Imagen

Un país demasiado bello

 

Hay personas que son recordadas por un par de hitos de su biografía, aunque esta, como cualquier vida, haya tenido otros más relevantes para su protagonista o para el mundo. A Martha Gellhorn se la recuerda, sobre todo, por haber sido una de las esposas de Hemingway y por su trabajo como corresponsal en la Guerra Civil española. Ambos aspectos fueron, desde luego, actividades de riesgo, pero no los más importantes ni extraordinarios que vivió. Que una película de Hollywood, con Nicole Kidman como protagonista, se centrara en estos dos hechos, contribuyó sin duda a que sobresalieran.

Gellhorn tuvo una larga existencia, a la que ella misma puso punto y final cuando lo decidió, a los casi 90 años, en 1998. Durante esas casi 9 décadas, fue una mujer moderna de verdad. Para la época en la que le tocó vivir, y también si fuera contemporánea nuestra .

Hija de un ginecólogo alemán y de una sufragista, nieta de judíos y protestantes, Martha siempre destacó. Sin llegar a acabar los estudios, se lanzó al mundo para ser periodista con apenas 20 años. Tras publicar en The New Republic, logró su sueño de ser corresponsal, durante dos años en París, con la United Press.

Luego volvió y recorrió su país como cronista de la Gran Depresión e investigadora de campo para la Federal Emergency Relief Administration de Rooswvelt, en la que colaboró con Dorothea Lange, fotoperiodista, con la que reflejó la mísera vida de las familias que sufrieron los estragos de aquellos años terribles, a lo largo y ancho del país.

Esta activista del Pacifismo, pasó años de guerra en guerra. Primero, nuestro conflicto civil, cuyo seguimiento compartió con Hemingway, durante los primeros años de su romance intermitente, y antes de su turbulento matrimonio.

Durante ese tiempo, en 1938, fue cuando escribió a Eleanor Roosevelt desde Barcelona, la famosa carta en la que decía sobre España: “¿Y sabe otra cosa? Este país es demasiado bello como para que los fascistas lo hagan suyo. Ya han convertido Alemania, Italia y Austria en algo tan repugnante que incluso el paisaje es feo. Cuando conduzco por las carreteras de aquí y veo las montañas de piedra y los campos áridos a ambos lados, los parasoles clavados en la arena de las playas, los pueblos del color de la tierra y los lechos de grava de los ríos, la cara de sus agricultores, pienso: ¡hay que salvar España para la gente decente, es demasiado hermosa como para desperdiciarla!

Y después de la caída de España, Martha siguió narrando la II Guerra Mundial, a pesar de la resistencia y los celos de su flamante marido. Desde Finlandia, Hong Kong, Birmania, Singapur y Bretaña. Llegó a hacerse  pasar por camillera para informar sobre el desembarco de Normandía y fue de las primeras en contar los horrores de Dachau.

Tras la Guerra y el divorcio, Martha siguió con su vida y con su trabajo. Escribió varias novelas, fue amiga íntima de los Roosevelt e informó sobre África y la Unión Soviética, entre otros temas centrales de las décadas siguientes. Incluso recibió el prestigioso Premio O. Henry.

Pero ni siquiera todo eso consiguió hacer sombra a que el Premio Nobel de Literatura más universal le dedicara nada menos que su novela  Por quién doblan las campanas, inspirada en la Guerra Civil española. Hay cosas contra las que es inútil rebelarse.

En todo caso, en mi recuerdo, la prosa de Gellhorn y su extraordinaria vida siempre brillarán más que las del sobre valorado y, en el fondo, machista Ernest.

Hasta la próxima entrada.

 

 

 

 

 

 

 

Imagen

Siempre nos quedará la radio

Esta semana pensaba escribir sobre esto o aquello. Pero esta vez es imposible hablar de otra cosa.

