Sarandon. Una clásica en el activismo de Hollywood, durante su relación con Tim Robbins y después. Es Embajadora de las Naciones Unidas y muy significada políticamente, en la izquierda (estilo USA) del partido Demócrata. Me encanta  Heifer Internacional, la organización de la que forma parte desde hace tiempo y que dona animales de granja a las familias que los necesitan para trabajar.
  3. Meryl Streep. Esta grandísima actriz también trabaja en favor de las mujeres de su profesión. Aunque no se reconoce como Feminista – otra vez el tabú de esa preciosa palabra-, sino como Humanista, lo importante es que habla y actúa en favor de las mujeres, que es lo que cuenta.
  4. Angelina Jolie. En abril, y ante la ONU, ya alertó al mundo sobre el drama de los refugiados sirios que ahora ocupa todas las páginas e informativos del mundo y que ocupa y preocupa a los gobiernos europeos, en una especie de exposición pública de mezquindad y miedo. No le hicieron mucho caso, es verdad, pero lo intentó, una vez más. Jolie lleva años trabajando con refugiados y pueblos en guerra.
  5. Patricia Arquette, que aprovechó su discurso de agradecimiento por su Oscar de este año para reivindicar la igualdad salarial entre hombres y mujeres, provocando la aclamación de sus compañeras de profesión, entre las que destacaron la propia Meryl Streep y Jennifer Lopez, que se desgañitaron desde el patio de butacas, mostrando su inequívoco apoyo.

Estos nombres dignifican una profesión que muchas veces es tachada de frívola, la mayoría de ellas con buenas razones. Sin embargo, como comunicadora no puedo dejar de valorar la capacidad de sus voces para llegar al corazón y a la conciencia de la sociedad y de los ciudadanos, con una velocidad y amplitud espectaculares, y me alegro por ello. Como mujer, me gustaría que la voz  de todas las personas (hombre y mujeres) anónimas que trabajan todos los días, durante años, por estas y otras causas igualmente justas, tuviera la misma fuerza, aunque solo fuera por el valor moral de esos luchadores.

Hasta la próxima entrada

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Oriana Fallaci: una vida repleta de vida

En este Blog no podía faltar Oriana Fallaci, un nombre que toda mujer periodista o escritora ha repetido varias veces, y más si es europea.  En este caso, para mí, se mezclan sentimientos. La admiro, por supuesto, pero los alegatos de sus últimos años, tras los atentados del 11 S en Nueva York, contra el islamismo radical, me resultan inquietantes y, en sus escritos y declaraciones, no veo claramente la -evidente- y deseable diferencia entre la crítica a ese radicalismo infame y el respeto a la fe musulmana y a los individuos que la profesan pacíficamente. Y me parece peligroso. Probablemente su profundo repudio al antisemitismo y el impacto de lo ocurrido en 2001 se mezclaran en su alma.

Dicho esto antes de seguir, la vida de Fallaci es, por sí misma, una historia apasionante y, en cierta manera, envidiable para cualquier mujer, especialmente si tenemos en cuenta que nació en 1929 y las mujeres de su generación -y de varias posteriores- no tuvieron el privilegio ni el derecho a vivir grandes cosas. Ella fue, al mismo tiempo, una afortunada y una luchadora. Y se lo ganó.

Desde la infancia hasta que en 2006 la venció «el otro» (como ella llamaba al cáncer de pulmón que sufrió durante varios años),  pasó por el mundo dejando huella. Hija de un activo antifascista, Edoardo Fallaci, siendo una niña luchó activamente contra el fascismo en su Italia natal, como correo para la Resistencia italiana durante la ocupación nazi de su ciudad, Florencia, en la II Guerra Mundial. Fue condecorada después de la contienda, cuando contaba solo 14 años.

Su vida y su profesión siguieron siendo emocionantes después. Aunque empezó a estudiar medicina, decidió después dedicarse al periodismo, como su tío Bruno, con el que trabajó en algunas publicaciones. Y lo que pasó después es ya Historia del Periodismo. Alternó Estados Unidos con Italia como lugares de residencia, y viajó como enviada especial a los más relevantes conflictos de su tiempo. Cabe destacar sus vivencias en Vietnam, que marcaron su vida y su carrera. Y entrevistó a todas las personalidades y personajes de su época. Hombres y mujeres admirables y despreciables en proporciones similares.  Desde Henry Kissinger a Fellini, de Jomeini (es famoso su enfrentamiento y el gesto de quitarse el chador que la obligaron a ponerse para la entrevista) a Indira Ghandi, de Arafat a Sean Connery, de Golda Meir a Gadafi.  Gran entrevistadora, ampliamente reconocida por esta labor, reunió varios de sus trabajos en el libro Intervista con la Storia, de 1974.