El viernes, 13 de noviembre, fue un día terrible. Un grupo de terroristas islamistas del ISIS asesinaron a más de 120 personas en París, simplemente porque estaban allí. En las inmediaciones del Estadio de Francia, mientras se disputaba un partido amistoso Francia-Alemania, tomando unas cervezas o cenando en una terraza cerca de la Plaza de la República, o en un concierto de rock en una sala legendaria. Viviendo.

Y de repente, todo se quebró. Las redes sociales se llenaron de noticias sobre sangre, dolor y muerte. Miles de parisinos y visitantes, profesionales de la información y ciudadanos anónimos y anonadados, contaron en primera persona lo que estaba sucediendo. Sus llantos y sus gritos llegaron pronto hasta aquí, deseando compartir su dolor, exigiendo explicaciones y demandando solidaridad. Tratando de entender y clamando contra semejante atrocidad.

Era Prime Time en la televisión, y nuestras cadenas nacionales ni se inmutaron. Todas ellas siguieron con su estúpida programación de viernes noche, como si no pasara nada. Sin mostrar el más mínimo interés por una noticia tan claramente trascendente, no solo para las víctimas, cuyo número iba aumentando minuto a minuto, sino para Europa y el mundo, que definitivamente se ha vuelto loco,  inmerso en el más absoluto y cruel sinsentido. Solo TVE 24 horas y 13TV suspendieron su programación para informar sobre los sucesos de París, seguidas algún tiempo después por TeleMadrid (y no sé si alguna tele autonómica más). Honrosas -pero minoritarias, por su audiencia- excepciones.

Es verdad que tampoco ninguna televisión ni ningún medio interrumpieron la emisión habitual para tratar el atentado del Líbano, que se cobró también decenas de vidas apenas unos días antes. Y eso está mal. Muy mal. Parece que los muertos de aquí (Occidente) y allá (el resto del mundo, y todavía más si son de otro color) no son iguales, y hay que llorar más a unos que a otros, sobre todo en los espacios públicos. Y eso es injusto. Muy injusto.

Pero no se trata de que las víctimas francesas sean de 1ª o no. Ese es otro (importantísimo) debate.  Se trata de que la noticia -como debería haber ocurrido con la del Líbano y tantas otras, aunque se produzcan lejos- conmueve los cimientos de la sociedad, mancha de sangre la libertad y siembra de miedo las vidas de millones de personas. Que tiene consecuencias humanas, sociales, políticas y hasta económicas que todavía no somos capaces de dimensionar. Que hace comparecer y cambiar los planes de los principales mandatarios políticos y líderes religiosos del mundo, y que supone un golpe más lo que llamamos civilización, haciendo dudar más todavía -si ello es posible- sobre su futuro, el de mañana mismo.

Y en este tremendo contexto, la radio mantuvo el tipo, una vez más. Cuando todos los programas nocturnos estaban a punto de cerrar la semana, borrachos de Soberanismo, Pre-campaña e imputados, saltó la noticia y, con ella, los equipos de sus asientos, hacia teléfonos y  micrófonos, para acompañarnos en esas horas de incertidumbre, espanto y dolor.

Debo decir también, claro, que muchos otros medios fueron activos y eficientes en la Red y en sus versiones online. Información permanentemente actualizada, corresponsales y enviados especiales al pie del cañón, analistas por todas partes. Es cierto.

Pero quiero hacer una loa a la radio, como medio de comunicación que siempre informa y ha informado a los ciudadanos de todos los colores y todas las clases sociales. Disponible y accesible para todos, en el baño y la cocina de todos nuestros hogares, en la mesilla de noche y en nuestro coche, acompañándonos como un amigo que nos cuenta al oído lo que pasa.

Y todas las radios, todas, estuvieron al pie del cañón informativo. Ampliando horarios, conectando con corresponsales y colaboradores, buscando testimonios, acudiendo a expertos, para intentar entender aquella locura…Haciendo periodismo en directo, como tiene que ser.

Gracias a los equipos de Angels Barceló (Hora 25,  Cadena Ser), Miguel Ángel Domínguez (24 Horas,  RNE), Juan Pablo Colmenarejo (La Linterna, COPE) y David del Cura (La Brújula, Onda Cero), por hacer bien su trabajo, junto con los responsables de otras emisoras, grandes y pequeñas a las que seguro olvido en esta brevísima relación.