Pero más allá de su trabajo, Fallaci tuvo experiencias y momentos únicos también personalmente. En 1968, durante la Matanza de Tlateloico en México, a la que asistió como periodista y como activista, fue dada por muerta e incluso trasladada, herida, al depósito de cadáveres, donde, afortunadamente descubrieron que seguía con vida. Ella describió la masacre como «peor que las que había visto en la guerra».

Y en lo puramente privado también tuvo una vida apasionante, aunque dura. Conoció a su compañero de vida, Alekos Panagulis, opositor a la Dictadura de los Coroneles griega y vivió con él 3 años, hasta su muerte, en 1976, cuando su coche se estrelló. Oriana nunca creyó que fuera un accidente, al igual que la muerte de su amigo Pasolini. Lettera a un bambino mai nato, uno de sus mayores éxitos editoriales,  fue su homenaje al hijo que no llegó a nacer, fruto de su relación con Panagulis. Y, tras llorarlos a ambos,  continuó trabajando y recorriendo el mundo, para contarlo.

Con esta vida tan intensa y apasionante, que incluso ha dado para una miniserie en la RAI, no es de extrañar la prolífica obra de Oriana Fallaci, tanto periodística como narrativa.

Tenía muchísimas cosas que contar.

Hasta la próxima entrada.

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«Esclavas del poder»: «no nos callarán»

En México es difícil ser periodista . Hace apenas unos días, asesinaron al fotoperiodista Rubén Espinosa y a cuatro mujeres que se encontraban con él en el momento de su «ejecución», entre las que se encontraban la activista Nadia Vera y Alejandra, la empleada de hogar, así como un par de amigas más. Algunos  de ellos se habían atrevido a molestar al Poder, allá en Veracruz, y los mataron a todos.

En México también es muy duro ser mujer. La trata, las violaciones y la violencia machista son frecuentes.  La sociedad mexicana, como la nuestra, sigue teniendo ramalazos culturales de aquello de «los hombres de verdad», la falsa protección y la dominación real. Esto, mezclado con el narcotráfico y la corrupción, ponen a las mujeres en el punto de mira, literalmente hablando.

Así que ser mujer, periodista peleona y feminista en aquel país es triplemente arriesgado.  Lydia Cacho es una de esas mujeres valientes e incansables. Desde siempre, ha alzado la voz en defensa de las mujeres en general y de las su país en particular. Ha denunciado también la corrupción y se ha metido hasta los ojos en las historias que ha escrito para denunciar, pero también para reclamar Justicia (con mayúsculas).

Eso, y menos en México, nunca es gratis y a ella le ha pasado una factura elevada, y aún tiene que estar agradecida de seguir con vida, a pesar de cuestionar a los poderosos, que además se ayudan y conspiran juntos contra los que amenazan el status quo y sus negocios o negocietes .  Tuvo que salir zumbando del estado de Puebla, amenazada de muerte. Antes, fue detenida y procesada ilegalmente por el Gobernador,  haciéndole un favor al «empresario» libanés al que ella había osado poner en la picota en su libro Los demonios del Edén, donde desvelaba una red de pornografía infantil.

La detuvieron nada menos que por Difamación, la retuvieron y la torturaron. Los pillaron, sí. Hubo un gran escándalo, es cierto. Pero ella, por esta y otras razones igual de inaceptables, tuvo que huir y refugiarse en casa de su hermana. Hace apenas unos meses participó en un careo con el policía que encabezó el grupo de agentes torturadores a los que sufrió en 2005. Durante varias horas, Lydia relató las 30 de horror a la que la sometieron por hacer su trabajo y por denunciar una gran red de pederastia y el abuso de decenas de niñas.

Pero Cacho no se rinde. En 2010 publicó Esclavas del poder, investigación periodística con historias contadas a la autora por mujeres y niñas que sobrevivieron a las redes mundiales de trata de personas. Historias tremendas contadas en primera personas, en entrevistas que, en sus propias palabras, eran, cada una, «la entrevista más dura de mi vida, hasta que llegaba la siguiente».

Y sigue peleando por las mujeres y su dignidad, por los Derechos Humanos que deberían asistirlas y protegerlas y por la Libertad de Expresión. Escribe sus artículos en los diarios nacionales, aparece en los canales de televisión y publica en su propio blog y en los de otros, como en este reciente texto, en el que precisamente hace referencia al asesinato de Rubén Espinosa, con especial atención a las mujeres que lo acompañaban:  Nadia Vera Pérez,  Yesenia Quiroz, Alejandra y una colombiana de la que no conocemos el nombre pero que también fue violada y asesinada, como sus tres compañera.

No nos callarán.

Gracias, Lydia.