Solo quería poner de manifiesto la importancia de la información en tiempo real, y de calidad, dirigida por profesionales del periodismo, capaces de contrastar y de informar con rigor, a pesar de la confusión de cifras, la información descontrolada y los rumores. Si no fuera por esto, que complementa y filtra el océano de noticias que corren como la pólvora en Twitter y en el resto de las redes sociales, el miedo hubiera sido todavía más grande. O lo que es mucho peor, la desinformación y la ignorancia.

La radio ha sido y es uno de mis grandes amores. Y nunca me defrauda.

Hasta la próxima entrada.

Imagen

Y un día, lo dijo

A todos nos ha pasado alguna vez. Por lo menos a mí me ha pasado. Normalmente, en la vida profesional, uno intenta no airear públicamente algunas de sus opiniones porque sabes que no van a encajar bien, o van a ser malinterpretadas, o sencillamente resultarán ofensivas para algunas personas. Y te las callas, durante mucho tiempo. Pero un día, con la guardia baja o en un falso ambiente de confianza, lo sueltas. Y todo es tan malo como te habías imaginado, pero ya no hay vuelta atrás. ¿Os ha pasado a vosotros también? Es frustrante, sobre todo porque todo el esfuerzo previo no ha servido para nada.

Pues si eres una de las periodistas más famosas del mundo, ya más allá del final de tu carrera, y tus declaraciones consisten en decir que los judíos centro-europeos se tendrían que haber quedado en sus países después de la II Guerra Mundial, en lugar de participar en la creación del estado de Israel, evitando así el conflicto con los palestinos, las consecuencias son una auténtica bomba mediática y hasta diplomática.

Estamos hablando de Helen Thomas, la primera mujer periodista acreditada en la Casa Blanca. Durante medio siglo cubrió la información de los gobiernos de nada menos que 10 Presidentes de los EE.UU., desde el mismísimo JFK hasta Obama, al que puso en jaque más de una vez, a pesar de sus casi noventa años, desde las primeras filas de la famosísima sala de prensa que todos conocemos.

Helen Thomas vivió más de 90 años y fue testigo de primera línea de los acontecimientos más importantes de los últimos 50, acompañando a Presidentes y Vicepresidentes norteamericanos en sus hazañas, errores, escándalos y éxitos. Helen fue la primera mujer funcionaria del National Press Club, la primera miembro y presidente de la White House Correspondents Association y, en 1975, la primera miembro del Gridiron Club (la más antigua y prestigiosa asociación de periodistas de Washington, cuyos miembros solo acceden por invitación).

Y un día, en apenas unos minutos, todo se vino abajo. Sus afirmaciones provocaron finalmente su dimisión, e hicieron que la cuestionara como profesional -aunque resulte increíble- desde todos los ámbitos, incluido su propia agencia, United Press, y la misma Casa Blanca. En 2010 dejó el trabajo de toda su vida y murió solo 3 años después, a los 92, en su casa de DC.

Unas pocas palabras acabaron con la carrera de una mujer única, la primera de muchas en muchas cosas, entregada a su oficio y un referente para la profesión. Palabras duras que molestaron a gente poderosa.

Hasta la próxima entrada

Imagen

¿Qué tiene de malo la realidad?

A veces es horripilante. Me refiero a esas portadas de algunas revistas del corazón o “femeninas” en las que aparecen cuerpos y rostros como de cera, en los que ha desaparecido toda expresión, y toda naturalidad.

Recuerdo un reportaje de Tamara Falcó en 2011 que me impresionó muchísimo, porque era completamente artificial y hasta grotesco. Un cuerpo diminuto, una cabeza enorme, posturas imposibles. Todo desproporción, a todas luces innecesaria. Más, incluso,  si pensamos que tenía poco más de 20 años, cuando nos enseñaba a todos su nueva casa en el centro de Madrid.