Hasta la próxima entrada

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Yo soy de Clara ¿Y tú?

El derecho al voto de la mujer es, por decirlo suavemente, cosa de «anteayer». En España, fue en la II República cuando lo aprobó el Congreso de los Diputados, por 161 votos a favor, 121 en contra y muchas ausencias intencionadas de sus Señorías, prácticamente todos hombres.  En ese bosque de corbatas y trajes oscuros, solo dos excepciones: Clara Campoamor y Victoria Kent. Curiosamente, en el parlamento republicano, las mujeres podían ser elegidas… solo por hombres.

Volviendo al caluroso agosto del año 1931, el primero de aquella breve y joven República con trágico final, nos encontramos con un tema candente y una controversia inesperada, entre las dos únicas mujeres diputadas. ¿Y por qué se enfrentaron en este tema? Pues básicamente por cuestiones políticas. Para Clara, la igualdad entre los ciudadanos («antes que mujer, soy ciudadana») estaba por encima, y por delante, de los intereses de su partido. Por su parte, Victoria temía las consecuencias de conceder el voto a las mujeres, en aquella época bastante influidas por la Iglesia en su visión del mundo.

Ambas diputadas y varios diputados de la época participaron en aquel debate histórico, en el que Clara se encontró con el desacuerdo de sus propios compañeros de partido, que se barruntaban -con acierto- que si las mujeres acudían a las urnas, el siguiente parlamento sería de derechas, lo mismo que el Gobierno republicano.  Pero Clara, que no era tonta y lo presagiaba también, no se dejó arredrar y mantuvo sus convicciones Humanistas (así se definía ella, más que como Feminista) hasta el final.

He traído esta historia aquí porque los discursos que pronunciaron las dos me parecen ejemplos de comunicación persuasiva y su tono, enfoque y planteamiento, modernos incluso para la época actual, tan reaccionaria en muchas cosas. Clara Campoamor fue directa y respetuosa con Kent, que habló antes que ella. Su punto de vista huyó del corto plazo, y del foco en las siguientes elecciones y de las miserias partidistas, augurando un triste y reprochable futuro a una sociedad que no permitía que la mitad de sus integrantes expresaran su opinión y participaran de la Soberanía Popular, aun estando ella en desacuerdo con las decisiones derivadas de esa nueva situación.

Victoria, sin embargo, argumentando falta de preparación o de conciencia social en las mujeres de su tiempo, pidió que el voto de la mujer se concediera más adelante, en el desconocido momento en el que se las considerase (supongo que por los hombres y las mujeres «especiales») preparadas para ello. Debió de ser duro y difícil para Kent pronunciar aquella intervención parlamentaria. Pero hizo su elección.

Finalmente, el Congreso aprobó el sufragio femenino en otoño de aquel mismo año. Y, sí, en 1933, en gran parte por el apoyo de las mujeres, ganó la derecha y la CEDA de Gil Robles, con sus principios de Religión, Familia, Orden y Prosperidad,  tal y como vaticinaron Victoria Kent y los compañeros de Partido de Campoamor, que, sin embargo mejoraron sus resultados también y el mismo Lerroux fue el encargado de formar Gobierno. La izquierda se dio un importante batacazo.

El siguiente paso, si las cosas hubieran evolucionado pacífica y democráticamente, hubiera sido la lucha de la izquierda para que las mujeres salieran de las faldas de las sotanas de sus confesores, para decidir por ellas mismas. Pero la Guerra y, sobre todo, las décadas de dictadura de Franco, truncaron estos y muchos otros planes de libertad, justicia e igualdad y nos convirtieron en un país tenebroso y anómalo durante demasiado tiempo.

Hasta la próxima entrada.

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¿Te acuerdas de Pilar?

Si, por curiosidad, preguntara nombres de periodistas españolas del S. XX,  me sorprendería que muchos mencionáramos el de la aragonesa Pilar Narvión.

Ella, junto con muy pocas otras, fue testigo y escriba de muchos de los principales acontecimientos de los últimos años del franquismo y primeros de la democracia, Golpe de Estado de Tejero y compañía incluidos.

Así que aquí tenemos a una de las representantes más destacadas del periodismo español desde los años 50 y casi la hemos olvidado. El hecho de que desde su jubilación, a principios de los 80, apenas volviera a publicar nada,  seguro que no ayuda. Y que no fuera amiga de homenajes ni apariciones públicas nostálgicas, tampoco.

Pero su experiencia es un «imprescindible» para las que nos dedicamos o querríamos dedicarnos a esto. Y para las que admiran a las mujeres fuertes, inteligentes y valientes. Y para todas las demás.

Pilar fue la primera mujer que formó parte de la redacción del diario Pueblo, aquel periódico que para muchos representa sentimientos encontrados, por ser un medio del Régimen, por un lado, y por ser símbolo de un naciente periodismo profesional en la España de aquellos años tan tristes, por otro.

Pues ahí estaba Pilar, escribiendo de Ecos de Sociedad, de marquesas, de fiestas y bodas que no le interesaban en absoluto, pero que eran temas «propios de su sexo». Menos mal que ella no se conformó y se ganó el respeto de su director, nada menos que Emilio Romero, que decidió mandarla de corresponsal a Roma, donde cubrió la firma del Tratado y la muerte de Pío XII. Y después le tocó a París: V República de De Gaulle, la Guerra de Argelia, la Revolución del 68… Parecía ir en busca de las noticias transformadoras del siglo, para presenciarlas de primera mano, y compartirlas.

Y después de todo eso, de vuelta a la oscura España de los 70, impregnada ella ya del espíritu y los aires de Europa y sensibilizada al máximo con el papel social de la Mujer. Y aquí, ya como subdirectora del diario, otra vez a relatar la Historia (con mayúsculas): asesinato de Carrero, muerte de Franco, Transición y patochada de tricornios en el Congreso. Ahí es nada.

Y luego, se fue a su casa, a descansar. Solo el libro de su paisano y protegido Juan Carlos SorianoPilar Narvión: andanzas de una periodista perezosa, nos la trajo de vuelta. Murió en el verano de hace un par de años, solo unos días antes del fallecimiento de otra compañera, Concha García Campoy, de la que sí se acuerda todo el mundo. Y conste, que también se lo merece. Todas ellas lo merecen.

Hasta la próxima entrada.

Coltan y muerte en la República Democrática del Congo

Caddy Adzuba es congoleña, de la República Democrática del Congo. Esa mujer negra de enorme sonrisa y gesto cansado fue nada menos que Premio Príncipe (todavía no Princesa) de la Concordia del año pasado, por su labor en defensa de los Derechos Humanos y de las mujeres y niñas de su país.

Un dato que no logro digerir es que allí todos los días -cada uno de ellos- son violadas más de mil mujeres. Hay cifras, como esta, que no sé dimensionar porque se escapan totalmente a mi entendimiento. Y no porque considere que nuestra sociedad, la Occidental y blanca, es más civilizada o mejor en términos generales que ninguna otra, sino simplemente porque no soy capaz de hacerme a la idea de lo que ese trágico número significa exactamente y lo que supone para la vida de esas personas.

Los países ricos y poderosos del mundo han convertido a la RDC y a otros países africanos en sitios abandonados a la guerra, olvidados por la justicia y maltratados hasta lo indecente. Y todo por lo de siempre, el dinero, que en este caso está representado por el coltan y otros minerales de los que apenas se sabía nada hasta hace pocos años, pero que son los que mueven a este mundo hiperconectado, porque vuelven listos a nuestros móviles, por ejemplo.

Y ahí lleva décadas luchando Caddy, desde los micrófonos de la radio, abanderando los derechos y la justicia para sus compatriotas.  Su vida, claro, está en peligro, pero ella siempre regresa, porque no puede vivir, a salvo, lejos de los suyos.

Adzuba es otra mujer valiente que, con sus colaboradores (algunos de ellos mujeres que fueron víctimas de agresiones que luego se unieron a la lucha), ha conseguido logros tan enormes como la llamada Ley Dodd-Frank de reforma de Wall Street y protección del consumidor, aprobada por el Congreso estadounidense en 2010. Esta ley no ha hecho cambiar significativamente las cosas, pero es un hito histórico y social que, si se aplicara y no se deroga por intereses económicos, puede marcar un punto de inflexión.

Porque lo que en realidad busca Caddy es darle poder a las mujeres y que cada vez más africanas participen en la vida política y en los procesos de paz. Desde su activismo es firme defensora de las Resoluciones 1325 (2000) y 2122 (2013) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que reconocen que la guerra afecta a las mujeres de manera diferente que a los hombres y reafirman la necesidad de potenciar el rol de las mujeres en la adopción de las decisiones referidas a la prevención y la resolución de los conflictos.

El discurso de esta gran mujer cuando recogió su premio en Oviedo, es un canto a la justicia y a los Derechos Humanos, sobre todo para las mujeres y las niñas de su país, pero, sobre todo, un canto a la esperanza. La que mantiene a pesar de reunir, en un solo cuerpo, algunos de los mayores problemas que puede tener un ser humano en este terrible mundo.

  1. Caddy es Mujer
  2. Caddy es Negra
  3. Caddy es Africana
  4. Caddy es Periodista
  5. Caddy es Activista
  6. Caddy es Feminista

Hasta la próxima entrada