Y ese es solo un ejemplo. Las páginas de papel cuché están repletas de esas imágenes fantasmagóricas y esas figuras “borradas”. A mí me dan mucha grima. Entiendo, porque lo vivo, el temor a envejecer y a la imperfección, que a las mujeres (sí, sobre todo a nosotras) nos acompaña -y a veces nos persigue- durante prácticamente toda nuestra vida. Es un asco. Pero creo que prefiero mis patas de gallo y las arrugas de mi cuello (que, por supuesto, no me hacen ninguna gracia), que parecer alguien sin vida y sin emociones, que es lo que borra, además, el Photoshop descontrolado.

Porque también he de decir que no se trata de culpar a la herramienta, que solo es eso y tiene muchos usos positivos, sino al uso psicótico que se hace de ella en algunos medios de comunicación, especialmente sobre fotografías de mujeres (sí, insisto, más en nuestro caso).

Todos tenemos en mente ejemplos patrios y extranjeros de estos excesos, algunos de los cuales llegan a ser ridículos y, por qué no decirlo, hasta patéticos. Odio pensar que nosotras preferimos vernos así, pero lo que más me cabrea es que muchos creen que queremos hacernos eso. Negar el paso del tiempo, de las hormonas, de los platos de jamón y de las risas… lo que viene a ser la vida, que a veces lleva consigo arrugas, granos, lorzas y más arrugas. ¿Y qué? Por favor, ayudémonos unas a otras a dar un corte de manga con peineta a la esclavitud de los estándares de belleza y de perfección que nos dominan, entre otras cosas.

Yo no quiero ser como Madonna, que en todos los reportajes tiene cara de momia sin alegría, ni como Isabel Presley, que rejuvenece en vez de cumplir años, ni como Carmen Martínez Bordiú, que no se parece en nada a ella misma.  Todavía se me pone la piel de gallina cuando recuerdo la portada de las dos últimas en la Revista de las Revistas. Además, es solo un engaño que únicamente se mantiene en las páginas. ¿Para qué, entonces?

En cualquier caso, me gusta ver que algo que estaba tan extendido y aceptado como hecho consumado, empieza a resquebrajarse, y que algunas mujeres de las que salen en estas revistas se quejan de que las “retoquen”, y algunas incluso se niegan a ello.

El ejemplo más relevante, por su repercusión, es el de Kate (video que encabeza esta entrada), que ya había manifestado su desacuerdo antes, pero que ahora ha incluido una cláusula específica sobre el tema en su último contrato publicitario.

Ella es la más famosa y reciente, pero no la única. Nuestra Inma Cuesta organizó un buen revuelo hace poco en las redes sociales, cuando vio la fotografía que publicó el Dominical en su portada de hace unas semanas, en la que aparecían ella y Eduardo Noriega, y en la que la habían reducido a la mitad y eliminado todas las imperfecciones de su cara. Le parecía totalmente innecesario. A mí también. La foto original era preciosa, y ella aparecía tan guapa -y tan real- como es de verdad.

No quiero decir nada del trozo de nalga que le quitaron a uno de los Ángeles de Victoria Secret en una revista. ¿Se puede saber qué tipo de rectificación hay que hacerle a un cuerpo como ese? Es surrealista e increíble… E indignante.

Creo que hasta que no abordemos con naturalidad la presencia de las mujeres en los medios, empezando por nosotras mismas, esto va a ser un cambio muy lento, aunque inevitable. ¿A quién no le gusta una buena foto?¿A quién no le apetece ver caras hermosas y sonrisas deslumbrantes en las revistas de LifeStyle?¿Cómo no vamos a querer disfrutar de la ropa, el maquillaje y el peinado de los que aparecen, cuando leemos este tipo de medios? Pero es que estos esperpentos no son buenas fotos, esos cuerpos y esas caras no son bonitos y esas sonrisas están muertas.

Ser actriz, modelo o mujer en general no supone dar licencia para dejarse hacer eso…y menos para desearlo. Viva la (hermosa) imperfección.

Hasta la próxima entrada.

Imagen

La dignidad y la muerte

La historia de la niña Andrea –a la que por fin han dejado descansar–  y la lucha de sus padres, ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre la eutanasia, el suicidio asistido y la muerte digna. No son la misma cosa, ya lo sé. Pero, en el fondo, la cuestión es una, por lo menos para mí. Porque todo se reduce a una gran pregunta, que nos tortura o nos hace rebelarnos: ¿Por qué y para qué debemos soportar el dolor, el deterioro y el miedo de los últimos momentos de la vida (eso es, ni mas ni menos, la muerte)? ¿Qué sentido tiene sufrir sin esperanza?

Supongo que la fe y, sobre todo, las creencias religiosas (que no son exactamente lo mismo) pueden determinar la respuesta a esta tremenda pregunta. Pero yo, que perdí esa fe hace ya mucho tiempo, soy incapaz de entender la necesidad de dejar este mundo penando hasta el final. Si es hora de irse, que sea pronto, con los míos y sin dolor.

Tal vez a alguno os sorprenda que saque este asunto aquí. Pues os lo explico: los temas como este, y como otros controvertidos, se reabren de cuando en cuando, casi siempre relacionados con un caso concreto que salta a la opinión pública, y más si este no se resuelve fácil y rápidamente. Y el último de estos ejemplos es, precisamente, el de Andrea. Pero no es el único. Otras mujeres y niñas, por sus circunstancias,  nos hicieron reflexionar y hablar públicamente sobre todo esto:

  1. Antes que Andrea, la historia de otra niña también nos conmovió profundamente. Se trataba de Gina, de 11 años, hija de la periodista catalana Elisabet Pedrosa. Hace poco más de un año, y después de meses en el hospital mientras el extraño Síndrome de Rett acababa con ella, tuvo “una muerte luminosa y llena de vida“, en casa, abrazada por su familia. Su madre, una gran luchadora, escribió después un precioso libro, Seguiremos viviendo, en el que habla sobre su terrible pérdida y la experiencia de la familia.
  2. Otra historia extraordinaria es la de Brittany Maynard. Esta estadounidense de 29 años, decidió morir cuando ella quiso, junto a su marido, en noviembre del año pasado. Para ello tuvo que dejar su casa y mudarse a Oregon, para poder hacerlo legalmente. Quería seguir decidiendo sobre su vida, hasta el final. Y permanecer en el recuerdo de los suyos todavía con brillo en los ojos y ganas de sonreír, no deshecha por el dolor e hinchada por los fármacos.
  3. Este verano me sacudió especialmente la historia de Laura, una joven belga de 24 años, deprimida desde su infancia, que solicitó la eutanasia a las autoridades de su país, donde esta es legal, aduciendo un argumento demoledor: “la vida no es para mí“. No sé qué ha sido de ella ni si finalmente murió,  pero debo decir que entiendo el cansancio de vivir y defiendo el derecho a salir de aquí cuando y cómo uno quiera, y el de ser asistido y acompañado en esa marcha,

Son solo 4 nombres de mujer, que representan a personas de todo el mundo que claman – para ellos o para alguno de los suyos- por la dignidad de la muerte, exactamente igual que para el resto de la vida, y por la libertad del individuo para decidir sobre ella en todo momento.

Si pensamos en la vejez, todo esto se convierte en un concepto mucho más amplio, una decisión casi social. Cuando lo pienso, para mí y para los míos, lo que se me viene a la cabeza es aquella frase de Oscar Wilde “Lo peor no es envejecer; lo verdaderamente malo es que no se envejece”, que cita Rosa Montero en este hermoso artículo del año pasado, a los pocos días de la muerte de Brittany. Uno puede estar lleno de vida y ganas de disfrutarla hasta los 100 años,  pero es posible que otros no estemos dispuestos a aceptar la devastación del tiempo sobre nuestro cuerpo, mientras nuestro espíritu y nuestra cabeza siguen siendo jóvenes.

Como Rosa Montero, reconozco que para esto soy una cobarde y reivindico a los que lo son como yo -muchos, me temo-  recordando las palabras de Javier Sádaba en su inolvidable y sentido Recuerdo Vivo, “confieso mi miedo a morirme y, cómo no, a que mueran los que amo. E incluso a que mueran los que no he conocido ni conoceré“.  Y, sobre todo, confieso mi miedo al sufrimiento.

Me niego a asumir, de acuerdo con Manuel Vincent en El País de hoy, que “nuestro último trance todavía está fiado al destino, que según su capricho puede otorgarte la gracia de morir de repente o durante el sueño o mediante una bajada suave sin dolor hacia la disolución en la ilimitada oscuridad o bien podrá ensañarse contigo hasta el extremo de la máxima alevosía sin que nadie se atreva a oponerse directamente a esta tragedia“. Pues yo me opongo con toda mi alma  y lucharé por una “muerte luminosa” para los que amo y para mí misma. Lo juro

Hasta la próxima entrada.

Imagen

Oriana Fallaci: una vida repleta de vida

En este Blog no podía faltar Oriana Fallaci, un nombre que toda mujer periodista o escritora ha repetido varias veces, y más si es europea.  En este caso, para mí, se mezclan sentimientos. La admiro, por supuesto, pero los alegatos de sus últimos años, tras los atentados del 11 S en Nueva York, contra el islamismo radical, me resultan inquietantes y, en sus escritos y declaraciones, no veo claramente la -evidente- y deseable diferencia entre la crítica a ese radicalismo infame y el respeto a la fe musulmana y a los individuos que la profesan pacíficamente. Y me parece peligroso. Probablemente su profundo repudio al antisemitismo y el impacto de lo ocurrido en 2001 se mezclaran en su alma.

Dicho esto antes de seguir, la vida de Fallaci es, por sí misma, una historia apasionante y, en cierta manera, envidiable para cualquier mujer, especialmente si tenemos en cuenta que nació en 1929 y las mujeres de su generación -y de varias posteriores- no tuvieron el privilegio ni el derecho a vivir grandes cosas. Ella fue, al mismo tiempo, una afortunada y una luchadora. Y se lo ganó.

Desde la infancia hasta que en 2006 la venció “el otro” (como ella llamaba al cáncer de pulmón que sufrió durante varios años),  pasó por el mundo dejando huella. Hija de un activo antifascista, Edoardo Fallaci, siendo una niña luchó activamente contra el fascismo en su Italia natal, como correo para la Resistencia italiana durante la ocupación nazi de su ciudad, Florencia, en la II Guerra Mundial. Fue condecorada después de la contienda, cuando contaba solo 14 años.

Su vida y su profesión siguieron siendo emocionantes después. Aunque empezó a estudiar medicina, decidió después dedicarse al periodismo, como su tío Bruno, con el que trabajó en algunas publicaciones. Y lo que pasó después es ya Historia del Periodismo. Alternó Estados Unidos con Italia como lugares de residencia, y viajó como enviada especial a los más relevantes conflictos de su tiempo. Cabe destacar sus vivencias en Vietnam, que marcaron su vida y su carrera. Y entrevistó a todas las personalidades y personajes de su época. Hombres y mujeres admirables y despreciables en proporciones similares.  Desde Henry Kissinger a Fellini, de Jomeini (es famoso su enfrentamiento y el gesto de quitarse el chador que la obligaron a ponerse para la entrevista) a Indira Ghandi, de Arafat a Sean Connery, de Golda Meir a Gadafi.  Gran entrevistadora, ampliamente reconocida por esta labor, reunió varios de sus trabajos en el libro Intervista con la Storia, de 1974.

Pero más allá de su trabajo, Fallaci tuvo experiencias y momentos únicos también personalmente. En 1968, durante la Matanza de Tlateloico en México, a la que asistió como periodista y como activista, fue dada por muerta e incluso trasladada, herida, al depósito de cadáveres, donde, afortunadamente descubrieron que seguía con vida. Ella describió la masacre como “peor que las que había visto en la guerra”.

Y en lo puramente privado también tuvo una vida apasionante, aunque dura. Conoció a su compañero de vida, Alekos Panagulis, opositor a la Dictadura de los Coroneles griega y vivió con él 3 años, hasta su muerte, en 1976, cuando su coche se estrelló. Oriana nunca creyó que fuera un accidente, al igual que la muerte de su amigo Pasolini. Lettera a un bambino mai nato, uno de sus mayores éxitos editoriales,  fue su homenaje al hijo que no llegó a nacer, fruto de su relación con Panagulis. Y, tras llorarlos a ambos,  continuó trabajando y recorriendo el mundo, para contarlo.

Con esta vida tan intensa y apasionante, que incluso ha dado para una miniserie en la RAI, no es de extrañar la prolífica obra de Oriana Fallaci, tanto periodística como narrativa.

Tenía muchísimas cosas que contar.

Hasta la próxima entrada.

Nellie Bly de carne y hueso. La mujer periodista que dio la vuelta al Mundo

Hay mujeres que verdaderamente son unas adelantadas a su tiempo, e incluso al nuestro. Este es el caso de Elizabeth Jane Cochran, una gran mujer y una extraordinaria periodista, de “raza”, como se suele de decir, que hizo Periodismo de Investigación (las mayúsculas  no son casuales). Una joven de Pensilvania que escribió una carta al editor del Pittsburgh Dispatch, llevada por la indignación. Y como la carta era tan buena, ese mismo editor -que sería un machista pero no era tonto- la contrató como reportera.

Y a partir de ahí, ya todo es Historia. Elizabeth, trabajando con el seudónimo de Nellie Bly (por la famosa canción de Foster), fue una verdadera pionera. Se la recuerda por su viaje de Vuelta al Mundo, con el que batió el récord de los 80 días de Verne, y por reportajes arriesgados, como el que escribió tras vivir como infiltrada en un psiquiátrico femenino, sufriendo en primera persona el terrible trato que recibían allí las pacientes, para denunciarlo.

Como muchas otras mujeres de su tiempo, el matrimonio supuso para ella un parón en su carrera. Pero como, desgraciadamente, su marido murió a los pocos años, se incorporó de nuevo a su trabajo tras su fallecimiento, y siguió en primera línea los años del sufragismo y la I Guerra Mundial.

Nellie, o Elizabeth, o Pink -como también la llamaron- se ha convertido en un auténtico mito y un referente para las mujeres periodistas del mundo. Y para todas las demás.

Ella fue una soñadora y una luchadora. De las que aquí nos gustan tanto. En unos pocos pasos, ha llegado a ser un icono femenino y feminista. Tanto que hasta Google le hizo un Doodle (video embebido en este post) por su cumpleaños, y ella misma fue la inspiración de Karen O para una canción en su honor que es la BSO de esa pieza (venía de una canción y se convirtió en otra, qué ironía).

Porque Nellie Bly

  1. Se enfadó y escribió una carta maravillosa, que la convirtió en periodista
  2. Se cambió el nombre, varias veces. Y siguió siendo ella misma
  3. Trabajó con Pulitzer y lo conquistó con su cerebro y su coraje
  4. Se fue de viaje por el mundo y volvió pronto, para contarlo
  5. Estaba tan loca que se hizo pasar por loca para denunciar una locura más grande
  6. Se casó -un poco- y, cuando había llorado a su rico y muerto marido, volvió a lo suyo.
  7. Se mezcló con aquellas grandes mujeres sufragistas a las que debemos tanto
  8. Estuvo en la Gran Guerra y escribió sobre las miserias del Frente del Este
  9. Siguió viva hasta que la neumonía pudo con ella, lo que ningún hombre había logrado
  10. Nos inspiró con sus palabras y con sus acciones. Eso que da tanta envidia

Me he dado cuenta, de que este sitio se está convirtiendo en oda a mujeres muertas.  La semana que viene, escribiré sobre alguien que todavía respire, lo prometo.

Hasta la próxima entrada….